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miércoles, 13 de junio de 2012

El final del reino visigodo


Fray Luis de León, denunciando los deslices del último rey visigodo, se dejó llevar por la pasión que ha predominado en gran parte de la tradición historiográfica. Explicar un acontecimiento histórico, ya sea una guerra civil, una batalla o un reinado, con un par de frases ingeniosas convenientemente aderezadas ideológicamente es algo tan habitual como improcedente.

El problema a la hora de afrontar el final del dominio visigodo sobre la península ibérica es, como siempre, la escasez de fuentes y la dudosa veracidad de las mismas. Fray Luis se limitó a poner en verso una leyenda que comenzó a circular con éxito pocas décadas después de la llegada de los musulmanes.

La explicación tradicional parece querer zanjar el asunto de la desaparición del Estado visigodo asegurando que unos cuantos musulmanes cruzaron el Estrecho y, tras vencer a las tropas de un reino en descomposición en una sola batalla, se hicieron con el dominio de prácticamente toda la península. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas.

En primer lugar, en el año 711 el reino visigodo padecía la precariedad política que lo caracterizaba. Las luchas por el poder habían sido una constante durante toda su existencia. Las sucesiones pocas veces habían sido tranquilas y las sublevaciones estaban al orden del día. Nunca se encontró la medicina adecuada para frenar la enfermedad de los godos, feliz expresión de Fredegario, cronista galo del siglo VII, para referirse a la excesiva frecuencia con que los reyes visigodos eran eliminados. Podemos, por tanto, otorgar parte de la culpa a la debilidad política visigoda, si bien no fue un factor determinante.

La España de aquella época no carecía de relevancia internacional. ¿Cómo explicar, si no, la representación del último rey, Rodrigo, en los frescos del castillo jordano de Qusayr Amra? Ningún califa se habría enorgullecido por haber vencido al rey de un pequeño o insignificante Estado. Allí lo encontramos, sin embargo, acompañado de otras grandes personalidades de la época, como el emperador bizantino, el negus etíope, el rey de los sasánidas, el gran khan y el emperador de China. No todos corrieron la misma suerte de Rodrigo, pero sí podríamos concluir que, en el imaginario del emir que ordenó la construcción de aquel pequeño palacio una década después de la invasión musulmana, el reino visigodo era considerado, cuando menos, una potencia mundial.

Este hecho, por tanto, nos hace prestar atención a otro factor determinante y que en ocasiones se ha dejado de lado: la expansión árabe. En relativamente poco tiempo, un movimiento religioso que se había circunscrito a la península arábiga se extendió por todo Oriente Medio y el norte de África, hasta llegar al Atlántico. Sus conquistas se irían afianzando poco a poco. Al inicio, al menos en su expansión hacia el oeste, fue apropiándose de pocas y pequeñas zonas estratégicas, desde donde poder apoyar campañas militares. Fijó su objetivo en la península ibérica sólo cuando llegó al extremo occidental de África. La campaña de 711 no fue la primera acción militar que llevó a cabo contra el reino visigodo, pero sí la más organizada: anteriormente había lanzado otros ataques, pero más a modo de incursión, con el fin de hacer botín.

Al llegar en aquella ocasión a la península, aun siendo inferiores militarmente, los invasores se encontraron con un enemigo desorganizado, más acostumbrado a luchar contra enemigos internos que contra amenazas externas. Los propios límites del reino visigodo, circunscritos a la península, a excepción de una pequeña parte de la antigua Narbonense, hicieron prestar menor atención a un eventual ataque exterior de envergadura (el caso de la presencia bizantina en algunas partes del territorio peninsular durante todo el período visigodo no supuso nunca una amenaza real para la integridad del reino).

Otro punto débil del reino era la conexión entre la casta dirigente, casi en su totalidad visigoda, y la sociedad, mayoritariamente de tradición hispano-romana. Los dos siglos largos de gobierno visigodo no lograron superar del todo esa dicotomía, y el pueblo en momentos de convulsión sólo reacciona y se muestra fiel cuando encuentra alguien con la autoridad y el prestigio suficientes para dirigirlo. Quizás la Iglesia, que al igual que la mayoría del pueblo era de origen hispano-romano, hubiera podido ejercer esa labor de unificación, o cuando menos de afianzamiento de la identidad nacional, pero llevaba décadas intentándolo y fracasando continuamente, ante la genética terquedad visigoda.

Por tanto, la mayor virtud árabe fue el saber aprovechar la ocasión sirviéndose de las debilidades del enemigo. Cualquier otro invasor, seguramente, habría obtenido el mismo éxito.

El reino visigodo desaparecía en pocos meses, víctima de una nueva potencia que permanecería demasiados siglos en España. Suele hacerse balance de aquel período y sacar conclusiones que puedan explicar el desarrollo de la historia posterior. Hay quienes creen encontrar en aquellos siglos la cuna de la actual España. Otros, por el contrario, no creen que la aportación visigoda a la historia general de España sea de envergadura. La polémica, en todo caso, está siempre servida porque se trata más de ideología que de Historia.

Conviene tener presente, al final de esta panorámica sobre el período visigodo, dos aspectos que son fundamentales y sobre los que el amable lector podrá reflexionar para darles el valor adecuado.

En primer lugar, de todos los territorios conquistados por los árabes, la península ibérica fue el único que logró desembarazarse de ellos. Costó mucho tiempo y esfuerzo, todo el período medieval, pero quedó demostrado que el islam no pudo anular la identidad hispano-romana y cristiana de la mayoría de la población. En segundo lugar, pero estrechamente unido a lo anterior: la nueva nación que se fue formando no sólo según avanzaba la Reconquista sino en cierta medida también antes, inmediatamente después de la desaparición del imperio romano de Occidente, nunca cambió de nombre. La Galia romana se convertiría con el tiempo en la franca Francia; Hispania, por el contrario, pasó a ser directamente España, no Gotia. Sea por la brevedad de su dominio, sea porque nunca lograron una plena integración, lo cierto es que los visigodos dejaron una huella poco profunda, que sería magnificada más tarde por la necesidad política de fijar el origen de la nación española.

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lunes, 30 de enero de 2012

La persecución silenciada


La concepción hegemónica de una Palestina en la que todas las comunidades vivían en buena armonía y casi en pie de igualdad hasta la brutal irrupción de los sionistas es un mito muy habitual en Occidente.

Está muy extendida la falsa idea de que Oriente Medio sería poco menos que un paraíso si el estado de Israel no existiese. Sin embargo, la realidad es muy otra. Los palestinos no constituyen una entidad homogénea, están –muy– divididos en multitud de grupos sociales, políticos y, principalmente, religiosos.

La minoría cristiana, en la que se centra el libro que presento, ha estado siempre sometida a la mayoría musulmana. Sumisión que se ha manifestado de diversos modos a lo largo de la historia y que en la actualidad parece haber llegado a un punto de no retorno. Recientemente se publicaban en estas mismas páginas algunas reflexiones sobre el acoso y la caza a los que se ven sometidos los cristianos de Tierra Santa en particular y aquellos que viven en el mundo islámico en general. Jean Rolin, en esta obra a medio camino entre la crónica periodística y la literatura de viajes, nos acerca a la vida cotidiana de esos cristianos palestinos que sufren persecución y que se enfrentan a un futuro tenebroso si las cosas siguen igual.

La edición española llega con ocho años de retraso, y lo hace seguramente a lomos del interés que ha despertado el mundo árabe en los últimos meses a raíz del estallido de la mal llamada "primavera árabe". El libro, por tanto, nace viejo, aunque no exento de utilidad para aquellos que ignoren la precariedad en que vive la minoría cristiana palestina, comunidad en un tiempo próspera que lucha ahora por la supervivencia, amenazada por los israelíes por ser árabe, perseguida por la mayoría musulmana palestina por ser cristiana, arrinconada por sus propias iglesias (católica y ortodoxas, principalmente), obsesionadas como están con no herir susceptibilidades judías o islámicas. La suya es, pues, una existencia al límite y literalmente entre la espada y la pared.

Los personajes, reales, que aparecen en estas páginas cuentan cómo son sus vidas cotidianas, cuáles son sus miedos, las múltiples amenazas que han de afrontar, sus pobres esperanzas. Lo hacen con reparo, con cautela, nada es como se presenta en Palestina. No quieren ofender a quienes quieren aniquilarlos, sus hermanos de raza; recelan de Occidente, aun sin saber por qué y en qué modo; algunos, los menos, combaten al que creen, equivocadamente, que es su mayor enemigo, Israel, sin querer reconocer, aunque lo sepan, que su principal amenaza habla su propia lengua y lleva su misma sangre. Esta actitud es sorprendente y cuesta aceptarla, pareciera que han preferido ser como aquella oveja llevada al matadero de la que nos habla el profeta Isaías en lugar de seguir el consejo de Jesucristo, en el evangelio de Mateo, de ser astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Ignorados por todos, luchan por sobrevivir en unas circunstancias cada vez más hostiles; y desde 2003, fecha de la edición original, las cosas han cambiado, mucho y a peor. ¿Qué habrá sido de los protagonistas del libro, a los que no siempre se da nombre para no añadir más peligro al que ya soportan por el hecho de ser diferentes? Algunos habrán muerto; otros, la mayoría, seguramente han emigrado hacia algún lugar del odiado Occidente. Vivir en la propia tierra pidiendo constantemente perdón por ser lo que se es o huir para poder desarrollar una existencia digna: no cabe más alternativa. Pocos se alzarán, de la manera que sea, para reclamar el puesto que les corresponde. Son pocos, carecen de recursos y se ven abandonados por sus correligionarios que, siguiendo la vil política del apaciguamiento, prefieren conservar un mero recuerdo histórico de su fe en las piedras de los templos y descuidan a las personas, verdaderos templos de Dios según el cristianismo, que habitan la tierra en la que todo empezó.

Es desesperante ver cómo, ante tal situación, no cabe más remedio que la resignación o la emigración. Ambas, más pronto que tarde, acaban equivaliendo a la desaparición. Entonces se escucharán los lamentos y se buscará al culpable, que, tratándose de Oriente Medio, no podrá ser otro que el chivo expiatorio que carga con las culpas propias y ajenas desde 1948.

Libros como éste ayudan a despertar conciencias, a realizar juicios más equilibrados sobre los problemas de Palestina, a no olvidar que en Oriente Medio no sólo están enfrentados judíos y árabes; también y principalmente están enfrentados los propios árabes, por ejemplo, por cuestiones religiosas: la división musulmanes-cristianos se da en Palestina y en todos los países árabes con población cristiana: Egipto, Líbano, Irak, etc.

No corresponde a un periodista ni a un crítico ofrecer soluciones concretas a los conflictos; pero sí están obligados a informar de modo que animen a quienes lean sus escritos a crear una conciencia crítica de lo que pasa en el mundo, de cómo malviven, en este caso concreto, los árabes cristianos de Palestina. Sin tantas contemplaciones con el islam, con sus falsas primaveras, con sus engendros pseudodemocráticos y con sus idolatrados líderes, las cosas irían de otro modo. Desechemos la falsa ilusión del diálogo, que exige al menos dos interlocutores, con quienes no aceptan más que monólogos y adoptemos posiciones más eficaces, aunque sean dolorosas y políticamente incorrectas –bendito término–. Ellos, los fundamentalistas, seguirán intentando lograr sus objetivos; nosotros, o defendemos nuestra causa o, simplemente, seremos los siguientes en ser fagocitados por culpa de nuestra indiferencia.


JEAN ROLIN: CRISTIANOS. Libros del Asteroide (Barcelona), 2011, 165 páginas.

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sábado, 31 de diciembre de 2011

Aquí, Jerusalén.


Jerusalén domina desde hace siglos no sólo la atención de las innumerables potencias políticas y religiosas que han ido reclamando la hipotética parte que supuestamente les correspondía de ella, sino la de todo miembro de cualquiera de las tres tradiciones culturales y religiosas monoteístas –judaísmo, cristianismo e islam– que la consideran parte de su patrimonio.

"Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha; que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si no te pongo, Jerusalén, en la cumbre de mi alegría". El autor del salmo 137, que narra los sentimientos del pueblo hebreo deportado en Babilonia, seguramente nunca imaginó que sus palabras serían las más fervientemente vividas y practicadas a lo largo de toda la historia. Ni judíos, ni cristianos ni musulmanes han dejado de tener presente a la ciudad santa a lo largo de tantos siglos de reivindicaciones, guerras, treguas, pactos, traiciones, construcciones y profanaciones. Ninguna mano se ha secado y ninguna lengua ha quedado pegada al paladar de nadie, aunque en ocasiones habría sido más que deseable. Todos, de una manera u otra, se han pronunciado sobre Jerusalén y todos han actuado en ella.

Simon Sebag Montefiore ha sido uno de los últimos en escribir sobre la ciudad santa. No podemos decir "el último" porque seguramente desde la aparición de este libro, hace pocos meses, se hayan seguido publicando innumerables artículos periodísticos, arqueológicos, históricos y teológicos sobre ella. No es que Jerusalén esté actualmente de moda, es que nunca ha dejado de estarlo. Pues bien, la monografía de SSM es probablemente el mejor estudio que se ha hecho sobre Jerusalén en mucho tiempo. Presenta cronológicamente la historia de la ciudad desde el momento en que aparecen las primeras referencias históricas, o al menos las primeras fuentes escritas creíbles, contemporáneas del rey David, hasta la reciente –aunque en Oriente Medio la noción de tiempo nunca ha sido algo que realmente importe– Guerra de los Seis Días. Al cuerpo de la obra le precede, por una parte, un prólogo explicativo en el que se insiste continuamente sobre la prudencia con la que se ha de afrontar el estudio y la lectura de un tema tan sensible como éste; y le sucede, por otra, un epílogo en el que, alejado del estilo de crónica predominante en el resto del volumen, el autor realiza un análisis más personal y político de los últimos años y de las perspectivas que se presentan.

Al lector, haya estado o no allí, le parecerá ir leyendo una historia familiar, porque Jerusalén forma parte innata de nuestra cultura. Los reyes de las monarquías hebreas, los jefes de las diferentes dinastías asirias, egipcias, griegas, romanas, árabes, otomanas, europeas..., todos han pasado por allí y han dejado su huella más o menos marcada. Todos han construido esa Jerusalén que hoy se nos presenta demasiado cargada de historia y muy desprovista, como siempre, de un presente y de un futuro estables.

El libro está dividido en nueve partes principales, que reflejan los períodos históricos que han marcado el carácter de la ciudad: judaísmo, cristianismo, paganismo, islam, cruzadas, mamelucos, otomanos, imperio y sionismo. Junto a esta historia oficial, que ve a la propia Jerusalén como parte integrante de proyectos políticos o religiosos de diferentes imperios, el autor presenta muchos datos sobre otros protagonistas más desconocidos pero igualmente importantes y decisivos. Numerosos aspectos de la vida cotidiana, la más real si se quiere, enriquecen el libro y lo convierten en una verdadera biografía. Hay aquí abundante información, bien distribuida y sobre todo bien documentada. A las breves aunque numerosas notas explicativas a pie de página se añaden más de cien páginas de bibliografía, setenta de ellas dedicadas a indicar las fuentes consultadas al abordar cada uno de los temas tratados a lo largo de toda la narración. Lástima que la edición española no esté a la altura del original: al precio excesivo e injustificado se añaden no pocos errores de traducción y de edición –la transliteración, por ejemplo, de algunos nombres y términos hebreos y árabes hiere la vista–.

Con todo, insisto: se trata de una óptima monografía de lectura más que recomendable, que permitirá a quien a ella se acerque disfrutar de este patrimonio común que es Jerusalén. Conocer con más detalle la ciudad que ha estado presente en la mente y en el corazón de millones de personas a lo largo de los siglos. Entender la santidad del lugar y al mismo tiempo su excesiva humanidad. Quiénes la han verdaderamente amado, protegido y venerado; quiénes la han mancillado, manipulado y desvirtuado.

El juicio de cada lector, al igual que el de este reseñador, será subjetivo, como no podía ser menos. Habrá quienes encuentren motivos para justificar su simpatía, su indiferencia o su animadversión por uno u otro grupo religioso, político o social. Podrá, quizás, crear o modificar su posición sobre el actual conflicto que padece la ciudad y emitir un juicio, también personal, sobre las causas del mismo y sus posibles soluciones. Podrá hacer todo esto porque habrá leído un libro bastante equilibrado, que no esconde las vergüenzas de ningún grupo religioso, de ninguna raza y de ningún movimiento político, antiguo o contemporáneo.


SIMON SEBAG MONTEFIORE: JERUSALÉN. LA BIOGRAFÍA. Crítica (Barcelona), 2011, 853 páginas.

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sábado, 5 de noviembre de 2011

¿Tolerancia o indiferencia?

"An appeaser is one who feeds a crocodile—hoping it will eat him last."

W. Churchill



Churchill, afortunadamente, no fue un hombre de paz y se opuso a la política de apaciguamiento, tolerancia llamaríamos hoy, que permitió que Hitler campara por sus anchas durante demasiado tiempo. Seguramente hoy le llamarían fascista o le desearían la muerte, como a tantas otras personas que se resisten a lo "políticamente correcto".

Sobre el tema de la tolerancia ya escribí hace unos meses, ahora vuelvo sobre él tras haber leído la reciente reseña escrita por un conocido periodista español sobre una publicación de obligada lectura Islamophobia. La tolerancia es el mayor vicio y el cáncer más peligroso que afecta a las sociedades occidentales actuales, más peligrosa que la crisis económica pues ésta tarde o temprano pasará. La tolerancia, sin embargo, amenaza con quedarse entre nosotros como valor máximo de la pestífera corrección política.

Las raíces de Occidente, otro tema que desata todo tipo de juicios tolerantes, se encuentran en la tradición judeocristiana. Los apaciguadores actuales de los que hablaba Churchill se niegan a ello, seguramente por ignorancia y no pocas dosis de resentimiento, para dar espacio a otra tradición que con Occidente no ha hecho más que colisionar desde su nacimiento, el islam.

Mostrando, por tanto, el rechazo al concepto de tolerancia pero usándolo para rebajarme al nivel de quienes lo defienden, cabría preguntarse entonces dónde están sus límites. ¿Hemos de permitir, como sugiere el tolerante arzobispo de Canterbury, que en ciertos barrios de Londres se acabe implantando la sharia? Conmigo que no cuenten ni él, ni otras autoridades religiosas, incluidas las católicas -refugiadas en un falso y adulterado diálogo interreligioso-, ni políticos mediocres de cualquier tendencia.

En italiano existe un término que podría aplicarse perfectamente a la actitud occidental actual: menefreghismo, que podríamos traducir como pasotismo, indiferencia absoluta ante un determinado problema o situación. Sólo reaccionamos cuando nuestra pequeña parcela (material o ideológica) se ve amenazada, mientras tanto, todo vale.

Solamente una regeneración intelectual podrá frenar los excesos de la ignorancia tolerante y volver a ser lo que éramos, con nuestros vicios y nuestras virtudes, pero conscientes de nuestra tradición y nuestros principios, aquellos por los que tantas personas lucharon e incluso entregaron sus vidas, dejando a éstas en un segundo plano porque valoraron más la entrega y el sacrificio a tantas causas nobles en favor de su sociedad.


domingo, 13 de febrero de 2011

Edad Media, entre el mito y la realidad.

Esta mañana, como respuesta a un tweet que envié anoche, un amigo [gracias, Alejandro] afirmaba la necesidad de "que se deje identificar el medioevo con el atraso y la ignorancia". En el contexto de los actuales acontecimientos en el mundo árabe, yo había puesto por escrito mi deseo de que la edad media musulmana terminara pronto y se diera inicio a un renacimiento. Efectivamente se trata de una imprecisión por mi parte bastante grave, fruto, quizás, del querer ser entendido por la mayoría sin necesidad de bajar a particulares sobre lo que realmente significa la Edad Media.

Ninguna época de la historia ha de ser privilegiada o preferida a otras por ser más avanzada, más innovadora o simplemente "mejor" por quién sabe cuáles motivos personales o sociales. Recuerdo a este punto las palabras de san Agustín: "Se dice: 'son tiempos malos, tiempos llenos de penuria'. Intentemos vivir bien y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros; como somos nosotros, así son los tiempos [Nos sumus tempora: quales sumus, talia sunt tempora]" (Sermón 80, 8). Reflexión que vale para el siglo V y para el siglo XXI.

Por eso, en este post, haré una defensa de la Edad Media, aunque sin santificarla, al igual que señalaré algunos límites de las Edades Moderna y Contemporánea, sin por ello condenarlas. Somos hijos de todas ellas y en familia las cosas hay que tratarlas con prudencia, sin prejuicios y sin favoritismos subjetivos.

La Edad Media, por lo general, ha sido tratada por la historiografía en modo injusto y equivocado. Desde el Renacimiento en adelante y en modo especial durante el Iluminismo, se ha presentado este largo período histórico como un momento oscuro de la historia de la humanidad. Había que presentar los valores del nuevo humanismo y para ello no se dudó en denigrar y maltratar a este "paréntesis de la historia" entre la edad antigua y la moderna.

Ya el calificativo de "Media" conlleva un matiz bastante peyorativo, un no ser ni clásico ni moderno. Algo absolutamente falso como intentaré mostrar en las líneas que siguen (brevemente y sin notas a pie de página por no ser esta la sede más adecuada).

No existe unanimidad (término extraño a la historiografía) a la hora de señalar el inicio del medioevo. Si atendemos a la política, lo situamos en la caída del Imperio Romano de Occidente (476). Si hablamos en términos religiosos, con la muerte del último gran Padre de la Iglesia occidental, san Isidoro de Sevilla (636). Las divisiones de los períodos históricos son siempre relativas, porque la Historia, hablando en términos sencillos, no es un conjunto de eventos o acontecimientos aislados y puestos unos detrás de otros, sino el estudio de la línea continua (no el círculo hegeliano) trazada por la vida de los hombres, sus sociedades y sus ideas.

Nada ha surgido nunca de la nada (si exceptuamos, los creyentes, la acción creadora de Dios). La Edad Media surge de las ruinas de Roma y su civilización; el Renacimiento, a su vez, de los resultados de siglos de estudio y transmisión de esa cultura clásica realizada precisamente en la denostada Edad Media.

Como es lógico no podemos esperar de los humanistas, heterodoxos primero y abiertamente ateos después, una alabanza y un agradecimiento a la labor desarrollada por las instituciones eclesiásticas medievales (monasterios y escuelas/universidades) en favor de la conservación y transmisión del pensamiento clásico grecorromano. Los oscuros e ignorantes monjes medievales proporcionaron a los iluminados y sabios humanistas renacentistas los textos sobre los cuales iniciaron a construir un modo diferente -no nuevo- de pensar, de gobernar y de vivir.

Podrá criticarse, ciertamente, el feudalismo, no menos injusto que el despotismo ilustrado [sic]. Podrán criticarse el dogmatismo y la rigidez escolásticos, no menos intensos que el pensamiento único de ciertas ideologías modernas y contemporáneas. Seguirá siendo válido, de todos modos, el sabio principio que sigue todo historiador honrado: es necesario conocer y comprender el contexto en el que se desarrollaron los acontecimientos que se estudian.

El único límite, por volver al tema que dio origen a esta reflexión, que podemos establecer entre la Edad Media y el actual mundo musulmán es la estrecha vinculación, casi identificación, entre religión y sociedad. Lógicamente este juicio lo podemos emitir porque en Occidente ambas realidades se hayan separadas (mejor o peor, dependiendo de casos y lugares) desde hace bastante siglos. Es un tema que no se resuelve con dos frases y que podemos dejar para otra ocasión. Sería interesante estudiar cómo ha progresado el cristianismo, y con el Occidente, desde la Edad Media hasta nuestros días y cómo no lo ha hecho del mismo modo el Islam, que floreció y con no pocas virtudes en ese mismo período, incluida la transmisión de gran parte de la cultura clásica (cf. los textos de Aristóteles que de las escuelas árabes pasaron a las escuelas cristianas e influyeron decisivamente en la Escolástica).

Termino, pues, redactando de nuevo el infeliz tweet de anoche: "A ver si cuando vuelva de cenar me encuentro con una buena noticia: los líderes religiosos musulmanes han declinado cualquier tipo de intervención directa en la política de los países árabes; se limitarán a aconsejar y asistir espiritualmente a sus fieles."

Lamentablemente se trata del Islam y la cosa no ha sido, no es y no será tan sencilla.