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domingo, 12 de octubre de 2014

A propósito de un libro

Ediciones Cristiandad acaba de publicar “Permanecer en la verdad de Cristo. Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica” editado por el agustino Robert Dodaro. Se trata de la edición española de un libro que ha sido publicado simultáneamente en otras cuatro lenguas: inglés, italiano, francés y alemán. El volumen reúne artículos de cinco cardenales (Brandmüller, Burke, Caffarra, De Paolis y Müller) y cuatro autores de reconocido prestigio en cada una de sus áreas de estudio (Dodaro, Mankowski, Rist y Vasil’).

El proyecto, nos dice su editor, nació a raíz de la invitación de otro cardenal, Walter Kasper, a proseguir el debate sobre la cuestión del acceso a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia por parte de los divorciados vueltos a casar. Kasper fue el encargado de dirigirse a los cardenales en el último consistorio extraordinario celebrado en febrero de 2014, fue allí donde lanzó una serie de ideas y de propuestas para el Sínodo, entre las que se encontraba la de los divorciados vueltos a casar. Recogió posteriormente sus ideas en el libro “El evangelio de la familia” donde expresaba el deseo de que sus propuestas ofrecieran “una base teológica para el subsiguiente debate entre los cardenales” (p. 9).

Kasper quería debate y lo ha tenido, aunque no del tipo que a él le habría gustado. Generalmente los que van de progresistas ofrecen un producto que no están en condiciones de vender, porque no existe, pero persisten en erigirse como sus primeros distribuidores, llevando la situación a extremos bastante desagradables por las ambigüedades que presentan y la imagen de división que ofrecen a la opinión pública dentro y fuera de la Iglesia. En el caso de Kasper, además, con el nihil obstat del papa Francisco, aunque no sabemos si sobre todo lo dicho por el prelado alemán o sólo sobre algunas cosas, que definió el discurso del cardenal como “teología hecha de rodillas”. La cosa, decía, es que a Kasper no le ha gustado la publicación de las respuestas de estos nueve autores. Primero pide debate, luego protesta porque alguien le dice que lo más probable es que su posición sea insostenible. Lo dice, además, antes de leer el volumen, que salió publicado días después de la polémica, aireada convenientemente por todos los medios de comunicación –casi todos ellos, milagrosamente, han pasado en pocos meses a ser competencia directa de L’Osservatore Romano, interpretan benévolamente, no sin tergiversar en ocasiones, y defienden cada palabra del actual Pontífice; criticar a Benedicto XVI era deporte nacional y se aplaudía como algo legítimo, insinuar que quizás Francisco no acierte en todo es considerado por la opinión pública, católica o no, delito de lesa majestad–. Le molestó el título “Permanecer en la verdad de Cristo”, le pareció arrogante, probablemente porque ignoraba que estas palabras no son fruto de la elaboración de los autores del volumen sino de san Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 5).

Sea como fuera, dejando a un lado polémicas que duran poco, aunque envenenan el debate, quisiera detenerme en lo importante, esto es, en qué puede y no puede hacer el Magisterio de la Iglesia en lo referente a los divorciados vueltos a casar. Kasper propone “un cambio en la doctrina y disciplina sacramental de la Iglesia, el cual posibilitara, en casos limitados, que católicos divorciados y vueltos a casar civilmente fueran admitidos a la comunión eucarística tras un periodo de penitencia”, para ello apela “a la practica cristiana primitiva, así como a la asentada tradición ortodoxa oriental de emplear misericordia para con los divorciados bajo una fórmula según la cual los segundos matrimonios son “tolerados”: una práctica a la que los ortodoxos denominan generalmente oikonomia”. (Dodaro, p. 11).

El libro que presento responde a esta propuesta de Kasper. Lo hace con argumentos teológicos, históricos y jurídicos, no con polémicas estériles ni con insinuaciones jocosas que tanto gustan a Kasper (cf. El Evangelio de la familia, pp. 62-63). Dodaro, en su introducción recoge los resultados de la investigación: “Los ensayos aquí publicados rebaten su propósito específico [el de Kasper] de emplear una forma católica de oikonomia para algunos casos de divorciados vueltos a casar civilmente, por la razón de que ello no puede conciliarse con la doctrina católica de la indisolubilidad del matrimonio, y de que, por tanto, refuerza concepciones erróneas tanto de la fidelidad como de la misericordia” (p. 12). No hay bases escriturísticas ni patrísticas para “tolerar” los matrimonios civiles posteriores a un divorcio, tampoco históricos y menos aún teológicos. Los estudios incluidos en el libro concluyen que “que la tradicional fidelidad de la Iglesia a la verdad del matrimonio constituye el fundamento irrevocable de su respuesta misericordiosa y caritativa al individuo divorciado y vuelto a casar civilmente” (p. 13) con lo que explícitamente también cuestionan esa premisa “progresista” de que la doctrina católica tradicional y la práctica pastoral contemporánea se contradicen.

La lectura del libro es muy recomendable, se trata de un repaso de la doctrina católica sobre el Matrimonio, la Eucaristía y la Penitencia. Esta enseñanza de la Iglesia podrá gustar o no, pero es la que es. Jugamos, por tanto, con las cartas que se nos han repartido. A partir de este momento, surgen, al menos, dos soluciones:

  • Replantear la teología sacramental católica, es decir, convocar una especie de Concilio de Trento segunda edición, corregida y (probablemente) disminuida, adoptando algunos de los postulados de la llamada Reforma. Dejando dos sacramentos, Bautismo y Eucaristía, desaparece el problema.
  • Reformar el proceso canónico de la declaración de nulidad (o abandonarlo completamente). Así, lo que la Teología no permite, lo tolera el Derecho.


Comprenderá quien me esté leyendo que ambas soluciones no son viables. La Iglesia no puede traicionar su doctrina, no es suya, es también y sobre todo, voluntad divina. La Iglesia, en estos veinte siglos de historia, no ha inventado sino interpretado y actualizado la voluntad de Dios. Habrá habido excesos y equivocaciones, que se han ido reformando y seguirán reformándose, pero siempre en fidelidad al plan salvífico de Dios. La Iglesia, como Pueblo de Dios o Cuerpo Místico (así contento a todas las facciones), no puede cambiar lo que Dios ha establecido de tal o cual modo. No lo puede cambiar la Iglesia, ni un Concilio, ni un Sínodo, ni un Papa. Por tanto, la solución ya la sabíamos desde antes de que Kasper hablara: fidelidad a la doctrina.

Esto, lo sé, suena a reaccionario. No suena a misericordioso. Es teología de escribanía, no de reclinatorio. Pero es lo que hay. Los divorciados vueltos a casar no pueden acceder al sacramento de la Penitencia, que exige, entre otras cosas, arrepentimiento, dolor del pecado cometido y voluntad de no cometerlo más; quien ha contraído matrimonio civil tras un divorcio, algo que atenta contra el principio de indisolubilidad del matrimonio explícitamente promulgado por Cristo, ¿está dispuesto a romper esa unión civil tras la confesión de este pecado? No, ¿verdad?, pues entonces es inútil que pretenda acceder a un sacramento cuyo fruto rechaza desde el primer momento. No puede tampoco acceder plenamente al sacramento de la Eucaristía, para comulgar se exige un estado de gracia que no posee quien vive en situación de pecado grave.

No se recurra pues a soluciones misericordiosas a costa de arruinar la doctrina. La auténtica misericordia rechaza el error. Estas personas, mejor, algunas de estas personas seguramente sufran por ser la parte inocente del conflicto. Nadie lo niega, antes bien, han de ser tratadas con el respeto y la atención que merecen, como se ha venido haciendo hasta ahora y como han recordado que ha de hacerse los últimos Pontífices, también Benedicto XVI. Los sacramentos conceden acceso a la gracia de Dios que ayuda al cristiano en su camino, pero ni son el único modo de acceder a la gracia santificante de Cristo ni son en algún modo “derechos”. No todos los sacramentos son accesibles a todos los cristianos. ¿Queremos hablar de la ordenación sacerdotal de las mujeres? En este caso, resumiendo porque no es el tema de esta reflexión, el Magisterio nos dice que no es posible por dos motivos: uno teológico, el sacerdote actúa in persona Christi; otro bíblico (sí, en cursiva): Cristo eligió sólo hombres para el ministerio apostólico –curioso que en este caso Cristo no pronunciara palabra sobre el tema y la tradición católica haya hecho de una inferencia una regla absoluta, algo que no sucede con la indisolubilidad del matrimonio, que Cristo explícitamente afirmó en más de una ocasión y que puede ser después, como vemos, cuestionada, abierta o crípticamente. La doctrina sobre la imposibilidad del sacerdocio femenino está cerrada, lo ha recordado también Francisco, ¿por qué pretender abrir la polémica sobre el acceso a otros sacramentos? La misericordia y la fidelidad, que no están en contradicción, han de aplicarse siempre, no sólo cuando parece oportuno.



Concluyo esta reflexión personal que no tiene más pretensión que incitar a la lectura de los textos que he presentado. Hará bien a todos, ayudará a formar una idea sobre el tema, sacará de dudas a quienes se preguntan o inquietan por el tema. Doctrina y pastoral, unidas, para que la primera no sea estéril y la segunda no carezca de cimientos.

miércoles, 4 de abril de 2012

El arrianismo


Los pueblos bárbaros que entraron en la península ibérica a partir de los primeros años del siglo V no sólo contribuyeron a la forja de una nueva forma de organización política, con la creación de nuevos Estados, sino que desagarraron la unidad religiosa de la que hasta entonces había gozado el territorio. El arrianismo de suevos, vándalos, alanos y visigodos se vino a enfrentar a la ortodoxia católica predominante entre los hispano-romanos.

La unidad de la Iglesia, en lo doctrinal como en lo organizativo, ha sido desde los inicios del cristianismo más un deseo que una realidad. No se ha logrado aún satisfacer aquella petición que Cristo dirige al Padre en el Evangelio de San Juan: "Que todos sean uno" (Jn 17, 21). Cristo se refería explícitamente a la unión entre Dios y sus hijos e implícitamente, como recoge la tradición de las diferentes comunidades cristianas, a la unión de esos hijos entre sí. Si los autores sagrados hacen hincapié en la cuestión de la unidad, como vemos reflejado de una manera u otra en todos los libros del Nuevo Testamento, es porque ya en las primeras comunidades cristianas surgieron diferencias de mayor o menor calado. Esta tradición polémica y divisiva no es, por tanto, un fenómeno de épocas recientes -reforma protestante–, tampoco del Medievo –cisma de Oriente–.

Las controversias doctrinales no surgen espontáneamente; se deben, por lo general, a una serie de factores que, unidos, acaban por desatar crisis que afectan en mayor o menor medida al dogma y a la convivencia eclesial. Suele haber un sustrato filosófico que ofrece las categorías metodológicas y de pensamiento necesarias para la elaboración de nuevas doctrinas. Por lo demás, el contexto histórico, político, social suele ejercer una gran influencia, y su análisis nos permite comprender que en la mayoría de los casos las disputas son no sólo intelectuales sino políticas. Igualmente, es norma que surja un personaje que se erija como líder y como centro de la discusión.

Así ocurrió también con la crisis desatada por el arrianismo.

Alrededor del año 320, un sacerdote de Alejandría llamado Arrio comenzó a difundir una serie de ideas sobre Cristo que suscitaron fuerte polémica. Seguro de su doctrina u obcecado en su error, según se mire, no se retractó siquiera cuando fue acusado ante su obispo, Alejandro. Se le inició un proceso, se le condenó y se le apartó del ministerio. Encontró, no obstante, apoyo entre algunos obispos orientales, de manera que la polémica no sólo no se apagó sino que cobró fuerza y acabó desbordando los límites de la iglesia alejandrina.

Arrio afrontó, como muchos otros teólogos de su época, uno de los temas fundamentales del cristianismo: quién es realmente Jesucristo.

Para lograr una respuesta satisfactoria no cabe otra posibilidad que la de servirse de los datos que ofrece la Sagrada Escritura y de las categorías filosóficas que permiten el desarrollo de un discurso coherente y ordenado. Los primeros siglos del cristianismo coincidieron con el auge de la filosofía neoplatónica, uno de cuyos máximos representantes fue Plotino. Esta filosofía permitía explicar el misterio de la Trinidad de una manera sorprendentemente fácil, aunque no exenta de problemas.

Basándose en el esquema de Plotino sobre las hipóstasis (el Uno, el Intelecto y el Alma), Arrio consideró que esas mismas hipóstasis, o realidades individuales subsistentes, se podían aplicar respectivamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El problema surge cuando vemos que las hipóstasis a las que se refieren los neoplatónicos se distinguen entre sí, participan de una misma naturaleza pero mantienen relaciones de subordinación. En fin, vayamos a la conclusión: el Hijo y el Espíritu Santo no son sino emanaciones o productos del Padre que no pueden ser comparados con Él y que carecen de Su naturaleza.

Dicho así, el discurso es lógico y coherente, pero encierra un peligro grave que vacía de contenido la propia encarnación de Cristo y por tanto su misión redentora.

Por lo que se refiere al dato de la Escritura, Arrio ve confirmado su esquema en el pasaje del libro de los Proverbios (8, 22) que se refiere a la Sabiduría: "El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas". Cristo, considerado como la Sabiduría de la que habla el Antiguo Testamento, es una criatura de Dios, la primera de todas pero criatura al fin y al cabo, que serviría como intermediario entre Dios y el resto de la creación.

Un análisis detenido de estas bases argumentales nos lleva a resumir de esta manera las posiciones defendidas por Arrio: hubo un tiempo en que el Hijo no existió, por tanto Dios fue siempre Dios pero no siempre fue Padre; el Hijo no pertenece a la esencia del Padre sino que es creado y producido; el Hijo es Dios por participación y no por esencia.

La polémica no tardó en convertirse en motivo de disputas entre diferentes sedes episcopales, justo cuando el cristianismo había conseguido finalmente dejar de ser perseguido. El emperador Constantino decidió actuar para poner fin a las disputas teológicas, no porque estuviera especialmente interesado en la materia, ya que de teología sabía bien poco, sino porque podrían suponer a la larga un motivo de desestabilización social. Con razón.

Se convocó, por tanto, un sínodo episcopal para aclarar los términos de la disputa, el llamado Concilio de Nicea, en el año 325. Allí se definió que el Hijo fue engendrado por el Padre, que procede de la esencia de Éste y que por tanto es Dios como Él. Y se empleó un término que en un primer momento apaciguó los ánimos pero que sería motivo de posteriores disputas: homooúsios (de la misma esencia-sustancia-naturaleza).

Llegados a este punto, alguien podría preguntarse en qué manera afectaban estas afirmaciones a la doctrina y por qué se desató semejante polémica. La respuesta viene en clave redentora, eje fundamental de la teología cristiana: la salvación se produce a través de Cristo, y son la consustancialidad con el Padre y Su participación en nuestra humanidad lo que fundamenta Su potencia redentora. Si Cristo no fuera plenamente hombre y plenamente Dios, no podría llevar a cabo la salvación, puesto que sólo se salva lo que se asume (la humanidad) y sólo puede salvar quien tenga potestad para ello (la divinidad).

El arrianismo no se extinguió tras el Concilio de Nicea. Éste fue solamente un paso en el largo camino de explicación del dogma cristológico y trinitario. Los partidarios de Arrio no aceptaron por completo las determinaciones conciliares y siguieron defendiendo sus postulados, acentuando más o menos alguno de sus puntos más controvertidos. La partición del Imperio en dos a la muerte de Constantino, pensada en un primer momento como instrumento para una mejor gobernabilidad, no ayudó a crear el clima necesario para la unión política, cultural y religiosa.

Las tesis arrianas se difundieron de modo especial en la parte oriental del Imperio. Fue allí donde los pueblos bárbaros tomaron el primer contacto con el cristianismo, a través de misioneros bizantinos arrianos. La posterior migración bárbara hacia el oeste haría subsistir una herejía eminentemente oriental en los nuevos reinos constituidos tras la caída del Imperio occidental. Sólo más tarde, una vez asentados definitivamente en tierras que eran de tradición católica, abandonarían sus creencias heterodoxas.
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jueves, 16 de febrero de 2012

La teología de un agonista coherente


Miguel de Unamuno, a quien los siempre injustos tópicos han acusado de agnóstico, cuando no de ateo, siendo, como fue, una de las personalidades más religiosas de la cultura española del siglo XX, provoca en quien se acerca a sus obras una reacción que a veces no logran los llamados autores espirituales.

Leer a Unamuno, sea uno creyente o no, es arriesgarse a realizar un replanteamiento serio, profundo y arriesgado de la fe, de las creencias y, en definitiva, del puesto de Dios en la propia vida. El hecho de encontrarse ante un pensador en constante búsqueda/lucha racional y vital para dotar de sentido a la existencia no deja impasible a quien como él tenga la suficiente honradez, valentía y tensión para, si no satisfacer, al menos intentar responder coherentemente a las cuestiones que inquietan al hombre hasta el punto de no poder prescindir de ellas, a riesgo de vaciar la propia existencia.

Alfonso García Nuño, colaborador habitual de Libertad Digital, acaba de publicar este libro, su tesis doctoral, fruto de muchos años de estudio y, seguramente, meditación profunda. Unamuno es el actor principal del mismo –la trama se desarrolla alrededor de él–, pero el objeto de la tesis es otro, eminentemente teológico, aunque con innegables implicaciones filosóficas y antropológicas: el sobrenatural, es decir, la reflexión acerca del hombre no como ser creado por Dios sino como ser llamado a estar en comunión con Dios por medio de la gracia. En palabras del autor, cómo resolver "la tensión entre lo que le pertenece al hombre como criatura y aquello que anhela y necesita, pero que no puede alcanzar por sí mismo y no le es debido". Se trata de intentar descifrar el misterio del destino humano, su unión con Dios, en definitiva, su divinización. Puesto en modo de interrogante, ¿cómo se explica que alguien, en este caso Unamuno, pueda desear tan profundamente algo que es tan distinto a él? Y no hablamos de una posibilidad que deriva de un deseo que se quiere satisfacer, sino del planteamiento de un hecho que, si no es atendido, mina las bases de una existencia vivida con racionalidad.

A pesar de haber sido un hombre profundamente religioso, no podemos considerar a Unamuno un teólogo en sentido estricto, aunque esta afirmación habría que hacerla con cautela y en voz baja, porque si bien es cierto que no todo es teología, también es verdad que ésta se ocupa del discurso racional sobre Dios, ¿y qué hizo Unamuno sino eso mismo? Además, no para negar su existencia, sino para lograr de Él una comprensión racional, hasta donde sea posible, y vital, hasta el final. No obstante, sin entrar a fondo en este particular –recordemos que los filósofos también se niegan a considerarlo de los suyos porque carecía, alegan, de una exposición sistemática, como si de ello dependiera el serlo o no–, lo cierto es que en ambos campos, la teología y la filosofía, Unamuno se adelantó a muchos profesionales de ambas disciplinas. En el campo del sobrenatural, por ejemplo, anticipó en décadas el resurgir de la cuestión en el mundo católico de la mano del gran Henri de Lubac, recuperando la paradoja cristiana del hombre y de su existencia, ese eterno dilema entre gracia y libre albedrío, entre lo inmanente y lo trascendente.

El itinerario seguido por Unamuno en este proceso es curioso, y seguramente ilumine a muchos. Racionalizó la fe hasta el punto de perderla. Como consecuencia, se encontró con la nada, que lógicamente aportó sólo vacío. Lo único que podía reparar esa ausencia de certezas fue lo que le quedaba: su existencia vital, él mismo en situación más que precaria aunque no exenta de ansias por colmar las inquietudes que le asaltaban. Se sintió desamparado pero no sin esperanzas. Su vasta cultura, su amplio conocimiento de la tradición filosófica y teológica, pero sobre todo su inagotable tensión entre "la lógica y la cardíaca", la cabeza y el corazón, hicieron que no arrojara la toalla y se conformara con una existencia a medias.

García Nuño, en la magnífica introducción, que merecería una monografía aparte –con las modificaciones estilísticas que correspondieran–, analiza entre muchos otros aspectos uno que es clave a la hora de estudiar a un autor: sus fuentes. La biblioteca de Unamuno albergó temas y autores muy variados. No es fácil señalar autores concretos, que ciertamente los hubo, pero sí movimientos o tendencias que condujeron al rector de Salamanca, por la vía positiva del asentimiento o por la negativa de la contraposición, a una serie de categorías fundamentales que vertebraron el problema religioso al que se enfrentaba. Una de ellas, quizás la principal para el caso que nos ocupa, fue la de divinización, mencionada anteriormente.

Este término, a pesar de su exquisita ortodoxia, aún produce escalofríos en las mentes religiosas que basan su vida de fe en la dimensión puramente inmanente, así como a las que cualquier referencia a la gracia y a la trascendencia, en definitiva, a la gratuidad de lo divino, les suena, como poco, a excesiva familiaridad con Dios. Para Unamuno, sin embargo, fue el gran descubrimiento que le permitió liberarse de ciertas ataduras que le impedían avanzar en el camino hacia su ansiada meta. Frenos que provenían del catolicismo, no el popular, tan admirado y querido por él, sino el oficial, y también del protestantismo liberal, que conocía muy bien pero que no le satisfacía por reducirse, al fin y al cabo, a un dogmatismo doctrinal y sobre todo moral. No obstante, fue el estudio de algunos autores protestantes, en especial Harnack, lo que le llevó al amplio y rico campo de la patrística. No sin fatiga, puesto que su valoración fue modificándose a lo largo de los años, encontró en los Padres de la Iglesia, especialmente en los orientales, ese concepto clave que encerraba en sí todo lo que necesitaba: lo inmanente y lo trascendente, lo humano y lo divino, el sujeto y el objeto, el hombre y Dios.

García Nuño trata, pues, de estudiar la cuestión del sobrenatural a partir de una perspectiva original; a las bases teológicas necesarias añade la peculiaridad de un autor en cierta manera maldito, no perteneciente, en sentido estricto, al coro teológico tradicional. Lo hace en cinco generosos capítulos que corresponden a cinco períodos o momentos críticos –en el caso del Diario íntimo– de la vida de Unamuno, titulados con gran acierto: "Una construcción sobre arena. 1884-1896" da cuenta de la inestabilidad del Unamuno preocupado por encontrar una armonía entre su perpleja religiosidad y su racionalismo; "El Diario íntimo. 1897" aborda la crisis religiosa que determinará el resto de la vida del bilbaíno; "La inercia del materialismo. 1898-1913" relata cómo vivió Unamuno la tensión entre su pasado y el horizonte espiritual que se le había abierto; "Cristo, naturaleza e historia" aborda un período jalonado por los exilios y el afianzamiento, aun sin expresión definitiva, de los postulados unamunianos; "Decir y nombrar. 1927-1936" tiene por objeto la última etapa de su vida, en la que definitivamente reconoce que, sin la esperanza de la divinización, de unión con quien plenifica la existencia, todo en este mundo sería nada.

Todos los capítulos siguen una misma estructura –curiosa pero válida manera de estudiar a alguien que se caracterizó por su asistematismo–: realidad y realidades; el hombre y su mundo (anticipándose a la circunstancia orteguiana); el conocimiento del hombre; personalidad y vida; el deseo de Dios. Conceptos clave todos ellos para articular el pensamiento de Unamuno, disperso y asistemático, ciertamente, pero no carente de coherencia; y proyecto que para él es trayecto, camino por descubrir y por andar.

El resultado es un estudio imprescindible para todos aquellos que deseen profundizar en el sobrenatural o en la obra de Unamuno. No es necesario, en este punto, reiterar los elogios a un libro excelente que desde su publicación ha encontrado el reconocimiento de alguno de los mayores conocedores de Don Miguel.
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ALFONSO GARCÍA NUÑO: EL PROBLEMA DEL SOBRENATURAL EN MIGUEL DE UNAMUNO. Ediciones Encuentro (Madrid), 2011, 1.007 páginas.
El sábado día 11 de febrero MARIO NOYA entrevistó a GARCÍA NUÑO en LD Libros .

lunes, 1 de noviembre de 2010

Filosofía (I)

"Es vano el discurso del filósofo que no se preocupa
de ninguna pasión humana.
Así como no hay ninguna necesidad de la medicina
que no libere el cuerpo de sus males,
del mismo modo no sirve la filosofía
que no libera el alma de sus preocupaciones."
Epicuro, Fragmentos, I.

Me apasiona la filosofía antigua, debe ser una deformación profesional. Reconozco que no es conveniente reducirse a ella y querer encontrar en los clásicos respuesta para las cuestiones que nos puedan interesar. Ciertamente la filosofía no termina con la época clásica, pero no es menos cierto que las principales inquietudes humanas han sido tratadas por ellos.

Para gran parte de los filósofos antiguos, principalmente después del gran Aristóteles, la filosofía es algo práctico. De nada sirven las divagaciones especulativas si no se traducen en una mejoría de la vida del hombre y del entorno en el que vive.

Epicuro, como tantos otros, lo entiende bien cuando establece el símil entre filosofía y medicina en el fragmento que encabeza la entrada de hoy. No obstante, la filosofía no ofrece recetas para los males del hombre, más bien prepara al hombre para que busque respuestas que le liberen de sus pasiones (así, en cursiva, para recordar que el término pasión, en filosofía, tiene poco que ver con la idea judeocristiana del mismo).

Poco a poco iré compartiendo alguna de las intuiciones geniales de estos grandes personajes que Rafael inmortalizó en "La Escuela de Atenas"


curiosamente enfrente de "La disputa del sacramento"


no sé si para completarse o para oponerse... seguiremos indagando.