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jueves, 25 de abril de 2013

Arqueología en Israel

Hace tiempo que no pasaba por el blog, lo he tenido bastante abandonado. Retomo hoy, porque es fiesta en Italia y no trabajo, mi sana cómoda costumbre de ir haciéndolo crecer con mis colaboraciones en distintas publicaciones.

Ahora toca a un nuevo periódico: El Medio. Un buen proyecto dedicado a la información sobre la actualidad, la historia y la cultura de Oriente Medio. Añadidlo a vuestros favoritos.

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No cabe duda de que el mejor modo de conocer un país es a través de sus gentes, su historia y su cultura. El turismo ayuda poco, debido a los estereotipos que intentan explotar las agencias. Hasta mediados de los años noventa, había tenido, como cualquier persona de raíces judeocristianas, la oportunidad de conocer Israel a través de su historia, su religión, sus tradiciones. Entonces se me ofreció la posibilidad de conocerlo desde dentro, literalmente.

La Universidad Complutense de Madrid había firmado un acuerdo de colaboración con la Universidad Hebrea de Jerusalén para continuar las excavaciones de Hazor (Tel el Quedah), que habían sido iniciadas por Yigael Yadin a mediados de los años cincuenta. En verano, durante seis semanas, un grupo de estudiantes, principalmente del departamento de Filología Hebrea, dirigidos por María Teresa Rubiato, se unía a la campaña arqueológica. El ambiente era muy heterogéneo, en cuanto a origen, preparación e intereses de los participantes, pero la convivencia siempre fue buena y enriquecedora.

La arqueología, conviene recordarlo, no consiste en montarse a caballo, ponerse un sombrero y adentrarse en no sé qué cuevas; tampoco se trata de horadar la tierra para ver si por casualidad encontramos piezas que puedan decorar algún museo. Es una ciencia y, como tal, debe ser planificada y ejecutada de manera seria, pausada y crítica. Israel, que está a la vanguardia en numerosos campos técnicos y científicos, es una verdadera potencia arqueológica. En un territorio relativamente pequeño, 22.145 km2, hay actualmente más de 70 yacimientos arqueológicos. En gran parte de ellos se sigue excavando, y los interesados pueden participar en las campañas que se efectúan cada año, generalmente en verano. Se trata de una oportunidad única para conocer el pasado y el presente de Israel. Su historia y las modernas técnicas de interpretación de los datos arqueológicos. La fatiga cotidiana de trabajar muchas horas bajo el sol se combina con la satisfacción del contacto directo con restos materiales de las culturas –según lugares– cananea, israelita, helenista, romana, islámica y cruzada.

La tierra donde todo comenzó no deja de sorprender y enseñar. De ahí la importancia que en las últimas décadas se ha otorgado a la arqueología en Israel.

A nadie se le escapan los interesantes hallazgos que ofrecen cada año las excavaciones, pero junto a ellos surgen interpretaciones, no siempre científicas, que sirven la polémica en bandeja. La arqueología ha sido utilizada, no siempre convenientemente, con otras finalidades. De este modo, algunos datos han sido interpretados, con demasiada frecuencia, de manera tendenciosa por quienes pretendían dar una veracidad histórica, de la que carece en términos estrictos, a la Escritura –recuérdese el éxito de aquel nefasto libro Y la Biblia tenía razón, de W. Keller–. También, en el ámbito político, no pocas veces se ha intentado establecer una línea directa, inexistente, entre quienes vivieron en aquellas siempre inestables tierras de Oriente Medio y los actuales habitantes de las mismas.

Uno de los aspectos más interesantes de la arqueología del antiguo Israel viene de la posibilidad de conocer de primera mano los lugares y los ambientes que han configurado nuestra civilización, algo que va más allá de la localización de un determinado lugar relacionado con tal o cual acontecimiento histórico. Así, poder reconstruir la cultura cananea, conocer los primeros vestigios históricos del pueblo de Israel o analizar las primeras huellas que dejó el cristianismo en la región donde surgió supone una fuente de enriquecimiento no sólo cultural, también espiritual. Hacerlo en modo crítico, como nos lo permite la arqueología, sin sentimentalismos ni fundamentalismos, es la mayor satisfacción que pueda obtenerse, aun a riesgo de pasar como un descreído o un relativista a los ojos de quienes creen estar en posesión de la verdad, a través, supongo, de algún tipo de revelación arcana.

Aquella experiencia en tierras de la Biblia me permitió no sólo conocer una sucesión de pueblos y culturas, ir colmando poco a poco –nunca se concluye esta tarea– el deseo de saber más y creer mejor; también, descubrir en primera persona, sin intermediarios –a menudo tendenciosos–, cómo es la sociedad israelí actual. Fueron tiempos duros, los atentados estaban a la orden del día, Isaac Rabin fue asesinado, la segunda Intifada se estaba gestando, pero Israel se presentaba como algo más que violencia o conflicto. Aparecía como en realidad es: un país moderno, radicalmente distinto a los que lo rodean, con una juventud preparada y comprometida, una oferta cultural envidiable… Una imagen, pues, bien alejada del conflicto eterno que nos presentan a menudo los medios de comunicación.

Recuerdo que una de las primeras conclusiones que fui elaborando tenía que ver con mi rechazo, que venía de atrás, a llamar a aquella zona Tierra Santa. Como reclamo espiritual y turístico puede funcionar; como realidad, ciertamente, no. Desde aquellas primeras experiencias, a las que siguieron otros viajes con objetivos diferentes, me esforcé en no idealizar, en no traducir, en no interpretar mis ideas preconcebidas con la realidad que se me presentaba a la vista. A ello, sin duda, me ayudó el sano escepticismo que produce la verdadera arqueología.

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Publicado en El Medio.
- See more at: http://elmed.io/arqueologia-en-israel/#sthash.1VZmmwCv.dpuf
No cabe duda de que el mejor modo de conocer un país es a través de sus gentes, su historia y su cultura. El turismo ayuda poco, debido a los estereotipos que intentan explotar las agencias. Hasta mediados de los años noventa, había tenido, como cualquier persona de raíces judeocristianas, la oportunidad de conocer Israel a través de su historia, su religión, sus tradiciones. Entonces se me ofreció la posibilidad de conocerlo desde dentro, literalmente.
La Universidad Complutense de Madrid había firmado un acuerdo de colaboración con la Universidad Hebrea de Jerusalén para continuar las excavaciones de Hazor (Tel el Quedah), que habían sido iniciadas por Yigael Yadin a mediados de los años cincuenta. En verano, durante seis semanas, un grupo de estudiantes, principalmente del departamento de Filología Hebrea, dirigidos por María Teresa Rubiato, se unía a la campaña arqueológica. El ambiente era muy heterogéneo, en cuanto a origen, preparación e intereses de los participantes, pero la convivencia siempre fue buena y enriquecedora.
La arqueología, conviene recordarlo, no consiste en montarse a caballo, ponerse un sombrero y adentrarse en no sé qué cuevas; tampoco se trata de horadar la tierra para ver si por casualidad encontramos piezas que puedan decorar algún museo. Es una ciencia y, como tal, debe ser planificada y ejecutada de manera seria, pausada y crítica. Israel, que está a la vanguardia en numerosos campos técnicos y científicos, es una verdadera potencia arqueológica. En un territorio relativamente pequeño, 22.145 km2, hay actualmente más de 70 yacimientos arqueológicos. En gran parte de ellos se sigue excavando, y los interesados pueden participar en las campañas que se efectúan cada año, generalmente en verano. Se trata de una oportunidad única para conocer el pasado y el presente de Israel. Su historia y las modernas técnicas de interpretación de los datos arqueológicos. La fatiga cotidiana de trabajar muchas horas bajo el sol se combina con la satisfacción del contacto directo con restos materiales de las culturas –según lugares– cananea, israelita, helenista, romana, islámica y cruzada.
La tierra donde todo comenzó no deja de sorprender y enseñar. De ahí la importancia que en las últimas décadas se ha otorgado a la arqueología en Israel.
A nadie se le escapan los interesantes hallazgos que ofrecen cada año las excavaciones, pero junto a ellos surgen interpretaciones, no siempre científicas, que sirven la polémica en bandeja. La arqueología ha sido utilizada, no siempre convenientemente, con otras finalidades. De este modo, algunos datos han sido interpretados, con demasiada frecuencia, de manera tendenciosa por quienes pretendían dar una veracidad histórica, de la que carece en términos estrictos, a la Escritura –recuérdese el éxito de aquel nefasto libro Y la Biblia tenía razón, de W. Keller–. También, en el ámbito político, no pocas veces se ha intentado establecer una línea directa, inexistente, entre quienes vivieron en aquellas siempre inestables tierras de Oriente Medio y los actuales habitantes de las mismas.
Uno de los aspectos más interesantes de la arqueología del antiguo Israel viene de la posibilidad de conocer de primera mano los lugares y los ambientes que han configurado nuestra civilización, algo que va más allá de la localización de un determinado lugar relacionado con tal o cual acontecimiento histórico. Así, poder reconstruir la cultura cananea, conocer los primeros vestigios históricos del pueblo de Israel o analizar las primeras huellas que dejó el cristianismo en la región donde surgió supone una fuente de enriquecimiento no sólo cultural, también espiritual. Hacerlo en modo crítico, como nos lo permite la arqueología, sin sentimentalismos ni fundamentalismos, es la mayor satisfacción que pueda obtenerse, aun a riesgo de pasar como un descreído o un relativista a los ojos de quienes creen estar en posesión de la verdad, a través, supongo, de algún tipo de revelación arcana.
Aquella experiencia en tierras de la Biblia me permitió no sólo conocer una sucesión de pueblos y culturas, ir colmando poco a poco –nunca se concluye esta tarea– el deseo de saber más y creer mejor; también, descubrir en primera persona, sin intermediarios –a menudo tendenciosos–, cómo es la sociedad israelí actual. Fueron tiempos duros, los atentados estaban a la orden del día, Isaac Rabin fue asesinado, la segunda Intifada se estaba gestando, pero Israel se presentaba como algo más que violencia o conflicto. Aparecía como en realidad es: un país moderno, radicalmente distinto a los que lo rodean, con una juventud preparada y comprometida, una oferta cultural envidiable… Una imagen, pues, bien alejada del conflicto eterno que nos presentan a menudo los medios de comunicación.
Recuerdo que una de las primeras conclusiones que fui elaborando tenía que ver con mi rechazo, que venía de atrás, a llamar a aquella zona Tierra Santa. Como reclamo espiritual y turístico puede funcionar; como realidad, ciertamente, no. Desde aquellas primeras experiencias, a las que siguieron otros viajes con objetivos diferentes, me esforcé en no idealizar, en no traducir, en no interpretar mis ideas preconcebidas con la realidad que se me presentaba a la vista. A ello, sin duda, me ayudó el sano escepticismo que produce la verdadera arqueología.
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domingo, 23 de septiembre de 2012

"No está aquí"

"No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo" Mc 16, 6b-7.

Hace pocos días celebré el décimo aniversario de mi ordenación sacerdotal y tuve el honor de presidir una eucaristía en el lugar que la tradición venera como el sepulcro de Cristo -con bastantes pruebas arqueológicas e históricas que lo atestiguan (sí, los reformados buscaron y encontraron otro lugar, pero es que llegaban con siglos de retraso y el auténtico ya estaba repartido, no sin escándalo, entre latinos, griegos, coptos, armenios y sirios).




Había visitado el lugar en múltiples ocasiones desde el año 1995, pero esta vez tenía un significado especial. El ritual que ofrecen los franciscanos que custodian la parte latina de la basílica del Santo Sepulcro propone varias alternativas para la lectura del Evangelio. Recordé, al entrar, el texto de Marcos que encabeza esta entrada, quizás el más adecuado para entender lo que realmente significa y representa el lugar.

No pretendo entrar en exégesis complicadas, es domingo por la tarde y además para eso están los expertos, simplemente os cuento aquello que me vino a la cabeza en aquella media hora en la que permanecí en el interior de la minúscula capilla en compañía de mis padres y otras cuatro personas.




"No os asustéis". Bien dicho, autor de Marcos, porque hay quienes pudieran esperar algo que no lograrán encontrar; por ejemplo una prueba histórica de la resurrección de Jesús. No hay que asustarse porque el sepulcro esté vacío, en todo caso sí por el mal gusto con el que lo han adornado entre unos y otros anticipando en siglos el dichoso "café para todos".

"Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado". Efectivamente, un discípulo de Jesús, un verdadero cristiano, no hará otra cosa en su vida más que buscar a Jesús. Lo tendrá siempre a su lado, pero o no se dará cuenta o no logrará satisfacer del todo la verdadera necesidad que de él tiene. El Crucificado, aquel que entregó no sólo su muerte, sino toda su vida, predicando con el ejemplo.

"Ha resucitado; no está aquí". Si no fuera por esta frase yo no estaría escribiendo esta entrada ni habría celebrado aquella eucaristía. Es justamente la resurrección el evento que sin ser histórico más ha cambiado el curso de la Historia y de las historias de muchas personas, al menos de la mía (y no creo ser el único). "Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe", dice san Pablo (1Cor 15, 14). Efectivamente, Cristo habría dejado un buen mensaje, un óptimo ejemplo... como tantos otros que han dejado otras tantas personas a lo largo de los siglos, pero no habría dotado de pleno sentido la vida, la verdadera vida.

"Ved el lugar donde le pusieron". A eso se va a Jerusalén, a ver el lugar donde estuvo y ya no está. A intentar actualizar algunos episodios de su vida que transcurrieron en esta ciudad; echándole, eso sí, un poco de imaginación y quitando hasta veinte metros de estratos que se han ido acumulado en algunos lugares desde el s. I.

"Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro". Todo en el cristianismo es comunitario, o no es verdaderamente cristiano. No es una creencia individual, es compartida. No anula, sin embargo, al individuo (¡ay estos comunistas que proponen a Jesucristo como el primero de ellos!), sino que lo sitúa en su contexto más humano: vivir por y para los otros que son como él. De ahí la importancia del "id y decir"; si alguien se guarda para sí algo bueno y no lo comparte, o ese algo no es tan bueno o esa persona no es de fiar.

"Que irá delante de vosotros a Galilea". Allí donde todo empezó (cf. Hch 10, 37); aquel distrito de los gentiles (gelîl ha-goyim) del que hablaba Isaías al final de su capítulo octavo; aquel símbolo de universalidad, no de exclusividad; aquel lugar siempre actual, ya que no dejaremos de estar siempre en camino; aquel lugar, especialmente a la orilla del lago, en el que es más fácil, incluso hoy en día, imaginar cómo se desarrolló la vida de Jesús.



"Allí le veréis, como os dijo". Allí donde también empezó todo para cada uno de nosotros: nuestra familia o nuestro círculo más íntimo o donde descubrimos que la vida es mucho más de que lo que se nos presenta a simple vista. El lugar, nuestra vida, que, aun siendo gentil, se va santificando diariamente, porque "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

sábado, 8 de septiembre de 2012

El conflicto árabe-israelí

Ultimando el viaje a Israel, os dejo tres vídeos que explican con bastante claridad el origen, desarrollo y posibles soluciones de un conflicto que dura ya demasiado tiempo.


Habrá quien diga que mi posición es claramente pro-israelí, no lo oculto, estoy dispuesto a actualizar la entrada si alguien me ofrece una versión similar (pausada y documentada) proveniente del "otro lado".







Shalom!

lunes, 30 de enero de 2012

La persecución silenciada


La concepción hegemónica de una Palestina en la que todas las comunidades vivían en buena armonía y casi en pie de igualdad hasta la brutal irrupción de los sionistas es un mito muy habitual en Occidente.

Está muy extendida la falsa idea de que Oriente Medio sería poco menos que un paraíso si el estado de Israel no existiese. Sin embargo, la realidad es muy otra. Los palestinos no constituyen una entidad homogénea, están –muy– divididos en multitud de grupos sociales, políticos y, principalmente, religiosos.

La minoría cristiana, en la que se centra el libro que presento, ha estado siempre sometida a la mayoría musulmana. Sumisión que se ha manifestado de diversos modos a lo largo de la historia y que en la actualidad parece haber llegado a un punto de no retorno. Recientemente se publicaban en estas mismas páginas algunas reflexiones sobre el acoso y la caza a los que se ven sometidos los cristianos de Tierra Santa en particular y aquellos que viven en el mundo islámico en general. Jean Rolin, en esta obra a medio camino entre la crónica periodística y la literatura de viajes, nos acerca a la vida cotidiana de esos cristianos palestinos que sufren persecución y que se enfrentan a un futuro tenebroso si las cosas siguen igual.

La edición española llega con ocho años de retraso, y lo hace seguramente a lomos del interés que ha despertado el mundo árabe en los últimos meses a raíz del estallido de la mal llamada "primavera árabe". El libro, por tanto, nace viejo, aunque no exento de utilidad para aquellos que ignoren la precariedad en que vive la minoría cristiana palestina, comunidad en un tiempo próspera que lucha ahora por la supervivencia, amenazada por los israelíes por ser árabe, perseguida por la mayoría musulmana palestina por ser cristiana, arrinconada por sus propias iglesias (católica y ortodoxas, principalmente), obsesionadas como están con no herir susceptibilidades judías o islámicas. La suya es, pues, una existencia al límite y literalmente entre la espada y la pared.

Los personajes, reales, que aparecen en estas páginas cuentan cómo son sus vidas cotidianas, cuáles son sus miedos, las múltiples amenazas que han de afrontar, sus pobres esperanzas. Lo hacen con reparo, con cautela, nada es como se presenta en Palestina. No quieren ofender a quienes quieren aniquilarlos, sus hermanos de raza; recelan de Occidente, aun sin saber por qué y en qué modo; algunos, los menos, combaten al que creen, equivocadamente, que es su mayor enemigo, Israel, sin querer reconocer, aunque lo sepan, que su principal amenaza habla su propia lengua y lleva su misma sangre. Esta actitud es sorprendente y cuesta aceptarla, pareciera que han preferido ser como aquella oveja llevada al matadero de la que nos habla el profeta Isaías en lugar de seguir el consejo de Jesucristo, en el evangelio de Mateo, de ser astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Ignorados por todos, luchan por sobrevivir en unas circunstancias cada vez más hostiles; y desde 2003, fecha de la edición original, las cosas han cambiado, mucho y a peor. ¿Qué habrá sido de los protagonistas del libro, a los que no siempre se da nombre para no añadir más peligro al que ya soportan por el hecho de ser diferentes? Algunos habrán muerto; otros, la mayoría, seguramente han emigrado hacia algún lugar del odiado Occidente. Vivir en la propia tierra pidiendo constantemente perdón por ser lo que se es o huir para poder desarrollar una existencia digna: no cabe más alternativa. Pocos se alzarán, de la manera que sea, para reclamar el puesto que les corresponde. Son pocos, carecen de recursos y se ven abandonados por sus correligionarios que, siguiendo la vil política del apaciguamiento, prefieren conservar un mero recuerdo histórico de su fe en las piedras de los templos y descuidan a las personas, verdaderos templos de Dios según el cristianismo, que habitan la tierra en la que todo empezó.

Es desesperante ver cómo, ante tal situación, no cabe más remedio que la resignación o la emigración. Ambas, más pronto que tarde, acaban equivaliendo a la desaparición. Entonces se escucharán los lamentos y se buscará al culpable, que, tratándose de Oriente Medio, no podrá ser otro que el chivo expiatorio que carga con las culpas propias y ajenas desde 1948.

Libros como éste ayudan a despertar conciencias, a realizar juicios más equilibrados sobre los problemas de Palestina, a no olvidar que en Oriente Medio no sólo están enfrentados judíos y árabes; también y principalmente están enfrentados los propios árabes, por ejemplo, por cuestiones religiosas: la división musulmanes-cristianos se da en Palestina y en todos los países árabes con población cristiana: Egipto, Líbano, Irak, etc.

No corresponde a un periodista ni a un crítico ofrecer soluciones concretas a los conflictos; pero sí están obligados a informar de modo que animen a quienes lean sus escritos a crear una conciencia crítica de lo que pasa en el mundo, de cómo malviven, en este caso concreto, los árabes cristianos de Palestina. Sin tantas contemplaciones con el islam, con sus falsas primaveras, con sus engendros pseudodemocráticos y con sus idolatrados líderes, las cosas irían de otro modo. Desechemos la falsa ilusión del diálogo, que exige al menos dos interlocutores, con quienes no aceptan más que monólogos y adoptemos posiciones más eficaces, aunque sean dolorosas y políticamente incorrectas –bendito término–. Ellos, los fundamentalistas, seguirán intentando lograr sus objetivos; nosotros, o defendemos nuestra causa o, simplemente, seremos los siguientes en ser fagocitados por culpa de nuestra indiferencia.


JEAN ROLIN: CRISTIANOS. Libros del Asteroide (Barcelona), 2011, 165 páginas.

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