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domingo, 12 de octubre de 2014

A propósito de un libro

Ediciones Cristiandad acaba de publicar “Permanecer en la verdad de Cristo. Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica” editado por el agustino Robert Dodaro. Se trata de la edición española de un libro que ha sido publicado simultáneamente en otras cuatro lenguas: inglés, italiano, francés y alemán. El volumen reúne artículos de cinco cardenales (Brandmüller, Burke, Caffarra, De Paolis y Müller) y cuatro autores de reconocido prestigio en cada una de sus áreas de estudio (Dodaro, Mankowski, Rist y Vasil’).

El proyecto, nos dice su editor, nació a raíz de la invitación de otro cardenal, Walter Kasper, a proseguir el debate sobre la cuestión del acceso a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia por parte de los divorciados vueltos a casar. Kasper fue el encargado de dirigirse a los cardenales en el último consistorio extraordinario celebrado en febrero de 2014, fue allí donde lanzó una serie de ideas y de propuestas para el Sínodo, entre las que se encontraba la de los divorciados vueltos a casar. Recogió posteriormente sus ideas en el libro “El evangelio de la familia” donde expresaba el deseo de que sus propuestas ofrecieran “una base teológica para el subsiguiente debate entre los cardenales” (p. 9).

Kasper quería debate y lo ha tenido, aunque no del tipo que a él le habría gustado. Generalmente los que van de progresistas ofrecen un producto que no están en condiciones de vender, porque no existe, pero persisten en erigirse como sus primeros distribuidores, llevando la situación a extremos bastante desagradables por las ambigüedades que presentan y la imagen de división que ofrecen a la opinión pública dentro y fuera de la Iglesia. En el caso de Kasper, además, con el nihil obstat del papa Francisco, aunque no sabemos si sobre todo lo dicho por el prelado alemán o sólo sobre algunas cosas, que definió el discurso del cardenal como “teología hecha de rodillas”. La cosa, decía, es que a Kasper no le ha gustado la publicación de las respuestas de estos nueve autores. Primero pide debate, luego protesta porque alguien le dice que lo más probable es que su posición sea insostenible. Lo dice, además, antes de leer el volumen, que salió publicado días después de la polémica, aireada convenientemente por todos los medios de comunicación –casi todos ellos, milagrosamente, han pasado en pocos meses a ser competencia directa de L’Osservatore Romano, interpretan benévolamente, no sin tergiversar en ocasiones, y defienden cada palabra del actual Pontífice; criticar a Benedicto XVI era deporte nacional y se aplaudía como algo legítimo, insinuar que quizás Francisco no acierte en todo es considerado por la opinión pública, católica o no, delito de lesa majestad–. Le molestó el título “Permanecer en la verdad de Cristo”, le pareció arrogante, probablemente porque ignoraba que estas palabras no son fruto de la elaboración de los autores del volumen sino de san Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Familiaris consortio (n. 5).

Sea como fuera, dejando a un lado polémicas que duran poco, aunque envenenan el debate, quisiera detenerme en lo importante, esto es, en qué puede y no puede hacer el Magisterio de la Iglesia en lo referente a los divorciados vueltos a casar. Kasper propone “un cambio en la doctrina y disciplina sacramental de la Iglesia, el cual posibilitara, en casos limitados, que católicos divorciados y vueltos a casar civilmente fueran admitidos a la comunión eucarística tras un periodo de penitencia”, para ello apela “a la practica cristiana primitiva, así como a la asentada tradición ortodoxa oriental de emplear misericordia para con los divorciados bajo una fórmula según la cual los segundos matrimonios son “tolerados”: una práctica a la que los ortodoxos denominan generalmente oikonomia”. (Dodaro, p. 11).

El libro que presento responde a esta propuesta de Kasper. Lo hace con argumentos teológicos, históricos y jurídicos, no con polémicas estériles ni con insinuaciones jocosas que tanto gustan a Kasper (cf. El Evangelio de la familia, pp. 62-63). Dodaro, en su introducción recoge los resultados de la investigación: “Los ensayos aquí publicados rebaten su propósito específico [el de Kasper] de emplear una forma católica de oikonomia para algunos casos de divorciados vueltos a casar civilmente, por la razón de que ello no puede conciliarse con la doctrina católica de la indisolubilidad del matrimonio, y de que, por tanto, refuerza concepciones erróneas tanto de la fidelidad como de la misericordia” (p. 12). No hay bases escriturísticas ni patrísticas para “tolerar” los matrimonios civiles posteriores a un divorcio, tampoco históricos y menos aún teológicos. Los estudios incluidos en el libro concluyen que “que la tradicional fidelidad de la Iglesia a la verdad del matrimonio constituye el fundamento irrevocable de su respuesta misericordiosa y caritativa al individuo divorciado y vuelto a casar civilmente” (p. 13) con lo que explícitamente también cuestionan esa premisa “progresista” de que la doctrina católica tradicional y la práctica pastoral contemporánea se contradicen.

La lectura del libro es muy recomendable, se trata de un repaso de la doctrina católica sobre el Matrimonio, la Eucaristía y la Penitencia. Esta enseñanza de la Iglesia podrá gustar o no, pero es la que es. Jugamos, por tanto, con las cartas que se nos han repartido. A partir de este momento, surgen, al menos, dos soluciones:

  • Replantear la teología sacramental católica, es decir, convocar una especie de Concilio de Trento segunda edición, corregida y (probablemente) disminuida, adoptando algunos de los postulados de la llamada Reforma. Dejando dos sacramentos, Bautismo y Eucaristía, desaparece el problema.
  • Reformar el proceso canónico de la declaración de nulidad (o abandonarlo completamente). Así, lo que la Teología no permite, lo tolera el Derecho.


Comprenderá quien me esté leyendo que ambas soluciones no son viables. La Iglesia no puede traicionar su doctrina, no es suya, es también y sobre todo, voluntad divina. La Iglesia, en estos veinte siglos de historia, no ha inventado sino interpretado y actualizado la voluntad de Dios. Habrá habido excesos y equivocaciones, que se han ido reformando y seguirán reformándose, pero siempre en fidelidad al plan salvífico de Dios. La Iglesia, como Pueblo de Dios o Cuerpo Místico (así contento a todas las facciones), no puede cambiar lo que Dios ha establecido de tal o cual modo. No lo puede cambiar la Iglesia, ni un Concilio, ni un Sínodo, ni un Papa. Por tanto, la solución ya la sabíamos desde antes de que Kasper hablara: fidelidad a la doctrina.

Esto, lo sé, suena a reaccionario. No suena a misericordioso. Es teología de escribanía, no de reclinatorio. Pero es lo que hay. Los divorciados vueltos a casar no pueden acceder al sacramento de la Penitencia, que exige, entre otras cosas, arrepentimiento, dolor del pecado cometido y voluntad de no cometerlo más; quien ha contraído matrimonio civil tras un divorcio, algo que atenta contra el principio de indisolubilidad del matrimonio explícitamente promulgado por Cristo, ¿está dispuesto a romper esa unión civil tras la confesión de este pecado? No, ¿verdad?, pues entonces es inútil que pretenda acceder a un sacramento cuyo fruto rechaza desde el primer momento. No puede tampoco acceder plenamente al sacramento de la Eucaristía, para comulgar se exige un estado de gracia que no posee quien vive en situación de pecado grave.

No se recurra pues a soluciones misericordiosas a costa de arruinar la doctrina. La auténtica misericordia rechaza el error. Estas personas, mejor, algunas de estas personas seguramente sufran por ser la parte inocente del conflicto. Nadie lo niega, antes bien, han de ser tratadas con el respeto y la atención que merecen, como se ha venido haciendo hasta ahora y como han recordado que ha de hacerse los últimos Pontífices, también Benedicto XVI. Los sacramentos conceden acceso a la gracia de Dios que ayuda al cristiano en su camino, pero ni son el único modo de acceder a la gracia santificante de Cristo ni son en algún modo “derechos”. No todos los sacramentos son accesibles a todos los cristianos. ¿Queremos hablar de la ordenación sacerdotal de las mujeres? En este caso, resumiendo porque no es el tema de esta reflexión, el Magisterio nos dice que no es posible por dos motivos: uno teológico, el sacerdote actúa in persona Christi; otro bíblico (sí, en cursiva): Cristo eligió sólo hombres para el ministerio apostólico –curioso que en este caso Cristo no pronunciara palabra sobre el tema y la tradición católica haya hecho de una inferencia una regla absoluta, algo que no sucede con la indisolubilidad del matrimonio, que Cristo explícitamente afirmó en más de una ocasión y que puede ser después, como vemos, cuestionada, abierta o crípticamente. La doctrina sobre la imposibilidad del sacerdocio femenino está cerrada, lo ha recordado también Francisco, ¿por qué pretender abrir la polémica sobre el acceso a otros sacramentos? La misericordia y la fidelidad, que no están en contradicción, han de aplicarse siempre, no sólo cuando parece oportuno.



Concluyo esta reflexión personal que no tiene más pretensión que incitar a la lectura de los textos que he presentado. Hará bien a todos, ayudará a formar una idea sobre el tema, sacará de dudas a quienes se preguntan o inquietan por el tema. Doctrina y pastoral, unidas, para que la primera no sea estéril y la segunda no carezca de cimientos.

viernes, 12 de octubre de 2012

El Concilio Vaticano II: cincuenta años de un nuevo modelo de Iglesia


El 11 de octubre de 1962 se inauguraba en la basílica de San Pedro en el Vaticano el vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica. En una época en la que todo es histórico, en la que cada acontecimiento, por banal que sea, es considerado evento, el recuerdo de la celebración del Vaticano II puede no alcanzar el significado que realmente posee. No exageraron quienes lo definieron como un nuevo Pentecostés o como una brújula que orienta a la Iglesia en su actual tarea evangelizadora.

El 25 de enero de 1959, cuando todavía no se habían cumplido ni siquiera tres meses del inicio de su pontificado, Juan XXIII transmitió a un pequeño grupo de cardenales la intención de convocar un concilio general que atendiera la urgente necesidad de replantear algunas formas anticuadas de exposición doctrinal y de proporcionar nuevas directrices de disciplina eclesiástica. El papa bueno, experto conocedor de la historia de la Iglesia, sabía que aquélla era la mejor herramienta, no exenta de riesgos, para lograr una verdadera renovación de la vida eclesial.

El camino hacia el concilio no fue fácil. A las dificultades logísticas y organizativas de una asamblea tan numerosa de obispos, expertos y observadores, se añadieron las insidias de no pocos miembros de la curia romana que intentaron frenar o al menos obstaculizar la celebración del concilio. Entonces, como ahora, abundaban aquellos “profetas de calamidades” a los que hizo referencia Juan XXIII en su discurso de inauguración. Los malos augurios que presagiaban sus detractores no minaron el ánimo del papa, que, como afirmó en la constitución apostólica Humanae Salutis por la que se convocaba el Concilio Vaticano II, siempre creyó “vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad”.

Siguiendo la máxima teológica Ecclesia semper reformanda est, no siempre fácil de interpretar y actuar, Juan XXIII se opuso tanto a un modelo de concilio de lucha, como había sido el de Trento, como a uno de resistencia y de oposición al mundo moderno, como había sido el Vaticano I. Su intención fue renovar la Iglesia, purificarla, interpretar adecuadamente los signos de los tiempos, establecer un diálogo sincero con la sociedad contemporánea sin traicionar el Evangelio ni renunciar a la riqueza de la Tradición y allanar el camino de la unidad con el resto de las comunidades cristianas no católicas.

La convocatoria del concilio había sorprendido a muchos dentro y fuera de la Iglesia, si bien es cierto que desde hacía tiempo, durante el pontificado de Pío XII, se habían producidos los primeros pasos de reforma, importantes aunque tímidos. Más sorprendente aún fue el desarrollo de la asamblea conciliar. La libertad con la que se desarrollaron los debates constituye un modelo de cómo una institución tan jerarquizada como la Iglesia católica es capaz de lograr el objetivo de reformarse sin traicionarse a sí misma ni desmoronarse. Se votaron todos y cada uno de los pasos que se daban, tanto los meramente formales o metodológicos como los doctrinales. Cada uno de los documentos que aprobó el concilio fue sometido a votaciones parciales y totales, no sólo en su redacción definitiva sino también en sus esquemas previos. Ni Juan XXIII ni su sucesor, Pablo VI, obstaculizaron el libre debate en las asambleas plenarias y en las reuniones de las diferentes comisiones que estudiaban y preparaban los textos.

Se logró así un corpus de documentos que configuraron, a partir de entonces, la Iglesia contemporánea: cuatro constituciones que representan, en cierta manera, el armazón de las enseñanzas conciliares sobre la revelación divina, la Iglesia, la liturgia y la presencia de la propia Iglesia en el mundo contemporáneo; nueve decretos que tratan temas más delimitados: los medios de comunicación social, el episcopado, el ministerio y la vida sacerdotal, la formación sacerdotal, el apostolado laical, la renovación de la vida consagrada, el ecumenismo, las Iglesias orientales y la actividad misionera de la Iglesia; y tres declaraciones, un tipo de documento inédito hasta entonces en la tradición conciliar que está destinado a toda la humanidad y no solamente a los fieles católicos: sobre la educación cristiana, sobre la libertad religiosa y sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas.

La clausura oficial del concilio en 1965 no supuso el final del mismo. Un evento de estas características no tiene su objeto en sí mismo sino en la propia vida de la Iglesia. Fue a partir de entonces, en el período de recepción de sus conclusiones, cuando las enseñanzas del concilio se hicieron efectivas. La historia enseña que la aceptación de un concilio no es automática, que se requiere un período de explicación y de asimilación. No es nunca fácil y tampoco lo fue en aquella ocasión; a las circunstancias sociales, tan traumáticas a finales de los años 60, se unieron las divergencias en el seno de la Iglesia entre aquellos a quienes el concilio les supo a poco, aquellos que sintieron cómo la Iglesia se había traicionado a sí misma y aquellos que permanecieron indiferentes. Si se pregunta acerca de las novedades que introdujo el Vaticano II, a menudo se limita a señalar la reforma litúrgica –que por otra parte había ya comenzado en tiempos de Pío XII– y se marginan los dos aspectos realmente importantes: uno ad extra, el nuevo modelo de relación entre la Iglesia y el mundo contemporáneo y otro ad intra, la reforma de la propia vida eclesial. El período de crisis que siguió al concilio indica la magnitud de las reformas adoptadas. Cincuenta años más tarde se constata que aún no se ha agotado su riqueza y que queda mucho por aprender de él, conociéndolo y poniéndolo en práctica.