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miércoles, 16 de mayo de 2012

La conversión de Recaredo


Los monarcas visigodos tuvieron que afrontar tres problemas principales que constituyeron desde el inicio una amenaza para la estabilidad del reino: uno político, el carácter electivo de la monarquía, que por lo general impedía transiciones serenas; otro social, una minoría visigoda que regía los destinos de una mayoría hispano-romana; y un tercero religioso, el arrianismo de la casta política, que chocaba con el catolicismo mayoritario.

Los problemas de sucesión al trono nunca se resolverían, pese a los esfuerzos hechos en alguno de los concilios de Toledo. La cohabitación entre visigodos e hispano-romanos fue mejorando gracias a reformas legales como la que autorizó los matrimonios mixtos, que contribuyeron sustancialmente a la cohesión nacional. En cuanto a la cuestión religiosa, más allá de la convicción personal de los convertidos, que no compete a la Historia, se resolvió por decreto.

El camino no fue fácil, con un sinfín de conflictos políticos, sociales, económicos, religiosos e incluso familiares, y una guerra más que civil –en palabras de san Isidoro– entre los miembros de la familia real.

Recaredo había sucedido en el trono a su padre, Leovigildo. Éste, maniobrando inteligentemente para afianzar su poder, había no sólo triunfado en diversas campañas militares –que permitieron la ampliación de los territorios del reino–, sino asociado al Gobierno a sus dos hijos, Hermenegildo y el propio Recaredo. Dio origen, de este modo, a una pequeña dinastía que, aunque no pervivió demasiado tiempo, sí contribuyó decisivamente a modelar un nuevo perfil del Estado visigodo.

Leovigildo consideró que el reino difícilmente podía prosperar si no se actuaba directamente sobre los problemas que afectaban a su estabilidad. Fortalecido por los éxitos de sus campañas militares, que mantuvieron calmada a la siempre intrigante nobleza visigoda, decidió dar un paso más hacia la unidad del reino. Tal ambición no sería posible si no se lograba superar la división religiosa que aún existía en la España de la segunda mitad del siglo VI. Los dos grupos religiosos más importantes eran el catolicismo y el arrianismo. Existía también un buen número de judíos, y el paganismo aún no se había extinguido totalmente, pero su influencia era menor.

Leovigildo ideó un plan que pasaba por suavizar los postulados arrianos a fin de hacerlos aceptables para los católicos. Con ese fin convocó en el año 580 un concilio de obispos arrianos en Toledo. Los resultados no fueron los previstos, puesto que no era fácil hacer converger hacia el arrianismo no sólo a la inmensa mayoría de la población, sino a toda una tradición teológicamente superior y segura de su ortodoxia, compartida, por lo demás, con el resto del orbe cristiano. El arrianismo no dejaba de ser una rémora del pasado, superada ya dogmáticamente, y sobrevivía únicamente gracias a que era la religión de quien ejercía el poder político. Leovigildo no se resignó e intentó por todos los medios llevar a cabo su plan.

Aunque es cierto que en muchas ocasiones se empleó con violencia, no podemos afirmar que desencadenara una persecución contra los católicos. Envió al exilio a algunos obispos y obligó a rebautizar bajo amenazas a muchos católicos, pero nunca se trató de una persecución formal o general al modo en que parte de la tradición historiográfica lo ha querido presentar. No debe olvidarse que los católicos no sólo eran mayoría, sino que controlaban grandes áreas de poder, principalmente en los terrenos económico y cultural, y su influencia en la sociedad no era menor. Así se explica la resistencia episcopal y de gran parte de la nobleza hispano-romana a los planes unionistas de Leovigildo.

A estas dificultades externas se unió una interna. Leovigildo había encargado el gobierno de algunas zonas del reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. Al primero le fue encomendado lo que fuera la Bética romana. Poco después comenzaron los conflictos entre Hermenegildo y su padre. Sagazmente, Recaredo estaría siempre de parte de Leovigildo; quería hacer méritos ante la nobleza con vistas a la sucesión.

Las fuentes contemporáneas de que disponemos difieren a la hora de explicar los motivos y el desarrollo de esta guerra civil y familiar. Mientras que los autores extranjeros inciden en el factor religioso –Leovigildo no habría aceptado la conversión al catolicismo de Hermenegildo–, los nacionales pasan por alto este aspecto y se centran en cuestiones meramente políticas. La hagiografía sobre Hermenegildo surgiría muchas décadas más tarde; entre otras cosas, porque pocos autores contemporáneos habrían tenido el valor de echarle en cara al recién convertido Recaredo las tropelías que su padre y él habían cometido contra su hermano mártir.

Leovigildo murió sin haber logrado sus objetivos. Le sucedió su hijo Recaredo, aunque no sin haber superado algunas dificultades iniciales –parte de la nobleza y de su propia familia seguía intrigando contra él–. El nuevo monarca afrontó el problema de la consolidación del reino en modo diverso a como lo había enfocado su padre. En lugar de forzar la conversión de los católicos, estimó que quizá fuera más sencillo convertirse él. Lo logró, pero no sin dificultades y con grave riesgo de perder algo más que la corona.

El arrianismo había creado una jerarquía paralela a la católica, aunque ésta gozaba de una mejor organización. Siguiendo la tradición tardorromana, los obispos católicos ejercían toda una serie de funciones que iban más allá de las estrictamente pastorales. Administraban justicia, gestionaban asuntos económicos, administrativos y de instrucción. Su poder y sus recursos eran grandes, y Recaredo se dio cuenta de la inutilidad de luchar contra unas instituciones tan fuertemente arraigadas.

No toda la parte arriana aceptó en bloque la nueva política del rey. Recaredo tuvo que sofocar durante dos años algunas rebeliones, en Mérida, Toledo y la zona narbonense. Superadas las dificultades, podía ya presentarse ante el órgano supremo de la iglesia española para sancionar la unidad religiosa del reino visigodo bajo la ortodoxia católica. Era el 8 mayo del año 589, en la sesión inaugural del tercer concilio de Toledo.
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miércoles, 4 de abril de 2012

El arrianismo


Los pueblos bárbaros que entraron en la península ibérica a partir de los primeros años del siglo V no sólo contribuyeron a la forja de una nueva forma de organización política, con la creación de nuevos Estados, sino que desagarraron la unidad religiosa de la que hasta entonces había gozado el territorio. El arrianismo de suevos, vándalos, alanos y visigodos se vino a enfrentar a la ortodoxia católica predominante entre los hispano-romanos.

La unidad de la Iglesia, en lo doctrinal como en lo organizativo, ha sido desde los inicios del cristianismo más un deseo que una realidad. No se ha logrado aún satisfacer aquella petición que Cristo dirige al Padre en el Evangelio de San Juan: "Que todos sean uno" (Jn 17, 21). Cristo se refería explícitamente a la unión entre Dios y sus hijos e implícitamente, como recoge la tradición de las diferentes comunidades cristianas, a la unión de esos hijos entre sí. Si los autores sagrados hacen hincapié en la cuestión de la unidad, como vemos reflejado de una manera u otra en todos los libros del Nuevo Testamento, es porque ya en las primeras comunidades cristianas surgieron diferencias de mayor o menor calado. Esta tradición polémica y divisiva no es, por tanto, un fenómeno de épocas recientes -reforma protestante–, tampoco del Medievo –cisma de Oriente–.

Las controversias doctrinales no surgen espontáneamente; se deben, por lo general, a una serie de factores que, unidos, acaban por desatar crisis que afectan en mayor o menor medida al dogma y a la convivencia eclesial. Suele haber un sustrato filosófico que ofrece las categorías metodológicas y de pensamiento necesarias para la elaboración de nuevas doctrinas. Por lo demás, el contexto histórico, político, social suele ejercer una gran influencia, y su análisis nos permite comprender que en la mayoría de los casos las disputas son no sólo intelectuales sino políticas. Igualmente, es norma que surja un personaje que se erija como líder y como centro de la discusión.

Así ocurrió también con la crisis desatada por el arrianismo.

Alrededor del año 320, un sacerdote de Alejandría llamado Arrio comenzó a difundir una serie de ideas sobre Cristo que suscitaron fuerte polémica. Seguro de su doctrina u obcecado en su error, según se mire, no se retractó siquiera cuando fue acusado ante su obispo, Alejandro. Se le inició un proceso, se le condenó y se le apartó del ministerio. Encontró, no obstante, apoyo entre algunos obispos orientales, de manera que la polémica no sólo no se apagó sino que cobró fuerza y acabó desbordando los límites de la iglesia alejandrina.

Arrio afrontó, como muchos otros teólogos de su época, uno de los temas fundamentales del cristianismo: quién es realmente Jesucristo.

Para lograr una respuesta satisfactoria no cabe otra posibilidad que la de servirse de los datos que ofrece la Sagrada Escritura y de las categorías filosóficas que permiten el desarrollo de un discurso coherente y ordenado. Los primeros siglos del cristianismo coincidieron con el auge de la filosofía neoplatónica, uno de cuyos máximos representantes fue Plotino. Esta filosofía permitía explicar el misterio de la Trinidad de una manera sorprendentemente fácil, aunque no exenta de problemas.

Basándose en el esquema de Plotino sobre las hipóstasis (el Uno, el Intelecto y el Alma), Arrio consideró que esas mismas hipóstasis, o realidades individuales subsistentes, se podían aplicar respectivamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El problema surge cuando vemos que las hipóstasis a las que se refieren los neoplatónicos se distinguen entre sí, participan de una misma naturaleza pero mantienen relaciones de subordinación. En fin, vayamos a la conclusión: el Hijo y el Espíritu Santo no son sino emanaciones o productos del Padre que no pueden ser comparados con Él y que carecen de Su naturaleza.

Dicho así, el discurso es lógico y coherente, pero encierra un peligro grave que vacía de contenido la propia encarnación de Cristo y por tanto su misión redentora.

Por lo que se refiere al dato de la Escritura, Arrio ve confirmado su esquema en el pasaje del libro de los Proverbios (8, 22) que se refiere a la Sabiduría: "El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas". Cristo, considerado como la Sabiduría de la que habla el Antiguo Testamento, es una criatura de Dios, la primera de todas pero criatura al fin y al cabo, que serviría como intermediario entre Dios y el resto de la creación.

Un análisis detenido de estas bases argumentales nos lleva a resumir de esta manera las posiciones defendidas por Arrio: hubo un tiempo en que el Hijo no existió, por tanto Dios fue siempre Dios pero no siempre fue Padre; el Hijo no pertenece a la esencia del Padre sino que es creado y producido; el Hijo es Dios por participación y no por esencia.

La polémica no tardó en convertirse en motivo de disputas entre diferentes sedes episcopales, justo cuando el cristianismo había conseguido finalmente dejar de ser perseguido. El emperador Constantino decidió actuar para poner fin a las disputas teológicas, no porque estuviera especialmente interesado en la materia, ya que de teología sabía bien poco, sino porque podrían suponer a la larga un motivo de desestabilización social. Con razón.

Se convocó, por tanto, un sínodo episcopal para aclarar los términos de la disputa, el llamado Concilio de Nicea, en el año 325. Allí se definió que el Hijo fue engendrado por el Padre, que procede de la esencia de Éste y que por tanto es Dios como Él. Y se empleó un término que en un primer momento apaciguó los ánimos pero que sería motivo de posteriores disputas: homooúsios (de la misma esencia-sustancia-naturaleza).

Llegados a este punto, alguien podría preguntarse en qué manera afectaban estas afirmaciones a la doctrina y por qué se desató semejante polémica. La respuesta viene en clave redentora, eje fundamental de la teología cristiana: la salvación se produce a través de Cristo, y son la consustancialidad con el Padre y Su participación en nuestra humanidad lo que fundamenta Su potencia redentora. Si Cristo no fuera plenamente hombre y plenamente Dios, no podría llevar a cabo la salvación, puesto que sólo se salva lo que se asume (la humanidad) y sólo puede salvar quien tenga potestad para ello (la divinidad).

El arrianismo no se extinguió tras el Concilio de Nicea. Éste fue solamente un paso en el largo camino de explicación del dogma cristológico y trinitario. Los partidarios de Arrio no aceptaron por completo las determinaciones conciliares y siguieron defendiendo sus postulados, acentuando más o menos alguno de sus puntos más controvertidos. La partición del Imperio en dos a la muerte de Constantino, pensada en un primer momento como instrumento para una mejor gobernabilidad, no ayudó a crear el clima necesario para la unión política, cultural y religiosa.

Las tesis arrianas se difundieron de modo especial en la parte oriental del Imperio. Fue allí donde los pueblos bárbaros tomaron el primer contacto con el cristianismo, a través de misioneros bizantinos arrianos. La posterior migración bárbara hacia el oeste haría subsistir una herejía eminentemente oriental en los nuevos reinos constituidos tras la caída del Imperio occidental. Sólo más tarde, una vez asentados definitivamente en tierras que eran de tradición católica, abandonarían sus creencias heterodoxas.
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lunes, 30 de enero de 2012

La persecución silenciada


La concepción hegemónica de una Palestina en la que todas las comunidades vivían en buena armonía y casi en pie de igualdad hasta la brutal irrupción de los sionistas es un mito muy habitual en Occidente.

Está muy extendida la falsa idea de que Oriente Medio sería poco menos que un paraíso si el estado de Israel no existiese. Sin embargo, la realidad es muy otra. Los palestinos no constituyen una entidad homogénea, están –muy– divididos en multitud de grupos sociales, políticos y, principalmente, religiosos.

La minoría cristiana, en la que se centra el libro que presento, ha estado siempre sometida a la mayoría musulmana. Sumisión que se ha manifestado de diversos modos a lo largo de la historia y que en la actualidad parece haber llegado a un punto de no retorno. Recientemente se publicaban en estas mismas páginas algunas reflexiones sobre el acoso y la caza a los que se ven sometidos los cristianos de Tierra Santa en particular y aquellos que viven en el mundo islámico en general. Jean Rolin, en esta obra a medio camino entre la crónica periodística y la literatura de viajes, nos acerca a la vida cotidiana de esos cristianos palestinos que sufren persecución y que se enfrentan a un futuro tenebroso si las cosas siguen igual.

La edición española llega con ocho años de retraso, y lo hace seguramente a lomos del interés que ha despertado el mundo árabe en los últimos meses a raíz del estallido de la mal llamada "primavera árabe". El libro, por tanto, nace viejo, aunque no exento de utilidad para aquellos que ignoren la precariedad en que vive la minoría cristiana palestina, comunidad en un tiempo próspera que lucha ahora por la supervivencia, amenazada por los israelíes por ser árabe, perseguida por la mayoría musulmana palestina por ser cristiana, arrinconada por sus propias iglesias (católica y ortodoxas, principalmente), obsesionadas como están con no herir susceptibilidades judías o islámicas. La suya es, pues, una existencia al límite y literalmente entre la espada y la pared.

Los personajes, reales, que aparecen en estas páginas cuentan cómo son sus vidas cotidianas, cuáles son sus miedos, las múltiples amenazas que han de afrontar, sus pobres esperanzas. Lo hacen con reparo, con cautela, nada es como se presenta en Palestina. No quieren ofender a quienes quieren aniquilarlos, sus hermanos de raza; recelan de Occidente, aun sin saber por qué y en qué modo; algunos, los menos, combaten al que creen, equivocadamente, que es su mayor enemigo, Israel, sin querer reconocer, aunque lo sepan, que su principal amenaza habla su propia lengua y lleva su misma sangre. Esta actitud es sorprendente y cuesta aceptarla, pareciera que han preferido ser como aquella oveja llevada al matadero de la que nos habla el profeta Isaías en lugar de seguir el consejo de Jesucristo, en el evangelio de Mateo, de ser astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Ignorados por todos, luchan por sobrevivir en unas circunstancias cada vez más hostiles; y desde 2003, fecha de la edición original, las cosas han cambiado, mucho y a peor. ¿Qué habrá sido de los protagonistas del libro, a los que no siempre se da nombre para no añadir más peligro al que ya soportan por el hecho de ser diferentes? Algunos habrán muerto; otros, la mayoría, seguramente han emigrado hacia algún lugar del odiado Occidente. Vivir en la propia tierra pidiendo constantemente perdón por ser lo que se es o huir para poder desarrollar una existencia digna: no cabe más alternativa. Pocos se alzarán, de la manera que sea, para reclamar el puesto que les corresponde. Son pocos, carecen de recursos y se ven abandonados por sus correligionarios que, siguiendo la vil política del apaciguamiento, prefieren conservar un mero recuerdo histórico de su fe en las piedras de los templos y descuidan a las personas, verdaderos templos de Dios según el cristianismo, que habitan la tierra en la que todo empezó.

Es desesperante ver cómo, ante tal situación, no cabe más remedio que la resignación o la emigración. Ambas, más pronto que tarde, acaban equivaliendo a la desaparición. Entonces se escucharán los lamentos y se buscará al culpable, que, tratándose de Oriente Medio, no podrá ser otro que el chivo expiatorio que carga con las culpas propias y ajenas desde 1948.

Libros como éste ayudan a despertar conciencias, a realizar juicios más equilibrados sobre los problemas de Palestina, a no olvidar que en Oriente Medio no sólo están enfrentados judíos y árabes; también y principalmente están enfrentados los propios árabes, por ejemplo, por cuestiones religiosas: la división musulmanes-cristianos se da en Palestina y en todos los países árabes con población cristiana: Egipto, Líbano, Irak, etc.

No corresponde a un periodista ni a un crítico ofrecer soluciones concretas a los conflictos; pero sí están obligados a informar de modo que animen a quienes lean sus escritos a crear una conciencia crítica de lo que pasa en el mundo, de cómo malviven, en este caso concreto, los árabes cristianos de Palestina. Sin tantas contemplaciones con el islam, con sus falsas primaveras, con sus engendros pseudodemocráticos y con sus idolatrados líderes, las cosas irían de otro modo. Desechemos la falsa ilusión del diálogo, que exige al menos dos interlocutores, con quienes no aceptan más que monólogos y adoptemos posiciones más eficaces, aunque sean dolorosas y políticamente incorrectas –bendito término–. Ellos, los fundamentalistas, seguirán intentando lograr sus objetivos; nosotros, o defendemos nuestra causa o, simplemente, seremos los siguientes en ser fagocitados por culpa de nuestra indiferencia.


JEAN ROLIN: CRISTIANOS. Libros del Asteroide (Barcelona), 2011, 165 páginas.

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sábado, 31 de diciembre de 2011

Aquí, Jerusalén.


Jerusalén domina desde hace siglos no sólo la atención de las innumerables potencias políticas y religiosas que han ido reclamando la hipotética parte que supuestamente les correspondía de ella, sino la de todo miembro de cualquiera de las tres tradiciones culturales y religiosas monoteístas –judaísmo, cristianismo e islam– que la consideran parte de su patrimonio.

"Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha; que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si no te pongo, Jerusalén, en la cumbre de mi alegría". El autor del salmo 137, que narra los sentimientos del pueblo hebreo deportado en Babilonia, seguramente nunca imaginó que sus palabras serían las más fervientemente vividas y practicadas a lo largo de toda la historia. Ni judíos, ni cristianos ni musulmanes han dejado de tener presente a la ciudad santa a lo largo de tantos siglos de reivindicaciones, guerras, treguas, pactos, traiciones, construcciones y profanaciones. Ninguna mano se ha secado y ninguna lengua ha quedado pegada al paladar de nadie, aunque en ocasiones habría sido más que deseable. Todos, de una manera u otra, se han pronunciado sobre Jerusalén y todos han actuado en ella.

Simon Sebag Montefiore ha sido uno de los últimos en escribir sobre la ciudad santa. No podemos decir "el último" porque seguramente desde la aparición de este libro, hace pocos meses, se hayan seguido publicando innumerables artículos periodísticos, arqueológicos, históricos y teológicos sobre ella. No es que Jerusalén esté actualmente de moda, es que nunca ha dejado de estarlo. Pues bien, la monografía de SSM es probablemente el mejor estudio que se ha hecho sobre Jerusalén en mucho tiempo. Presenta cronológicamente la historia de la ciudad desde el momento en que aparecen las primeras referencias históricas, o al menos las primeras fuentes escritas creíbles, contemporáneas del rey David, hasta la reciente –aunque en Oriente Medio la noción de tiempo nunca ha sido algo que realmente importe– Guerra de los Seis Días. Al cuerpo de la obra le precede, por una parte, un prólogo explicativo en el que se insiste continuamente sobre la prudencia con la que se ha de afrontar el estudio y la lectura de un tema tan sensible como éste; y le sucede, por otra, un epílogo en el que, alejado del estilo de crónica predominante en el resto del volumen, el autor realiza un análisis más personal y político de los últimos años y de las perspectivas que se presentan.

Al lector, haya estado o no allí, le parecerá ir leyendo una historia familiar, porque Jerusalén forma parte innata de nuestra cultura. Los reyes de las monarquías hebreas, los jefes de las diferentes dinastías asirias, egipcias, griegas, romanas, árabes, otomanas, europeas..., todos han pasado por allí y han dejado su huella más o menos marcada. Todos han construido esa Jerusalén que hoy se nos presenta demasiado cargada de historia y muy desprovista, como siempre, de un presente y de un futuro estables.

El libro está dividido en nueve partes principales, que reflejan los períodos históricos que han marcado el carácter de la ciudad: judaísmo, cristianismo, paganismo, islam, cruzadas, mamelucos, otomanos, imperio y sionismo. Junto a esta historia oficial, que ve a la propia Jerusalén como parte integrante de proyectos políticos o religiosos de diferentes imperios, el autor presenta muchos datos sobre otros protagonistas más desconocidos pero igualmente importantes y decisivos. Numerosos aspectos de la vida cotidiana, la más real si se quiere, enriquecen el libro y lo convierten en una verdadera biografía. Hay aquí abundante información, bien distribuida y sobre todo bien documentada. A las breves aunque numerosas notas explicativas a pie de página se añaden más de cien páginas de bibliografía, setenta de ellas dedicadas a indicar las fuentes consultadas al abordar cada uno de los temas tratados a lo largo de toda la narración. Lástima que la edición española no esté a la altura del original: al precio excesivo e injustificado se añaden no pocos errores de traducción y de edición –la transliteración, por ejemplo, de algunos nombres y términos hebreos y árabes hiere la vista–.

Con todo, insisto: se trata de una óptima monografía de lectura más que recomendable, que permitirá a quien a ella se acerque disfrutar de este patrimonio común que es Jerusalén. Conocer con más detalle la ciudad que ha estado presente en la mente y en el corazón de millones de personas a lo largo de los siglos. Entender la santidad del lugar y al mismo tiempo su excesiva humanidad. Quiénes la han verdaderamente amado, protegido y venerado; quiénes la han mancillado, manipulado y desvirtuado.

El juicio de cada lector, al igual que el de este reseñador, será subjetivo, como no podía ser menos. Habrá quienes encuentren motivos para justificar su simpatía, su indiferencia o su animadversión por uno u otro grupo religioso, político o social. Podrá, quizás, crear o modificar su posición sobre el actual conflicto que padece la ciudad y emitir un juicio, también personal, sobre las causas del mismo y sus posibles soluciones. Podrá hacer todo esto porque habrá leído un libro bastante equilibrado, que no esconde las vergüenzas de ningún grupo religioso, de ninguna raza y de ningún movimiento político, antiguo o contemporáneo.


SIMON SEBAG MONTEFIORE: JERUSALÉN. LA BIOGRAFÍA. Crítica (Barcelona), 2011, 853 páginas.

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sábado, 5 de noviembre de 2011

Memoria histórica alemana



Sólo caben dos posiciones ante una tiranía: o apoyarla o intentar derrocarla. Mostrarse neutral, en el fondo, equivale a sostenerla; eso sí, con un agravante: la cobardía.



A partir de 1963, con la aparición de la obra de teatro El vicario, se fue creando una leyenda negra sobre Pío XII y su supuesta neutralidad o inacción ante la Shoah. Calumniar a la Iglesia es siempre rentable, se consiguen titulares periodísticos y se alcanza una cierta fama entre quienes intentan, en vano, encontrar argumentos que, deslegitimándola, puedan acabar con ella

Los grandes, ya sean individuos o instituciones, no necesitan defensa, hablan por ellos sus obras. Aun así, es necesario explicar los hechos tal y como ocurrieron a una opinión pública frecuentemente aturdida por el ruido de la malicia y la falta de rigor. Pío XII se salva a sí mismo por todo lo que hizo, dijo y escribió contra el nazismo. Pero por si no bastara se puede acudir al testimonio de muchas personas, incluidos historiadores y políticos coetáneos, católicos y judíos, que reconocieron sus esfuerzos para frenar la epidemia nazista. La desclasificación completa de los documentos de su pontificado que se custodian en el Archivo Secreto Vaticano se encargará del resto; por el momento sólo es posible la consulta hasta Pío XI, su predecesor, aunque Juan Pablo II, en modo excepcional, permitió el acceso al fondo de la "Oficina de Información Vaticana. Prisioneros de Guerra (1939-1947)", del que ya empiezan a salir datos que desmienten las insidias que dieron origen a esa leyenda negra.

A diferencia de la del resto de potencias aliadas, la oposición al nazismo por parte de la Iglesia surgió antes del inicio de la guerra. No fue, además, una oposición hecha sólo desde el exterior de Alemania, sino que contó con la colaboración, el esfuerzo y la sangre de muchos cristianos alemanes contrarios a la ideología criminal de Hitler. Este aspecto, ignorado durante mucho tiempo, es precisamente uno de los objetivos del libro que nos ocupa.

En el imaginario colectivo existe aún la idea de que todos los alemanes eran nazis, o que al menos mostraban una culpable resignación ante el régimen. Numerosos historiadores han ido purificando esa auténtica memoria histórica y siguen saliendo a la luz estudios sobre la oposición interna al nazismo. No surgió como movimiento meramente político –los partidos habían dejado de existir como tales hacía tiempo–, tampoco a modo de rebelión militar –los intentos de asesinato del Führer fueron escasos y por lo general abocados al fracaso desde su misma planificación–. La oposición al nazismo nació, precisamente, en el ámbito cristiano.


Fueron las iglesias, principalmente la católica y en menor medida la protestante, quienes sostuvieron la lucha contra la ideología y los desenfrenos nazistas. Conviene anotar, para seguir purificando la memoria, que fue en el ámbito católico donde Hitler encontró siempre menos apoyo para su causa. Basta contrastar los mapas que muestran por un lado la distribución confesional cristiana y por otro los resultados electorales obtenidos en julio de 1932 por el partido nacionalsocialista en cada una de las circunscripciones. Casualmente, el mayor número de votantes nazis se concentró en las áreas protestantes. El dato no es simplemente curioso, señala con claridad el rechazo que suscitó Hitler entre los católicos; rechazo que, como puede suponerse, surgió en buena medida de la enseñanza transmitida por la propia jerarquía católica.

A través de una narración que recuerda el estilo de las actas de los mártires de los primeros siglos, el autor presenta la semblanza de seis personajes: cinco hombres y una mujer; cinco católicos y un protestante; cuatro alemanes y dos extranjeros; tres murieron asesinados por los nazis, uno falleció en prisión después de la guerra tras caer en manos del otro régimen gemelo al nazismo; los otros dos sobrevivieron al terror. Todos ellos eran cristianos, y tres ya han sido beatificados.

El cardenal Clemens August von Galen se nos presenta como ejemplo de pastor que vela y se deja poco a poco la vida por su rebaño. Su férrea oposición al nazismo se basa en motivos no solamente ideológicos, que también, sino principalmente de índole ética y moral. Sus homilías y cartas pastorales, distribuidas dentro y fuera de Alemania, influyeron decisivamente en la vida y el pensamiento de tantos católicos que o bien no cayeron en las trampas del nazismo o bien supieron escapar de ellas tras escuchar las denuncias del llamadoLeón de Münster. Wilm Hosenfeld, el capitán a quien la película de Polanski El pianista hizo famoso muchos años después de su muerte, es el prototipo de alemán arrepentido que reacciona contra el régimen cuando comprende el alcance de la aberración que supone su ideología criminal. Franz Jägerstätter fue un campesino austriaco que, tras negarse a cumplir el servicio militar por motivos religiosos, aceptó la muerte física por evitar la espiritual. El joven diácono Karl Leisner vio en un campo de concentración cumplida su vocación de ser sacerdote. En cuanto a Helmuth James von Moltke, único protestante del elenco, miembro de la nobleza prusiana y gran intelectual, perteneciente al Círculo de Kreisau, fue condenado no por motivos políticos sino por el gran delito de atentar contra la sacrosanta religión neopagana nazista que pretendía suplantar al cristianismo. Por último pero no en último lugar tenemos a Irena Sendler, polaca, que salvó la vida de numerosos niños del gueto de Varsovia y padeció torturas y ostracismo.

A estos seis testigos ejemplares de la fe podría sumarse un séptimo, colectivo, la suma de todos aquellos que, desde sus convicciones religiosas, revivieron bajo el nazismo la pasión de los primeros mártires, cuyo testimonio permitió no sólo la difusión del cristianismo en los primeros siglos, sino la demostración de que vale la pena vivir y morir por unos ideales que sitúan al hombre como digna imagen de Dios.




JOSÉ M. GARCÍA PELEGRÍN: CRISTIANOS CONTRA HITLER. LibrosLibres (Madrid), 2010, 174 páginas.

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domingo, 13 de febrero de 2011

Edad Media, entre el mito y la realidad.

Esta mañana, como respuesta a un tweet que envié anoche, un amigo [gracias, Alejandro] afirmaba la necesidad de "que se deje identificar el medioevo con el atraso y la ignorancia". En el contexto de los actuales acontecimientos en el mundo árabe, yo había puesto por escrito mi deseo de que la edad media musulmana terminara pronto y se diera inicio a un renacimiento. Efectivamente se trata de una imprecisión por mi parte bastante grave, fruto, quizás, del querer ser entendido por la mayoría sin necesidad de bajar a particulares sobre lo que realmente significa la Edad Media.

Ninguna época de la historia ha de ser privilegiada o preferida a otras por ser más avanzada, más innovadora o simplemente "mejor" por quién sabe cuáles motivos personales o sociales. Recuerdo a este punto las palabras de san Agustín: "Se dice: 'son tiempos malos, tiempos llenos de penuria'. Intentemos vivir bien y los tiempos serán buenos. Los tiempos somos nosotros; como somos nosotros, así son los tiempos [Nos sumus tempora: quales sumus, talia sunt tempora]" (Sermón 80, 8). Reflexión que vale para el siglo V y para el siglo XXI.

Por eso, en este post, haré una defensa de la Edad Media, aunque sin santificarla, al igual que señalaré algunos límites de las Edades Moderna y Contemporánea, sin por ello condenarlas. Somos hijos de todas ellas y en familia las cosas hay que tratarlas con prudencia, sin prejuicios y sin favoritismos subjetivos.

La Edad Media, por lo general, ha sido tratada por la historiografía en modo injusto y equivocado. Desde el Renacimiento en adelante y en modo especial durante el Iluminismo, se ha presentado este largo período histórico como un momento oscuro de la historia de la humanidad. Había que presentar los valores del nuevo humanismo y para ello no se dudó en denigrar y maltratar a este "paréntesis de la historia" entre la edad antigua y la moderna.

Ya el calificativo de "Media" conlleva un matiz bastante peyorativo, un no ser ni clásico ni moderno. Algo absolutamente falso como intentaré mostrar en las líneas que siguen (brevemente y sin notas a pie de página por no ser esta la sede más adecuada).

No existe unanimidad (término extraño a la historiografía) a la hora de señalar el inicio del medioevo. Si atendemos a la política, lo situamos en la caída del Imperio Romano de Occidente (476). Si hablamos en términos religiosos, con la muerte del último gran Padre de la Iglesia occidental, san Isidoro de Sevilla (636). Las divisiones de los períodos históricos son siempre relativas, porque la Historia, hablando en términos sencillos, no es un conjunto de eventos o acontecimientos aislados y puestos unos detrás de otros, sino el estudio de la línea continua (no el círculo hegeliano) trazada por la vida de los hombres, sus sociedades y sus ideas.

Nada ha surgido nunca de la nada (si exceptuamos, los creyentes, la acción creadora de Dios). La Edad Media surge de las ruinas de Roma y su civilización; el Renacimiento, a su vez, de los resultados de siglos de estudio y transmisión de esa cultura clásica realizada precisamente en la denostada Edad Media.

Como es lógico no podemos esperar de los humanistas, heterodoxos primero y abiertamente ateos después, una alabanza y un agradecimiento a la labor desarrollada por las instituciones eclesiásticas medievales (monasterios y escuelas/universidades) en favor de la conservación y transmisión del pensamiento clásico grecorromano. Los oscuros e ignorantes monjes medievales proporcionaron a los iluminados y sabios humanistas renacentistas los textos sobre los cuales iniciaron a construir un modo diferente -no nuevo- de pensar, de gobernar y de vivir.

Podrá criticarse, ciertamente, el feudalismo, no menos injusto que el despotismo ilustrado [sic]. Podrán criticarse el dogmatismo y la rigidez escolásticos, no menos intensos que el pensamiento único de ciertas ideologías modernas y contemporáneas. Seguirá siendo válido, de todos modos, el sabio principio que sigue todo historiador honrado: es necesario conocer y comprender el contexto en el que se desarrollaron los acontecimientos que se estudian.

El único límite, por volver al tema que dio origen a esta reflexión, que podemos establecer entre la Edad Media y el actual mundo musulmán es la estrecha vinculación, casi identificación, entre religión y sociedad. Lógicamente este juicio lo podemos emitir porque en Occidente ambas realidades se hayan separadas (mejor o peor, dependiendo de casos y lugares) desde hace bastante siglos. Es un tema que no se resuelve con dos frases y que podemos dejar para otra ocasión. Sería interesante estudiar cómo ha progresado el cristianismo, y con el Occidente, desde la Edad Media hasta nuestros días y cómo no lo ha hecho del mismo modo el Islam, que floreció y con no pocas virtudes en ese mismo período, incluida la transmisión de gran parte de la cultura clásica (cf. los textos de Aristóteles que de las escuelas árabes pasaron a las escuelas cristianas e influyeron decisivamente en la Escolástica).

Termino, pues, redactando de nuevo el infeliz tweet de anoche: "A ver si cuando vuelva de cenar me encuentro con una buena noticia: los líderes religiosos musulmanes han declinado cualquier tipo de intervención directa en la política de los países árabes; se limitarán a aconsejar y asistir espiritualmente a sus fieles."

Lamentablemente se trata del Islam y la cosa no ha sido, no es y no será tan sencilla.