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domingo, 23 de septiembre de 2012

"No está aquí"

"No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo" Mc 16, 6b-7.

Hace pocos días celebré el décimo aniversario de mi ordenación sacerdotal y tuve el honor de presidir una eucaristía en el lugar que la tradición venera como el sepulcro de Cristo -con bastantes pruebas arqueológicas e históricas que lo atestiguan (sí, los reformados buscaron y encontraron otro lugar, pero es que llegaban con siglos de retraso y el auténtico ya estaba repartido, no sin escándalo, entre latinos, griegos, coptos, armenios y sirios).




Había visitado el lugar en múltiples ocasiones desde el año 1995, pero esta vez tenía un significado especial. El ritual que ofrecen los franciscanos que custodian la parte latina de la basílica del Santo Sepulcro propone varias alternativas para la lectura del Evangelio. Recordé, al entrar, el texto de Marcos que encabeza esta entrada, quizás el más adecuado para entender lo que realmente significa y representa el lugar.

No pretendo entrar en exégesis complicadas, es domingo por la tarde y además para eso están los expertos, simplemente os cuento aquello que me vino a la cabeza en aquella media hora en la que permanecí en el interior de la minúscula capilla en compañía de mis padres y otras cuatro personas.




"No os asustéis". Bien dicho, autor de Marcos, porque hay quienes pudieran esperar algo que no lograrán encontrar; por ejemplo una prueba histórica de la resurrección de Jesús. No hay que asustarse porque el sepulcro esté vacío, en todo caso sí por el mal gusto con el que lo han adornado entre unos y otros anticipando en siglos el dichoso "café para todos".

"Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado". Efectivamente, un discípulo de Jesús, un verdadero cristiano, no hará otra cosa en su vida más que buscar a Jesús. Lo tendrá siempre a su lado, pero o no se dará cuenta o no logrará satisfacer del todo la verdadera necesidad que de él tiene. El Crucificado, aquel que entregó no sólo su muerte, sino toda su vida, predicando con el ejemplo.

"Ha resucitado; no está aquí". Si no fuera por esta frase yo no estaría escribiendo esta entrada ni habría celebrado aquella eucaristía. Es justamente la resurrección el evento que sin ser histórico más ha cambiado el curso de la Historia y de las historias de muchas personas, al menos de la mía (y no creo ser el único). "Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe", dice san Pablo (1Cor 15, 14). Efectivamente, Cristo habría dejado un buen mensaje, un óptimo ejemplo... como tantos otros que han dejado otras tantas personas a lo largo de los siglos, pero no habría dotado de pleno sentido la vida, la verdadera vida.

"Ved el lugar donde le pusieron". A eso se va a Jerusalén, a ver el lugar donde estuvo y ya no está. A intentar actualizar algunos episodios de su vida que transcurrieron en esta ciudad; echándole, eso sí, un poco de imaginación y quitando hasta veinte metros de estratos que se han ido acumulado en algunos lugares desde el s. I.

"Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro". Todo en el cristianismo es comunitario, o no es verdaderamente cristiano. No es una creencia individual, es compartida. No anula, sin embargo, al individuo (¡ay estos comunistas que proponen a Jesucristo como el primero de ellos!), sino que lo sitúa en su contexto más humano: vivir por y para los otros que son como él. De ahí la importancia del "id y decir"; si alguien se guarda para sí algo bueno y no lo comparte, o ese algo no es tan bueno o esa persona no es de fiar.

"Que irá delante de vosotros a Galilea". Allí donde todo empezó (cf. Hch 10, 37); aquel distrito de los gentiles (gelîl ha-goyim) del que hablaba Isaías al final de su capítulo octavo; aquel símbolo de universalidad, no de exclusividad; aquel lugar siempre actual, ya que no dejaremos de estar siempre en camino; aquel lugar, especialmente a la orilla del lago, en el que es más fácil, incluso hoy en día, imaginar cómo se desarrolló la vida de Jesús.



"Allí le veréis, como os dijo". Allí donde también empezó todo para cada uno de nosotros: nuestra familia o nuestro círculo más íntimo o donde descubrimos que la vida es mucho más de que lo que se nos presenta a simple vista. El lugar, nuestra vida, que, aun siendo gentil, se va santificando diariamente, porque "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

sábado, 7 de abril de 2012

Pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret


Las noticias que nos ofrecen los Evangelios acerca de los últimos acontecimientos de la vida de Jesús distan mucho de ser una crónica histórica. La finalidad de los autores sagrados no fue transcribir unas actas, sino transmitir fielmente el contenido del mensaje de su Maestro.

El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática sobre la divina revelación, Dei Verbum, lo explica con claridad: "Hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación" (n. 11). Las tres últimas palabras nos dan la clave; no podremos pretender buscar en la Escritura otro tipo de verdad, ya sea histórica o científica, que supere esos límites, los que afectan a nuestra salvación.

De esto no se deduce que no podamos indagar en ella para averiguar qué es lo realmente sucedió en tal o cual momento de la vida de Jesús; al contrario, deberemos estudiar con atención el texto, el vocabulario, el género literario empleado, el marco histórico del propio texto y del hecho a que se refiera, pero no para intentar demostrar científicamente nada, sino para saber lo que realmente Dios ha querido revelar a quienes creen en Él. Dicho lo cual, se debe subrayar que la Escritura no carece de una base histórica; al contrario: es en la misma Historia en la que se desarrolla el diálogo entre Dios y los hombres.

Estos días de la Semana Santa pueden considerarse desde dos puntos de vista, cuando menos. Para recordar una serie de acontecimientos históricos: la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, o –si se es cristiano– para actualizar las bases de la fe. Como quiera que sea, un acercamiento serio al origen de estas celebraciones suscita una serie de interrogantes que es necesario afrontar.

Comenzando por el final –que en este caso constituye la base de todo lo demás–, alguien podrá objetar, con razón, que la Resurrección no es un acontecimiento histórico sino un concepto religioso o teológico. Si consideramos que histórico es todo aquello que acontece dentro de las categorías limitadas del tiempo y el espacio, efectivamente la Resurrección, aunque real para quien crea en ella, no debe ser objeto de estudio por parte de la Historia, puesto que la supera; sin embargo, si consideramos los efectos que tal creencia ha producido en la vida de tantos millones de personas a lo largo del tiempo, quizás sí merezca la pena detenerse a pensar sobre la forma en que esta categoría religiosa ha transformado radicalmente la Historia.

Por lo que respecta a la pasión y muerte de Jesús, no deberían suscitarse dudas acerca de su historicidad –Jesús no fue el primer profeta perseguido, y no sería el último–. El problema estaría más bien en cómo interpretar las fuentes. Así, por ejemplo, si nos detenemos a estudiar los motivos que condujeron a la detención y condena de Jesús, nos encontraremos con relatos y explicaciones diferentes en cada uno de los cuatro evangelistas. ¿Quiere decir esto que debemos desechar los textos sagrados como fuente principal de información? Absolutamente, no. La información que nos ofrece el Nuevo Testamento refleja el contenido de las creencias de las primeras comunidades cristianas. El objetivo de sus autores era proclamar la fe en Cristo, transmitir lo que habían recibido de quienes habían vivido junto a Jesús. El primer anuncio del Evangelio (buena noticia) no consistió en una semblanza de la vida y hechos de Cristo, sino en algo mucho más conciso pero más importante para la vida de los primeros cristianos: el contenido esencial de la fe que profesaban. Encontramos por primera vez esa antiquísima y concisa fórmula de la historia de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la primera carta de San Pablo a los corintios (15, 3-5):

Que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los doce.

A los cristianos les interesó, desde el principio, resaltar el verdadero objetivo de la misión de Jesús de Nazaret: la salvación de los hombres. Salvación como sinónimo de liberación. Solamente quien vive alejado del pecado, concepto que va más allá de la transgresión de una serie de principios morales, es verdaderamente libre, pues retorna a la plenitud de su humanidad, creada a imagen y semejanza de Dios. Salvación que, según la Escritura, se logra a través de la muerte y resurrección de Cristo y es universal y gratuita. Don de un Dios que se hizo hombre para mostrar a los hombres el camino de retorno a Dios, el proceso de divinización que conduce a la libertad y plenitud genuinas.

La Escritura no presta demasiada atención a los datos cronológicos o judiciales. No debemos olvidar que los Evangelios se escriben pocas décadas después de la muerte de Jesús –la mayor parte de los estudiosos considera que el más antiguo, el de Marcos, fue compuesto alrededor del año 70–. El recuerdo de Cristo es todavía reciente y, por tanto, en unos escritos que reflejan una predicación oral previa, no se ve necesario descender a detalles que ciertamente podrían haber satisfecho la curiosidad de algunos, pero que no habrían transmitido la fuerza genuina que encerraba la verdadera misión de Cristo. Es interesante ver cómo las primeras comunidades cristianas rechazan numerosos escritos ricos en detalles sobre la vida de Jesús –los denominados apócrifos, entre los que hay no sólo evangelios, también hechos de los apóstoles, epístolas y apocalipsis–, no porque falseen la realidad, sino porque tergiversan el contenido esencial de Su mensaje.

El primer relato de la pasión, muerte y resurrección de Cristo nos lo ofrece Marcos, que a su vez constituye la base de las narraciones de Mateo y Lucas; Juan pertenece a otra tradición y sigue su propio itinerario, alternativo e independiente, sin que por ello transforme el contenido de fe, que comparte con el resto de los autores; San Pablo, como señalamos anteriormente, que escribe su primera epístola a la iglesia de Corinto con anterioridad a todos ellos, entre los años 54-57, se limita a presentar el núcleo de la predicación sin desarrollar la trama de los hechos. Pero, volviendo a Marcos, los hechos se habrían desarrollado según la siguiente cronología.

La entrada en Jerusalén se produjo el primer día de la semana. El cálculo viene proporcionado por las noticias que se ofrecen en Mc 11, 12 y 11, 20 acerca del episodio de la maldición de la higuera y de las disputas de Jesús con algunos fariseos y saduceos sobre diversas cuestiones, que sucedieron el lunes y el martes.

El miércoles, dos días antes de la fiesta de Pascua y de los panes ázimos, las autoridades judías, según Mc 14, 1, decidieron quitarse de en medio a Jesús. Ese mismo día se produce la unción en Betania (Mc 14, 3-9 y paralelos; Jn 12, 1-8).

La Crucifixión tuvo lugar un viernes, pues el día después de la muerte de Jesús fue sábado (Mc 15, 42 y paralelos; Jn 19, 31). La tarde anterior, es decir, entre el jueves y el viernes –recuérdese que el día hebreo comienza tras la puesta del sol– se celebró la Última Cena, tras la cual Jesús se trasladó a orar al huerto de los olivos. Allí fue arrestado y conducido posteriormente ante el Sanedrín, que al amanecer lo entregaría a la autoridad romana que formalmente lo condenó a muerte.

Vista así, la narración se presenta más o menos ordenada y coherente. Sin embargo una lectura atenta de los textos de la Pasión presenta al lector más dudas que soluciones en lo relativo a la historicidad. De ahí la importancia de saber leer la Escritura. Para evitar interpretaciones erróneas o juicios temerarios es necesario conocer, entre otras cosas, el ambiente en que se escribió el Nuevo Testamento, el judaísmo anterior y posterior a la caída de Jerusalén del año 70, las tensiones entre la iglesia naciente y la sinagoga, la legislación romana y su particular aplicación en las diferentes partes del Imperio, el uso que del Antiguo Testamento hacían tanto judíos como cristianos y un largo etcétera, que se atañe a la filología, la historia, la filosofía, la arqueología, etc.

La actualización de la Pasión, por tanto, trasciende lo meramente histórico, aun sin obviarlo, y se centra en el acontecimiento unitario y salvífico sobre el cual se fundamenta la fe cristiana: la muerte y resurrección de Cristo.
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Publicado en el Suplemento Historia de Libertad Digital