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miércoles, 14 de marzo de 2012

El final de la Hispania romana


El caos generalizado en el que se encontraba sumido el Imperio romano a principios del siglo V era patente en todas sus provincias. Las luchas internas –más peligrosas que las amenazas externas–, la grave crisis económica, la decadencia moral y el agotamiento de los ideales que hicieron posible su expansión ofrecían un panorama nada esperanzador.

En el imaginario popular se ha instalado la idea errónea de que el Imperio romano occidental se derrumbó a causa de las invasiones bárbaras. Es cierto que tras la caída de Roma se constituyeron diferentes reinos dominados por pueblos de origen bárbaro, aunque a ello se debe añadir que la llegada de éstos a Occidente no se debió a una oleada de invasiones propiamente dichas: fue más bien un ingreso más o menos atropellado y generalmente tutelado por el mismo Imperio. Roma se sirvió con frecuencia de los bárbaros como complemento necesario de su cada vez más precario ejército, que dedicaba la mayor parte del tiempo a resolver enfrentamientos internos y no prestaba la debida atención a la defensa de las antiguas fronteras.

También se sigue ese esquema en el caso de Hispania, o mejor, para ser fieles a la terminología del momento, la Diocesis Hispaniarum –ya desde el Bajo Imperio se presenta en plural el concepto de lo hispano, bien es cierto que aún no como distintivo idiosincrásico–. Se dirige primero una invitación a vándalos, alanos y suevos para que entren. Y no sólo entran, sino que se instalan... y únicamente saldrán de España, pasados algunos decenios, o bien para conquistar tierras del norte de África o bien por presiones de un pueblo más fuerte y mejor organizado, el visigodo, que tras su segundo ingreso en la península permanecerá en ella hasta la llegada del islam.

En los primeros años del siglo V encontramos a uno de tantos usurpadores que surgieron durante esta época, Constantino III. Había sido general romano de Britania y se hizo proclamar emperador desafiando a Honorio, a quien legítimamente correspondía el título, ya que heredó los derechos para gobernar la parte occidental del Imperio tras la muerte de su padre, Teodosio. Constantino III se hizo enseguida con el mando de gran parte de Galia y de Hispania. Aquí nadie se opuso a él, excepto los parientes de Teodosio. Pretendieron hacer frente al usurpador, pero a la desunión que padecían se añadió su carencia de un mando militar serio, por lo que fueron derrotados tras una serie de enfrentamientos con el ejército leal a Constantino III, comandado por uno de sus generales de confianza, Geroncio.

La presencia bárbara en Hispania se inició justamente a raíz de las consecuencias derivadas de esta enésima guerra interna entre diferentes facciones imperiales. Constantino III había enviado a Hispania para luchar contra los teodosianos a su hijo Constante y al ya mencionado Geroncio, que a pesar del éxito conseguido cometió dos errores importantes, que provocaron el descontento entre los hispanos: por una parte, saqueó indiscriminadamente algunas zonas conquistadas, en particular la región correspondiente a la actual Palencia; por otra, encargó la defensa de los Pirineos occidentales a sus tropas, rompiendo así la tradición de confiarla a las tropas locales. A estos dos errores se añade otro hecho cuyas consecuencias serán decisivas para el futuro de la península ibérica. Geroncio, confiado en el prestigio alcanzado tras los éxitos militares, se subleva contra su emperador, Constantino III, lo que dio inicio a una segunda confrontación civil.

Geroncio ideó toda una serie de planes para asegurarse la victoria. En primer lugar, con el fin de fortalecer su ejército, realizó un pacto con los bárbaros que se habían instalado en el sur de la provincia de Aquitania, en concreto vándalos, suevos y alanos, concediéndoles el paso a la península para que le ayudaran en la lucha contra Constantino III. Una vez en Hispania, siempre por medio de pactos, les permitió la libre circulación y el asentamiento en las zonas dominadas por Geroncio. El plan incluía como tercer paso el nombramiento de Máximo, uno de sus fieles, como augusto de la diócesis.

Los planes fueron desarrollándose según lo previsto, pero la ambición pudo con Geroncio. Una vez aseguró sus posiciones en la península –bien es cierto que en modo algo precario–, se dirigió hacia el sur de Galia para finiquitar a quien había sido su protector, Constantino III. Tras eliminar no sólo a importantes oficiales de éste sino incluso a su propio hijo, Constante, con el que años atrás había acometido la conquista de Hispania, Geroncio puso sitio a la ciudad de Arles, donde se encontraba Constantino III. Justo en aquel momento entró en escena, finalmente, Honorio. La indolencia que había mostrado en los años anteriores dejó paso a una firme voluntad de retomar el control sobre los territorios que se le habían ido de las manos, especialmente el sur de las Galias. Hablo de indolencia pero quizá quepa matizar y aludir también a auténtica impotencia, por los graves problemas que había tenido que afrontar en Italia.

Paradójicamente, con el fin de lograr el triple objetivo de eliminar a Constantino III, Geroncio y Máximo, Honorio solicitó la ayuda de quienes poco antes habían arrasado Roma: los visigodos, que a la sazón se hallaban decidiendo qué rumbo tomar tras la muerte de su primer gran rey, Alarico.

No fue la primera ni la última vez en la que un emperador legítimo se sirvió de fuerzas bárbaras para asegurar su gobierno. La estrategia de Honorio funcionó a la perfección. Geroncio levantó el sitio de Arles y regresó huyendo a Hispania, donde, traicionado a su vez por los suyos, se suicidó. Constantino III no logró los refuerzos necesarios para mantenerse y terminó cayendo primero prisionero y después víctima de Constancio, hombre fuerte del Imperio en aquel momento y en quien Honorio había delegado la campaña gala. Por su parte, Máximo, en el fondo no más que un títere en manos de Geroncio, fue derrotado poco después en Hispania en una campaña militar alentada por Honorio y ejecutada también por los visigodos.

El poder legítimo de Roma volvía a imponerse en la península, pero sólo en una mínima parte, la franja costera de la Tarraconense y las zonas del curso medio y bajo del Ebro. El resto del territorio estaba ya en manos de aquellos bárbaros a los que otros romanos, usurpadores, que se lo habían servido en bandeja. Los visigodos, tras esta primera incursión en Hispania, regresaron al sur de la Galia. Volverían pocos años después para instalarse definitivamente.
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miércoles, 29 de febrero de 2012

La España visigoda: el debate historiográfico


El reino visigodo ha constituido desde siempre una de las cuestiones historiográficas con más carga no sólo simbólica, también y principalmente ideológica. ¿Por qué un período relativamente breve de la historia de España y tan lejano en el tiempo ha sido objeto de tanto debate?

El reino visigodo ha interesado tanto al Antiguo Régimen, pues le convenía presentarse como heredero de la primera monarquía española –manejamos aquí conceptos que deberán matizarse–, como al Estado liberal que a partir del siglo XIX pretendió dar forma a un nuevo concepto de nación.

Nos encontramos de nuevo con algo ya conocido en el estudio de la Historia: propósitos antagónicos ante un mismo objeto de estudio. Detractores o defensores del si puede hablarse de España como un todo, y cómo, y desde cuándo, han estudiado con mayor o menor honradez aquel período, para muchos idílico, en el que supuestamente se sentaron las bases de lo que actualmente conocemos como España.

Compartirá conmigo el amable lector que el trabajo de los historiadores constituye una de las disciplinas humanísticas más polémicas que existen. La Historia como tal es objetiva, los hechos son los hechos; por el contrario, la narración o la presentación de la Historia, lo que en definitiva hacen los historiadores, no es en modo alguno algo neutral. Hay quienes reducen la Historia a cronología, para mostrarse objetivos, para no emitir juicios de valor ni elaborar hipótesis que hagan peligrar quién sabe qué intereses e ideas, pero el resultado es un inmenso empobrecimiento de tan noble disciplina y un engaño no menos grande al lector. En el otro extremo, hay quienes idealizan tanto la Historia que la convierten prácticamente en mitología; idealismo con frecuencia nada inocente, sino mero disfraz para disimular deshonestos intereses o justificar determinadas posiciones ideológicas sin argumentos convincentes.

Entre los dos extremos viciosos, siguiendo la máxima aristotélica, se haya el medio virtuoso: el esfuerzo honesto, más o menos logrado pero decente, por intentar narrar junto al suceso las causas que lo provocaron y las consecuencias que de él se derivaron. Ahí es donde la Historia ejerce como maestra. Magisterio que sirve para conocer y comprender lo ocurrido, no para evitar que se repitan errores ni para reproducir éxitos pasados. La Historia es lineal, no circular. La Historia nunca se repite; en todo caso lo que se mantiene, la constante es el ser humano, con sus virtudes y sus defectos.

Pero volvamos a la cuestión que nos ocupa. La época visigoda ha sido objeto de polémicas entre las diferentes escuelas historiográficas. Así, en la Restauración, liberales y conservadores –a pesar de las profundas diferencias de fondo que mantenían, les unía un profundo sentimiento patriótico– destacarán la gran aportación visigótica a la construcción de la identidad nacional. Las tesis y desarrollos goticistas desembocarán en la construcción de numerosos mitos, símbolos y tradiciones que aún nutren el imaginario popular.

Seguidamente, por influjo del historicismo –en cualquiera de sus dos versiones principales, la jurídica y la eclesiástica– se fue transformando el modo de afrontar la cuestión, si bien siempre se mantuvo el eje principal: el origen visigodo del concepto de unidad nacional.

Ortega y Gasset ofreció más tarde un punto de vista original. En su obra España invertebrada afirmará:

Casi todas las ideas sobre el pasado nacional que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a menudo, grotescas. Ese repertorio de concepciones, no sólo falsas, sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida.

Sin negar la aportación visigoda a la historia de España como elemento singularizador –como lo fueron los francos en Francia–, Ortega negaba cualquier contribución positiva de los visigodos a la construcción nacional, pues fallaron en lo que él consideraba un aspecto fundamental, sentar las bases del feudalismo, sobre lo que, afirmaba, se fundaron el resto de naciones europeas. Éste fue para Ortega el gran fracaso visigodo; la primera gran desgracia de nuestra Historia, causa de todas las demás.

Las tesis de Ortega encontrarían eco en la historiografía española únicamente en el aspecto metodológico, no en el interpretativo.

Tras la guerra civil, la cuestión visigoda le vino como anillo al dedo al régimen franquista, que presentó aquel reino como referente de su Estado centralizado y confesional y alimentó los mitos, símbolos y tradiciones moldeados durante el s. XIX. Se produjo un verdadero auge de los estudios visigóticos, en todos los ámbitos: arqueológico, historiográfico, filológico, eclesiástico, patrístico, etc. Andando el tiempo, esta eclosión dio frutos que favorecieron un cambio en la comprensión de lo que realmente fue y supuso la etapa visigoda.

El estudio en profundidad de las fuentes y el desarrollo del conocimiento de casos históricos similares en el resto de Europa fueron desmitificando el idílico reino visigodo, mostrando que quizás no siempre hubo unidad política –los nacionalistas siguen escarbando aquí, para ver si así logran demostrar que sus terruños eran entes nacionales anteriores e independientes al Estado español– y que no es tan fácil hablar de unidad social, explicando cómo convivieron y hasta qué punto se homogeneizaron las dos etnias fundamentales que poblaban el reino: la de los invasores germánicos y la de los invadidos hispano-romanos (resultan, por cierto, muy interesantes los recientes estudios sobre las invasiones bárbaras, sus protagonistas, el origen de los diferentes pueblos que las componían, sus grados de romanización, etc).

Sólo a través del estudio del período visigodo, de su origen, sus instituciones, sus personajes más destacados, sus aportaciones en los ámbitos jurídico, cultural y teológico; de sus éxitos políticos y de las deficiencias que condujeron a su traumático final, nos haremos una idea de por qué, trece siglos después, aquellos hombres pueden seguir ayudándonos a comprender quiénes somos.
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jueves, 3 de noviembre de 2011

La revolución institucionalizada


Hay quienes tienen la virtud de ir haciendo amigos por la vida. Si nuestro autor no ha tenido suficiente con la polémica suscitada por una de las entradas del Diccionario Biográfico Español, añade ahora un poco más de leña al fuego con este ensayo sobre los orígenes de España.

Cierto es que en esta ocasión no levantará tanta polvareda porque a la progresía patria generalmente le interesa solamente su Historia y vive tranquila confiada en el éxito del adoctrinamiento al que ha sometido a la sociedad española durante las últimas décadas. Todo lo sucedido antes de la llegada de la II República interesa poco y vende menos.

Este último libro de la amplia bibliografía de Luis Suárez no es de fácil lectura. A la complejidad del tema se añade el modo en que ha querido presentar los contenidos. Aunque a simple vista la división en cuatro bloques principales y una generosa introducción pudiera parecer razonable y metodológicamente correcta, la repetición de ideas y argumentos es continua. Además carece de un aparato crítico que en estos casos no dificulta la lectura, antes bien la facilita y le otorga una credibilidad mayor –el argumento de autoridad sirve hasta cierto punto incluso en el caso de autores consagrados. Esta carencia es suplida en parte por una orientación bibliografía crítica, que evita dejar desamparado al lector ante la disparidad de opiniones que lógicamente genera el tema tratado. El volumen carece también de índices, algo excusable en el caso de una obra de divulgación general, que no es el caso por mucho que se empeñe la publicidad editorial. Es de esperar que en futuras ediciones se subsanen las deficiencias metodológicas y se corrijan ciertos errores que seguramente se deban a una edición hecha con prisas (v.g., por mucha admiración que el autor sienta por la persona y el nombre de Isabel I de Castilla no creo que ignore que la primera reina de Inglaterra no se llamó como ella, Isabel, sino María, nieta, precisamente, de la reina Católica). Estas deficiencias empañan sólo en parte un magnífico repaso de un período crucial de la Historia de España.

Dejo a un lado la eterna discusión de si la España moderna es fruto de la unificación de los diferentes reinos que se fueron formando en la península durante el período de la Reconquista o bien no es más que la continuación de esa memoria histórica española que sitúa la raíz de su legitimidad en el concierto de servicios militares de los visigodos en el año 418 como si se tratara de un traspaso del poder heredado de Roma. La cuestión no es baladí y en el libro se encuentran argumentos que podrían sostener ambas posturas. Interesa, no obstante, el proceso por el cual nace el sistema político, social, religioso y cultural que durará hasta las décadas de tránsito hacia el siglo XIX, lo que se conoce como Antiguo Régimen.

En los cimientos de este sistema no se encuentran, en sentido estricto, los Reyes Católicos. Ellos fueron término de llegada, no punto de partida, de un proceso que comenzó a mediados del siglo XIV a partir de la llamada revolución Trastámara. Fue precisamente una revolución lo que dio origen a la creación de un sistema político diverso al que hasta entonces había dominado el panorama ibérico. Revolución que en nada se parece al concepto que de ella predican actualmente quienes gustan de ocupar plazas y lanzar proclamas absurdas y violentas aunque sutilmente disfrazadas de paz perpetua. Según Suárez, “tenemos cierta tendencia a considerar que las revoluciones son movimientos que proceden del fondo de la sociedad, quizás porque damos especial importancia a los actos de violencia de que suelen acompañarse. Pero en realidad una revolución, acto de ruptura, acaece cuando un sector de la sociedad se ha elevado hasta un punto que entiende que las estructuras políticas deben cambiar a fin de que a él corresponda asumir la potestad política”.

En nuestro caso, revolución que sustituyó a unos actores políticos caducos por otros de nueva planta, con ideales renovados. Revolución que cambió el modo de entender las relaciones entre los estamentos. Revolución que modernizó la manera de entender la economía y el comercio. Revolución que puso las bases de un primer sistema de separación de poderes, sui generis, pero real. Revolución, en definitiva, que se institucionalizó, como suele ocurrir siempre, pero en esta ocasión con éxito duradero.

La política, sin embargo, no lo es todo. Encauza y dirige, en cierto modo, la vida de la sociedad, pero no la determina totalmente. A ella se unen por una parte la religión y por otra la cultura. Es difícil entender la importancia de la primera; quizás baste para ello sustituir el actual sistema de creencias laicista por aquel al que suplantó en los inicios de la llamada edad contemporánea. Si en nuestros tiempos y en Occidente no se entiende, justamente, que la religión se sitúe detrás de cada una de las acciones políticas, sociales y culturales, lo mismo ocurría, a la inversa y en modo más o menos drástico, en tiempos del Antiguo Régimen. Lo que ahora, seguramente en modo acrítico y malicioso, se entiende como injerencia, entonces era considerado como algo habitual, es más, lógico y necesario.

A este tipo de mitos y a estas realidades, ya sean políticos –revolución Trastámara, ordenamiento jurídico–, religiosos –prohibición, que no expulsión, de judíos y musulmanes, reformas eclesiásticas, Inquisición– o culturales –humanismo hispano, florecimiento de la literatura– hace referencia el subtítulo del libro. La eliminación de tanto prejuicio y la sustitución de tanta Historia mal contada son necesarias para una correcta interpretación de las causas y los procesos que constituyeron lo que hoy conocemos como España. Es difícil para muchos pensar que hay algo anterior a la década de 1930, precisamente ahí radica la importancia y la virtud del libro de Suárez.

LUIS SUÁREZ: EN LOS ORÍGENES DE ESPAÑA: MITOS Y REALIDADES. Ariel (Barcelona), 2011, 398 páginas.
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Publicado en el Suplemento Libros de Libertad Digital.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El mito visigótico (I)

Hola de nuevo. Más de un mes sin novedades, algo que indica que hay otros asuntos entre manos que requieren más atención. Ahora que estreno un nuevo período de vacaciones podré dedicarle al blog un poco más de tiempo.

Sigo con la preparación de la tesis doctoral, que trata el tema cristológico en una de las múltiples polémicas que hubo entre las sedes española y romana a finales de la edad antigua.

Hay un libro que os recomiendo (no para comprar, porque es caro, pero sí para pedir a vuestro bibliotecario de confianza): J. N. Hillgarth, The Visigoths in History and Legend. (Studies and Texts; 166). Toronto: Pontifical Institute of Mediaeval Studies, 2009. xii, 239 p. ISBN: 978-0-88844-166-9. [La casa editorial no me paga por la publicidad].

Pues bien, el objetivo del libro es explorar uno de los temas más recurrentes y polémicos de la historiografía española: España se ha configurado a lo largo de los siglos como una entidad nacional y cultural cuyo origen cabe situar en época visigótica.

Poco a poco podré ir compartiendo con vosotros algún dato más, siempre interesante porque afecta al concepto de nación (ZP, analfabeto integral, dice que es discutido y discutible) y por tanto condiciona el modo de afrontar los problemas, no pocos, que afectan a la convivencia entre las diferentes sensibilidades y territorios de España.

Conocer el pasado es necesario para comprender el presente, aunque dada la ignorancia general provocada por un sistema educativo desastroso es tarea difícil en estos tiempos.

Seguiremos informándonos.