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viernes, 7 de diciembre de 2012

Mentir: ¿un derecho o una potestad?

No debe sorprender el hecho de que las mentes débiles se encuentren más a gusto en ambientes acríticos. Cuando el incauto ciudadano recibe la dosis de contentamiento necesaria para llevar una existencia suficientemente digna, se siente profunda y aliviadamente liberado de interrogarse por cualquier otro sentido que pueda tener su vida. Más aun, cuando acata, cumple y asume una serie de normas que le garantizan la estabilidad –sinónimo moderno de felicidad–, se muestra eternamente agradecido a quien le enseña ese camino, seguro de que le ahorra toda perplejidad. Esto es aplicable a todos los ámbitos humanos, ya sean sociales, culturales, políticos o religiosos.

Pero siempre hay quien se obstina en la manía de hacer preguntas. No satisfecha con lo que las grandes mentes ya han discurrido para sí y para los demás, la persona de mente y corazón inquietos no se cansa de criticar –del griego κρίνω, "juzgar"– e interrogarse continuamente. Surge así la filosofía, como nos propone Gabriel Albiac al inicio –y también al final, cerrando el discurso como lo empezó– del estudio preliminar que abre el volumen que presentamos. Filosofía, que no es "disciplina de la verdad", continúa el autor, sino "meditación en la paradoja constituyente del mentir: lengua de la inmanencia" cuyo cauce es la interrogación. Y como de filosofar se trata, nada mejor que un título en forma interrogativa para comenzar la reflexión: ¿Hay derecho a mentir?

Nos situamos en la complicada Europa de finales del siglo XVIII, donde la Revolución francesa ya ha triunfado y fracasado, destruyendo mucho, construyendo menos y transformando todo. Encontramos a dos personajes, Kant y Constant, ocupados en sus razonamientos desde lugares y circunstancias vitales muy distantes. Kant, ya consagrado, que, encerrado en su burbuja provinciana de Königsberg, ajeno a los acontecimientos políticos, interesado sólo por los éticos, se empeña en establecer un sistema universal repleto de leyes morales que encuentran acomodo en una metafísica que, preocupándose teóricamente por la vida, se acaba olvidando en la práctica de ella. Constant, suizo trasplantado en París, conocedor a distancia de la Revolución, como Kant, pero ciertamente víctima directa de los desmanes que ésta produjo en los años posteriores; paradigma, si se quiere, del bon vivant pero testigo y protagonista de la historia y de la vida reales. Son, explica Albiac,

el viejo y el nuevo régimen –quizá mejor, el viejo y el nuevo mundo–: el viejo, que anhela el nuevo, del cual lo ignora todo; el nuevo, herido de añoranza incurable por el perdido.

En un pequeño tratado, Des réactions politiques, Constant afirmó: "El principio moral que declara ser un deber decir la verdad, si alguien lo tomase incondicional y aisladamente, tornaría imposible cualquier sociedad". Para justificar tal afirmación, continuaba:

tenemos la prueba de ello en las consecuencias muy inmediatas que un filósofo alemán sacó de ese principio, yendo hasta el punto de afirmar que la mentira dicha a un asesino que nos preguntase si un amigo nuestro perseguido por él no se refugia en nuestra casa sería un crimen.

Resulta curioso que Constant, aunque apuntando directamente a Kant, no especificara el nombre del filósofo alemán. Más curioso aún es que la cita no se encuentre en ningún escrito conocido del prusiano. No obstante, Kant se dio por aludido y entró al trapo. Constant le había puesto en bandeja la posibilidad de desarrollar con mayor profundidad lo que anteriormente había dado a entender aun sin explicitarlo. Surgió así el enfrentamiento entre dos modos de contemplar el mundo y la vida. Uno, el de Constant, radicado en la experiencia, en los acontecimientos cotidianos y sus efectos. Otro, el de Kant, inmaterial, aséptico, establecido en una metafísica que se erige como ideología y que se desentiende, a fin de cuentas, de la realidad humana concreta.

La discusión acerca de la mentira no era un hecho novedoso. Muchos autores de la antigüedad habían planteado situaciones similares a las que dieron origen a la polémica entre Constant y Kant. En el De mendacio, san Agustín propone el caso de las matronas hebreas que mienten a las autoridades egipcias para evitar la muerte de los neonatos varones (Ex 1, 15-20), y añade otro, más próximo a su época, que tuvo como protagonista a un obispo de Tagaste que, por no mentir ni señalar el lugar donde se escondía un inocente que se había refugiado en su casa, sufrió todo tipo de ultrajes. En pocas obras de san Agustín encontramos mayor número de interrogantes, lo cual indica la dificultad del tema y la imposibilidad de poder dar respuestas simples a situaciones tan complejas. En el caso de san Agustín, las conclusiones deberán entenderse a partir de la fuente de autoridad que las avala: la Sagrada Escritura. Sería injusto –y él mismo lo advierte a sus lectores– juzgar sus planteamientos quedándose simplemente en los ejemplos, ya que éstos únicamente ilustran un fondo teórico que se establece como norma general válida únicamente para el cristiano.

En el caso de Kant, sin embargo, las cosas funcionan de otra manera. El criterio máximo de autoridad es la razón, y sus postulados se proponen como valores universales, no sólo válidos para todos los hombres, también exigibles a todos y cada uno de ellos. Constant, espectador de los desmanes de la Francia post-revolucionaria, no puede aceptar un principio general que se desentiende del individuo y lo reduce a mera pieza del engranaje del sistema. En definitiva, lo que hace Constant es denunciar lo que de inhumano tiene un sistema absolutista como el kantiano.

A este particular, el peligro del idealismo filosófico, del que Kant se erige sumo sacerdote, es al que está dedicado gran parte de su estudio. Albiac confiesa haber tenido noticia de esta polémica hace ahora cuarenta años, a través de la lectura en París del Tratado de las virtudes de Jankélévitch. El por entonces veinteañero filósofo, bastante idealista –y por tanto bastante ignorante, según él mismo nos cuenta–, no captó la trascendencia de aquella polémica. El idealismo filosófico se le presentaba demasiado sublime. Seguramente aún no había identificado como tal el error del idealismo, esto es, la reducción del problema de la verdad al ámbito de lo jurídico, la reducción de la persona a mero súbdito del derecho. Aquel principio que triunfó en las ideologías totalitarias de diferente signo que asolaron Europa a partir del siglo XIX y que aún subyace en el imaginario de muchas otras.

Insertados por tanto en la realidad vital, en la libertad que presupone toda existencia digna, el derecho no tendrá nada que decir acerca del modo en que los ciudadanos gestionen la cuestión de la verdad o la mentira. Decir la verdad, o mentir, no será derecho, ni obligación ni deber; será, en todo caso, potestad del hombre, que contempla, juzga y actúa libre y consecuentemente; porque ¿no es acaso la conciencia la norma última de moralidad?

Immanuel Kant y Benjamin Constant, ¿Hay derecho a mentir?, Tecnos, Madrid, 2012, LXXVII + 43 páginas.

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Publicado en La Ilustración Liberal 52 (2012) 103-106.

jueves, 26 de enero de 2012

Fouché como paradigma

Desesperado ante la incertidumbre política y seguramente asqueado al ver cómo la sombra y el pésimo ejemplo de su biografiado Fouché no sólo no había desaparecido sino que se institucionalizaba en todos los frentes, Zweig se suicidó en plena Segunda Guerra Mundial. Opción por la que el subrepticio político francés no se habría inclinado jamás. Aquel "traidor nato, miserable intrigante, puro reptil, tránsfuga profesional, vil alma de corchete, deplorable inmoralista" se habría adaptado sin problemas a cualquier escenario surgido de aquel conflicto, como lo hizo durante toda su vida en la convulsa Francia de finales del siglo XVIII e inicios del XIX.
Se nos presenta ahora la enésima edición de este clásico, con una nueva traducción ágil y moderna, que hace de su relectura todo un placer y una invitación a mantener nuestra tensión como animales políticos que no pueden vivir, aunque la mayor parte de las veces les asquee, sin una relación estrecha y, esperemos, siempre crítica con la política. Tensión que se convierte en pasión, en cualquiera de sus vertientes, no ya por lo que pueda aportar la conocida biografía del que fuera de todo con todos, sino por los valores que Zweig transmite en un libro que supera la mera biografía para convertirse en ensayo político. Haga la prueba el lector y comience a leer, o releer en su caso, este retrato de un hombre político y verá que es difícil, por no decir imposible, no poner cara actual y familiar a cada momento de la vida política de Fouché, o a cada personaje que encarnó durante su extensa carrera.
Ahora bien, esa tentación no debe empañar el propósito de Zweig: demostrar, si bien por vía apofática, la dignidad de la política. La sorprendente biografía de quien fue profesor en un seminario en 1790, saqueador de iglesias apenas dos años después, poco más tarde comunista ante litteram, luego multimillonario gracias a los tejemanejes, chantajes y sobornos en que se vio envuelto durante el Directorio y finalmente Duque de Otranto, es tan paradójica que podría resultar inverosímil. En su imposible defensa podría alegarse que nunca cayó en contradicción alguna ni renegó de sus principios, ya que siempre careció de ellos. Recurriendo al sarcasmo, podría afirmarse que se anticipó también al propio marxismo, no al filosófico sino al fraternal y humorístico: "Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros". Movido por el propio interés y por el gusto del ejercicio del poder, renunció a cualquier tipo de compromiso y basó sus decisiones en la previsión, siempre acertada, sobre cuál sería el bando ganador en cada conflicto. Girondino llanero de primera hora, no tuvo empacho en pasarse en una noche al bando montañés, jacobino. De revolucionario regicida –votó a favor de la muerte de Luis XVI– pasó a valedor y ministro de la monarquía postnapoleónica; de profesor en un seminario a perseguidor del cristianismo, celebrante de misas poco ortodoxas, iconoclasta feroz... y de nuevo fiel devoto cristiano que se casará por la iglesia una segunda vez bajo el padrinazgo real. Todo un ejemplo, como se ve, de coherente evolución personal, intelectual e ideológica.
Pronto descubrió que el dinero huele mejor que la sangre. La sangre que hiciera verter durante su misión de castigo en Lyon –donde fue rebautizado el Ametrallador– dificultaría su carrera, pero jamás nadie pudo acabar con ella. Su agudeza, su oportunismo y su doblez se impusieron a sus crímenes y traiciones. Fue tal la corrupción que generó, y el alcance de sus chantajes, que todos le debían y con nadie se obligaba. Llegó a ser no sólo el hombre mejor informado y por tanto más temido de Francia, también el más rico de toda la nación.
Paradigma, podría concluirse, de lo que a menudo es pero jamás debería ser un hombre político. El esfuerzo de Zweig al presentar la biografía de un antihéroe tiene como recompensa la formulación de una serie de principios que deben caracterizar la verdadera actividad política. La aparente ironía de dedicar tiempo y esfuerzo a conocer la vida del siempre huidizo y detestable Fouché permite desmitificar la Historia, dejar de preocuparse sólo por aquellos que sobresalieron y destacaron para centrarse en quienes, entre bambalinas, en la cocina, les preparaban los platos. En realidad, como el mismo Zweig confiesa, el verdadero peligro en el ámbito político reside no en quien gobierna sino en quien desde un segundo plano controla el poder, en concreto los diplomáticos, raza que el autor austriaco detesta, no sin razón, en grado sumo. Su proverbial oportunismo, así como su instrumento más demoledor, su astuto y generalmente falaz lenguaje, hace de esta casta el punto de mira de Zweig.
Lectura imprescindible, por tanto, para quienes quieran dedicarse a la función pública o al menos entenderla. En ella encontrarán el espejo en que mirarse o al que hacer añicos; la vocación de servir y la de servirse; la dignidad de la política y la desgracia de la diplomacia.
Stefan Zweig, Fouché: retrato de un hombre político, Acantilado, Barcelona, 2011, 288 páginas.

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Publicado en La Ilustración Liberal 49 (2011) 109-111.