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viernes, 7 de diciembre de 2012

Mentir: ¿un derecho o una potestad?

No debe sorprender el hecho de que las mentes débiles se encuentren más a gusto en ambientes acríticos. Cuando el incauto ciudadano recibe la dosis de contentamiento necesaria para llevar una existencia suficientemente digna, se siente profunda y aliviadamente liberado de interrogarse por cualquier otro sentido que pueda tener su vida. Más aun, cuando acata, cumple y asume una serie de normas que le garantizan la estabilidad –sinónimo moderno de felicidad–, se muestra eternamente agradecido a quien le enseña ese camino, seguro de que le ahorra toda perplejidad. Esto es aplicable a todos los ámbitos humanos, ya sean sociales, culturales, políticos o religiosos.

Pero siempre hay quien se obstina en la manía de hacer preguntas. No satisfecha con lo que las grandes mentes ya han discurrido para sí y para los demás, la persona de mente y corazón inquietos no se cansa de criticar –del griego κρίνω, "juzgar"– e interrogarse continuamente. Surge así la filosofía, como nos propone Gabriel Albiac al inicio –y también al final, cerrando el discurso como lo empezó– del estudio preliminar que abre el volumen que presentamos. Filosofía, que no es "disciplina de la verdad", continúa el autor, sino "meditación en la paradoja constituyente del mentir: lengua de la inmanencia" cuyo cauce es la interrogación. Y como de filosofar se trata, nada mejor que un título en forma interrogativa para comenzar la reflexión: ¿Hay derecho a mentir?

Nos situamos en la complicada Europa de finales del siglo XVIII, donde la Revolución francesa ya ha triunfado y fracasado, destruyendo mucho, construyendo menos y transformando todo. Encontramos a dos personajes, Kant y Constant, ocupados en sus razonamientos desde lugares y circunstancias vitales muy distantes. Kant, ya consagrado, que, encerrado en su burbuja provinciana de Königsberg, ajeno a los acontecimientos políticos, interesado sólo por los éticos, se empeña en establecer un sistema universal repleto de leyes morales que encuentran acomodo en una metafísica que, preocupándose teóricamente por la vida, se acaba olvidando en la práctica de ella. Constant, suizo trasplantado en París, conocedor a distancia de la Revolución, como Kant, pero ciertamente víctima directa de los desmanes que ésta produjo en los años posteriores; paradigma, si se quiere, del bon vivant pero testigo y protagonista de la historia y de la vida reales. Son, explica Albiac,

el viejo y el nuevo régimen –quizá mejor, el viejo y el nuevo mundo–: el viejo, que anhela el nuevo, del cual lo ignora todo; el nuevo, herido de añoranza incurable por el perdido.

En un pequeño tratado, Des réactions politiques, Constant afirmó: "El principio moral que declara ser un deber decir la verdad, si alguien lo tomase incondicional y aisladamente, tornaría imposible cualquier sociedad". Para justificar tal afirmación, continuaba:

tenemos la prueba de ello en las consecuencias muy inmediatas que un filósofo alemán sacó de ese principio, yendo hasta el punto de afirmar que la mentira dicha a un asesino que nos preguntase si un amigo nuestro perseguido por él no se refugia en nuestra casa sería un crimen.

Resulta curioso que Constant, aunque apuntando directamente a Kant, no especificara el nombre del filósofo alemán. Más curioso aún es que la cita no se encuentre en ningún escrito conocido del prusiano. No obstante, Kant se dio por aludido y entró al trapo. Constant le había puesto en bandeja la posibilidad de desarrollar con mayor profundidad lo que anteriormente había dado a entender aun sin explicitarlo. Surgió así el enfrentamiento entre dos modos de contemplar el mundo y la vida. Uno, el de Constant, radicado en la experiencia, en los acontecimientos cotidianos y sus efectos. Otro, el de Kant, inmaterial, aséptico, establecido en una metafísica que se erige como ideología y que se desentiende, a fin de cuentas, de la realidad humana concreta.

La discusión acerca de la mentira no era un hecho novedoso. Muchos autores de la antigüedad habían planteado situaciones similares a las que dieron origen a la polémica entre Constant y Kant. En el De mendacio, san Agustín propone el caso de las matronas hebreas que mienten a las autoridades egipcias para evitar la muerte de los neonatos varones (Ex 1, 15-20), y añade otro, más próximo a su época, que tuvo como protagonista a un obispo de Tagaste que, por no mentir ni señalar el lugar donde se escondía un inocente que se había refugiado en su casa, sufrió todo tipo de ultrajes. En pocas obras de san Agustín encontramos mayor número de interrogantes, lo cual indica la dificultad del tema y la imposibilidad de poder dar respuestas simples a situaciones tan complejas. En el caso de san Agustín, las conclusiones deberán entenderse a partir de la fuente de autoridad que las avala: la Sagrada Escritura. Sería injusto –y él mismo lo advierte a sus lectores– juzgar sus planteamientos quedándose simplemente en los ejemplos, ya que éstos únicamente ilustran un fondo teórico que se establece como norma general válida únicamente para el cristiano.

En el caso de Kant, sin embargo, las cosas funcionan de otra manera. El criterio máximo de autoridad es la razón, y sus postulados se proponen como valores universales, no sólo válidos para todos los hombres, también exigibles a todos y cada uno de ellos. Constant, espectador de los desmanes de la Francia post-revolucionaria, no puede aceptar un principio general que se desentiende del individuo y lo reduce a mera pieza del engranaje del sistema. En definitiva, lo que hace Constant es denunciar lo que de inhumano tiene un sistema absolutista como el kantiano.

A este particular, el peligro del idealismo filosófico, del que Kant se erige sumo sacerdote, es al que está dedicado gran parte de su estudio. Albiac confiesa haber tenido noticia de esta polémica hace ahora cuarenta años, a través de la lectura en París del Tratado de las virtudes de Jankélévitch. El por entonces veinteañero filósofo, bastante idealista –y por tanto bastante ignorante, según él mismo nos cuenta–, no captó la trascendencia de aquella polémica. El idealismo filosófico se le presentaba demasiado sublime. Seguramente aún no había identificado como tal el error del idealismo, esto es, la reducción del problema de la verdad al ámbito de lo jurídico, la reducción de la persona a mero súbdito del derecho. Aquel principio que triunfó en las ideologías totalitarias de diferente signo que asolaron Europa a partir del siglo XIX y que aún subyace en el imaginario de muchas otras.

Insertados por tanto en la realidad vital, en la libertad que presupone toda existencia digna, el derecho no tendrá nada que decir acerca del modo en que los ciudadanos gestionen la cuestión de la verdad o la mentira. Decir la verdad, o mentir, no será derecho, ni obligación ni deber; será, en todo caso, potestad del hombre, que contempla, juzga y actúa libre y consecuentemente; porque ¿no es acaso la conciencia la norma última de moralidad?

Immanuel Kant y Benjamin Constant, ¿Hay derecho a mentir?, Tecnos, Madrid, 2012, LXXVII + 43 páginas.

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Publicado en La Ilustración Liberal 52 (2012) 103-106.

jueves, 23 de febrero de 2012

Julián Marías: una vida ejemplar


En cualquier otra nación de Occidente, Julián Marías habría sido importado y exportado como bien de primera necesidad. Aquí, no. Aquí somos expertos en el dudoso arte de etiquetar y aún más en el injusto de archivar.


Muchos ignorantes, para los que seguramente la filosofía no es más que una asignatura cada vez más devaluada en los pésimos planes de estudio que sufrimos desde hace decenios, lamentan que España no tenga tradición filosófica propia. Otros, menos ignaros pero igual de arrogantes que los anteriores, reducen a tres, a lo sumo cuatro, el número de nuestros filósofos; casualmente son los más recientes, como si la filosofía española hubiera empezado con Unamuno. No es éste momento ni lugar para hacer una síntesis de la tradición filosófica española, que claro que existe y es muy antigua, sino para comentar el más reciente libro sobre uno de nuestros autores contemporáneos más importantes, honestos y olvidados, esto último quizás por haber sido precisamente tan honesto.

Seis años después de la muerte de su maestro, Rafael Hidalgo publica no una biografía de Julián Marías, sino un retrato, que es algo similar pero no exactamente lo mismo. Este modo de afrontar el recuerdo de alguien es más personal, más íntimo, más cercano y a la vez más crítico. No inventa nada, el libro está lleno de referencias a las memorias que publicó el propio Marías, pero sí interpreta su vida, a mi juicio muy acertadamente, sobre la base de seis arquetipos que definen al autor de España inteligible como un hombre íntegro: el filósofo, el enamorado, el acusado, el amigo, el patriota y el creyente. Mucho para un hombre, pensarán algunos cuando lean el índice; poco, añado yo, para lo que habría podido ser si a lo largo de su vida no hubiera tenido tanto mezquino a su alrededor.

Julián Marías ha sido definido por muchos como un gran ensayista. Curiosa palabra que dice todo y nada. El ensayo no deja de ser un género literario caracterizado por el relajamiento que proporciona la ausencia de aparato crítico, por tanto cualquiera puede ser ensayista, incluso si habla de un tema insustancial y lo hace con un estilo zafio. La cuestión será por tanto el contenido de lo publicado. En el caso de Marías, el tema de sus escritos fue siempre eminentemente filosófico. Podrá objetarse a esto, lo admito, que no todos sus artículos periodísticos y libros versaron sobre cuestiones filosóficas; dependerá, entonces, de lo que se entienda por filosofía. Quienquiera que haya leído algo de nuestro autor, por poco que sea, sabrá que la filosofía lo abarca todo, lo alcanza todo en él, porque la filosofía no es sino algo particularmente vital. Dedicó toda su vida a ser amante de la sabiduría, esto es, a aclararse y a aclararnos en qué consiste la realidad, quiénes somos, cómo debemos actuar y qué podemos esperar. Sabiduría no simplemente abstracta, sino sobre todo práctica, en constante tensión con la vida cotidiana, la personal como la social. Sabiduría que contempla la verdad y el amor como ejes de la vida humana. Sabiduría siempre por alcanzar, siempre por satisfacer. Se situaba así no ya únicamente en la línea de Ortega, su inmediato maestro, sino en la más clásica de la historia de la filosofía, la de Sócrates, Platón, Séneca, San Agustín, para quienes la filosofía o se traducía en vida o no lo era. Y lo hizo siempre pensando en un público amplio, escribió para todos, no sólo para iniciados.

Esta supuesta banalización de la filosofía –que para algunos modernos sólo lo es si se expresa en modo enrevesado y a ser posible en alemán– lo convierte para muchos en mero ensayista y no en un verdadero filósofo.

El primer lugar en el que puso en práctica esa filosofía vital fue en la familia. Dolores, su mujer, constituyó siempre su gran apoyo, fue quien dotó de sentido su existencia, y cuando murió su vida cambiaría radicalmente. Sólo su profunda fe religiosa y el apoyo de amigos y familiares le animaron a proseguir, a no rendirse. Más dura fue para él esa pérdida que todo lo que hubo de sufrir a causa de su rectitud moral y la lealtad a sus principios. El ostracismo al que se vio sometido tras la guerra civil no hizo mella en su ánimo. La cercanía al que probablemente haya sido el único socialista español honrado, Julián Besterio, con quien colaboró en el caótico y cainita Madrid de la guerra, le supuso no sólo una injusta estancia en la cárcel tras la victoria del bando nacional, sino el apartamiento de la universidad y de la vida pública. Así pagó por no adherirse a más causa que la de los propios principios cuando vio los excesos perniciosos en que incurrían ambos bandos.

Lejos de amargarse o, peor aún, cambiar de chaqueta, se refugió en lo que daba sentido a su vida: sus valores. El tiempo le daría la razón –sólo en parte– y sería convocado a participar en el nacimiento del nuevo orden político tras la muerte de Franco. En aquel momento, como senador por designación real, pudo proponer sus ideas con relativo éxito. Pacientemente, sin estridencias, manteniéndose siempre independiente, siendo leal al nuevo régimen pero fiel sólo a sus principios, colaboró en el debate constitucional. Algunas de sus intervenciones deberían conocerse mejor, por ejemplo la que tuvo por eje la inclusión del concepto de nación española en el texto de la Constitución, que extrañamente –¡cuántos complejos!– no aparecía en el anteproyecto. No fue jamás hombre de partido, seguramente por el amor que tenía a la libertad, ésa que la disciplina política acaba siempre cercenando. Se sintió siempre liberal y democrático, por ese orden, ya que

una democracia desprovista de un fundamento liberal tiende a obrar como un instrumento totalitario [y porque] el poder de la mayoría se ha utilizado en ocasiones como herramienta de aplastamiento de las minorías o como coartada para conculcar los derechos humanos.

Fue, finalmente, un gran y buen creyente. Ni siquiera los excesos de la Iglesia tras la guerra civil, en pleno apogeo franquista, lograron apartarle de su fe en Dios y de su adhesión al catolicismo. Frente a quienes le querían hacer ver lo absurdo de seguir perteneciendo a una Iglesia en la que muchos de sus miembros adulteraban y manipulaban el mensaje cristiano y se dejaban llevar por la corriente, Marías respondía que no era él quien sobraba: ¡que se vayan ellos!, exclamaba. Se comprende así el inmenso gozo que supuso para él poder participar en una de las sesiones del Concilio Vaticano II, que rejuvenecía y renovaba la Iglesia, así como colaborar con Juan Pablo II en el nacimiento del Pontificio Consejo para la Cultura. Concilió perfectamente fe y razón, sin contraponerlas, dando a cada una de ellas el puesto que les corresponde.

Julián Marías vivió una vida en plenitud y dejó un legado que ha de ser conocido y conservado. Por eso es aconsejable la lectura de este libro, introducción perfecta para quienes aún no lo conozcan debidamente; surgirá en ellos la necesidad de aproximarse a él, de disfrutar de la lectura de sus obras y de dejarse formar por quien hizo de su vida

una existencia acabada, cargada de sentido, volcada en la continuidad y enriquecimiento de una cultura que nos identifica como sociedad y nos eleva como personas, que nos conduce hacia el verdadero progreso, el de ser más.


RAFAEL HIDALGO: JULIÁN MARÍAS. RETRATO DE UN FILÓSOFO ENAMORADO. Madrid (Rialp), 2011, 230 páginas.

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viernes, 2 de diciembre de 2011

Filosofía con efectos secundarios


Si algo le ha gustado al ser humano desde sus inicios es clasificar, colocar etiquetas a las cosas y a las personas. Puestos a encasillarnos, me incluiré en el grupo de aquellos que considera que la filosofía o es práctica (= ética) o no es tal. Esto no significa que otros aspectos de la filosofía sean vanos, innecesarios o, peor aún, estén superados, más bien al contrario: son la base para construir un estilo de vida conforme a razón.

La preocupación por las cuestiones filosóficas, esto es, por el cómo y el por qué vivir sabia y adecuadamente, nunca ha atraído a las multitudes, y menos aún en nuestros tiempos, en que nos han querido debilitar el pensamiento sin ofrecernos a cambio más que el ansia de vivir para consumir, la sed de lo efímero. Se hace necesario, por tanto, reivindicar el puesto que merece la reflexión filosófica. De los planes de estudio aún no ha desaparecido, pero nuestros alumnos reciben por lo general un mero barniz filosófico... que no hacen sino repetir en el momento de rendir cuentas a la hora del examen. Se memoriza pero no se interioriza, de ahí que el conocimiento del estoicismo vaya a la misma saca que la información sobre el número de puentes del año académico en curso.

Para cubrir los huecos que, con este panorama, no puede cubrir la filosofía están los libros de autoayuda, que copan las librerías. Es ése un término engañoso, ya que por lo general esos textos prestan poca ayuda y desde luego no en modo auto-, pues sus autores imponen al lector una manera de hacer o de pensar para alcanzar la meta prometida, so pena de volver éste a la situación anterior a la compra del tocho en cuestión... con unos cuantos euros de menos en el bolsillo.
El libro que nos ocupa está a medio camino entre la filosofía y la autoayuda. La idea de presentar brevemente a un tipo de lector no iniciado en la filosofía clásica la vida y el pensamiento de alguno de sus representantes más o menos conocidos no está mal, y se ha intentado llevar a la práctica en otras ocasiones. En este caso, es el desarrollo lo que falla. El autor, a pesar de haber colgado los hábitos de pastor anglicano que una vez vistió, no renuncia a dedicar una buena parte de cada capítulo al adoctrinamiento, a modo de prédica con no poca moralina y bastante tendenciosidad. Esto es lo que impide a estas páginas ser una suerte de introducción o al menos disertación válida sobre una parte del pensamiento clásico y lo que las hace militar en las filas de la autoayuda. Aun así, no es un libro que deba desecharse por completo.
Popularizar la filosofía, en este caso la clásica, es algo digno de elogio. Hay mucho material muy válido en muchos de los autores que se sucedieron desde los presocráticos hasta Boecio, por poner unos límites generalmente aceptados. Muy a menudo los manuales, por no hablar de las monografías o ensayos sobre autores o escuelas concretos, son inaccesibles al gran público no porque escaseen o sean costosos, sino porque están escritos en un modo y con una finalidad que asustan al lector común –que nadie se sienta ofendido por ello, puesto que cada uno elige en qué especializarse–. Así que cualquier esfuerzo de divulgación será siempre bien acogido, y es esto precisamente lo que da valor al presente libro.
El público no especializado agradecerá saber que, aparte de Sócrates, Platón y Aristóteles, existieron Pirrón de Elis, Aristipo, Onesícrito, Cleantes, Menipo, y así hasta llegar a veinte. El criterio de selección es más que discutible: las informaciones sobre la filosofía romana son escasísimas, y nulas las referencias a la filosofía patrística de los primeros siglos; quizá nuestro autor, en su políticamente correcta inquina hacia lo cristiano, pretende que ignoremos que también fueron filósofos Justino de Nablús, Clemente de Alejandría o Agustín de Hipona. Él no los desconoce, y usa a alguno de ellos para contraponer la luz y la grandeza de la filosofía a la oscuridad y finitud del pensamiento cristiano. El capítulo dedicado a la mártir pagana Hipatia es una muestra de ello. Repite los mismos tópicos y medias verdades que hubieron de sufrir los espectadores de una película española sobre la susodicha estrenada hace un par de años. Recuerdo haberme unido al aproximadamente 70% de los que se echaron una cabezadita mientras la proyectaban en una conocida sala de cine madrileña; esta vez me he aguantado, porque me interesaba la opinión de un cristiano agnóstico sobre los conflictos entre paganismo y cristianismo en la Alejandría del s. V: me fue mejor en el cine.
Considerando que no todo libro es bueno pero sí útil para iniciar una reflexión –por vía positiva o negativa–, no desaconsejo la lectura de estos podcasts –algunos también disponibles en vídeo–, siempre y cuando se lean, como todo, con ánimo crítico. Con idéntica actitud debería leerse la Historia de la filosofía griega en dos volúmenes –"Los presocráticos" y "De Sócrates en adelante"– de Luciano Di Crescenzo, máximo representante de estos intentos fallidos de popularizar la filosofía clásica, ya que una cosa es hacerla accesible y otra bien distinta ridiculizarla hasta el punto de banalizarla y convertirla en objeto de chanza.
Aunque, insisto, no es ésta una lectura del todo estéril, al lego realmente interesado en la filosofía clásica le recomendaría, por ejemplo, ¿Qué es la filosofía antigua?, de Pierre Hadot: por muy poco dinero, conocerá lo que realmente supuso este período fundamental de la historia del pensamiento occidental.

MARK VERNON: LOS PODCASTS DE PLATÓN: GUÍA DE LOS ANTIGUOS PARA LOS MODERNOS. Alianza Editorial (Madrid), 2011, 237 páginas.
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martes, 1 de febrero de 2011

Filosofía literaria española

"en realidad, el español solamente es capaz de encontrar su equilibrio,
de conservar la fluidez de su vida por la poesía,
por el conocimiento poético de las cosas
y los sucesos que le incorporan a la marcha del tiempo.
Si se hace racionalista se encierra,
pierde su fluidez y se hace absolutista;
reaccionario, enemigo de la esperanza."1




Esta frase de María Zambrano me ronda en la cabeza desde hace algunas semanas, cuando inicié la lectura de "Unamuno"2, obra que escribió probablemente en 1941 y que es cronológicamente el primer ensayo escrito acerca de D. Miguel.

Para comprender mejor lo que Zambrano comenta sobre Unamuno, dediqué algo más de un par de tardes a leer alguno de los últimos artículos que se han escrito sobre esta gran y poco conocida filósofa española. Precisamente en uno de esos artículos encontré la frase del encabezamiento y supe que el sentido de "poesía" y "conocimiento poético" en el pensamiento de Zambrano se refiere a toda la literatura, a cada uno de sus géneros, no exclusivamente a la poesía como tal.

La primera idea o relación que me surgió entonces -a veces el cerebro te juega malas pasadas- fue el célebre discurso de José Antonio Primo de Rivera en el que explicó los principios fundamentales de la Falange. De esta intervención, cuya lectura recomiendo aunque ni el autor ni gran parte de su contenido nos convenza, recordaba yo vagamente la alusión a la poesía como instrumento de transformación y que ahora cito literalmente: "A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!".

Lógicamente no pretendo unir a estos dos autores, María Zambrano y José Antonio, diametralmente opuestos en muchas cosas. No obstante, me resultaba curioso constatar esta común referencia a la literatura/poesía como elemento constitutivo del alma española, en cuanto a motor o al menos impulso del pensamiento y como parte integrante de su idiosincrasia.

Quienes sí coinciden en lo fundamental son Unamuno y Zambrano, representantes del pensamiento poético más sublime de la filosofía española3. 

Y esto es lo que siempre me ha apasionado de la filosofía española del siglo XX, al menos hasta que llegaron, en las últimas décadas, ciertos personajes que la fueron convirtiendo (salvo honrosas excepciones) en profesión y no en vocación. Una filosofía que se mantiene alejada, no por ignorancia sino por convencimiento, de las corrientes idealistas, excesivamente teóricas y demasiado poco antropológicas. Una filosofía encarnada y preocupada por el hombre, por el entorno en el que éste vive y por su futuro. Una filosofía, en definitiva, práctica, ética, al modo de los clásicos, desde Platón, cuya filosofía no es otra cosa sino política, hasta el estoicismo.

Pretendo pues con esta entrada en el blog animar al amable lector a dedicar un poco de su tiempo al estudio de estos grandes "clásicos" de la filosofía española contemporánea: Unamuno, Ortega, Zambrano, Marías, por citar sólo a algunos4.

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1 María Zambrano, Pensamiento y poesía en la vida española, en Id., Obras reunidas, Madrid: Aguilar, 1971, p. 295-296.
2 María Zambrano, Unamuno, edición e introducción de Mercedes Gómez Blesa. Barcelona: Debols!llo [Random House Mondadori], 2003.
3 Este tema lo iré tratando, como tantos otros, más adelante en este mismo blog.
4 Exclúyase, por supuesto, de este grupo de "clásicos" a José Antonio, del que basta el discurso citado (aunque merecería un detenido estudio por lo que significó en la política española del siglo XX).

domingo, 7 de noviembre de 2010

Marco Aurelio

Esta tarde, al regresar a casa después de mirar tiendas y tomar un té verde con un amigo, me he dedicado a leer la última adquisición libraria: una nueva edición, la enésima que compro, de los escritos de Marco Aurelio. Ésta la compré porque incluye además de las famosas Meditaciones, las Cartas y algunos Testimonios sobre él. Os dejo con uno de los tantos textos espléndidos de este magnífico autor:

"No consideres jamás como beneficio propio aquello que te pueda obligar alguna vez a traicionar la confianza, a perder el respeto, a odiar a alguien, a sospechar, a maldecir, a fingir, a desear algo que requerirá muros y encubrimientos". Meditaciones, III, 7, [1].

En cuanto vuelva a Roma seguiré actualizando el blog en la medida de lo posible (temas no faltan...).

lunes, 1 de noviembre de 2010

Filosofía (I)

"Es vano el discurso del filósofo que no se preocupa
de ninguna pasión humana.
Así como no hay ninguna necesidad de la medicina
que no libere el cuerpo de sus males,
del mismo modo no sirve la filosofía
que no libera el alma de sus preocupaciones."
Epicuro, Fragmentos, I.

Me apasiona la filosofía antigua, debe ser una deformación profesional. Reconozco que no es conveniente reducirse a ella y querer encontrar en los clásicos respuesta para las cuestiones que nos puedan interesar. Ciertamente la filosofía no termina con la época clásica, pero no es menos cierto que las principales inquietudes humanas han sido tratadas por ellos.

Para gran parte de los filósofos antiguos, principalmente después del gran Aristóteles, la filosofía es algo práctico. De nada sirven las divagaciones especulativas si no se traducen en una mejoría de la vida del hombre y del entorno en el que vive.

Epicuro, como tantos otros, lo entiende bien cuando establece el símil entre filosofía y medicina en el fragmento que encabeza la entrada de hoy. No obstante, la filosofía no ofrece recetas para los males del hombre, más bien prepara al hombre para que busque respuestas que le liberen de sus pasiones (así, en cursiva, para recordar que el término pasión, en filosofía, tiene poco que ver con la idea judeocristiana del mismo).

Poco a poco iré compartiendo alguna de las intuiciones geniales de estos grandes personajes que Rafael inmortalizó en "La Escuela de Atenas"


curiosamente enfrente de "La disputa del sacramento"


no sé si para completarse o para oponerse... seguiremos indagando.