viernes, 12 de octubre de 2012

El Concilio Vaticano II: cincuenta años de un nuevo modelo de Iglesia


El 11 de octubre de 1962 se inauguraba en la basílica de San Pedro en el Vaticano el vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica. En una época en la que todo es histórico, en la que cada acontecimiento, por banal que sea, es considerado evento, el recuerdo de la celebración del Vaticano II puede no alcanzar el significado que realmente posee. No exageraron quienes lo definieron como un nuevo Pentecostés o como una brújula que orienta a la Iglesia en su actual tarea evangelizadora.

El 25 de enero de 1959, cuando todavía no se habían cumplido ni siquiera tres meses del inicio de su pontificado, Juan XXIII transmitió a un pequeño grupo de cardenales la intención de convocar un concilio general que atendiera la urgente necesidad de replantear algunas formas anticuadas de exposición doctrinal y de proporcionar nuevas directrices de disciplina eclesiástica. El papa bueno, experto conocedor de la historia de la Iglesia, sabía que aquélla era la mejor herramienta, no exenta de riesgos, para lograr una verdadera renovación de la vida eclesial.

El camino hacia el concilio no fue fácil. A las dificultades logísticas y organizativas de una asamblea tan numerosa de obispos, expertos y observadores, se añadieron las insidias de no pocos miembros de la curia romana que intentaron frenar o al menos obstaculizar la celebración del concilio. Entonces, como ahora, abundaban aquellos “profetas de calamidades” a los que hizo referencia Juan XXIII en su discurso de inauguración. Los malos augurios que presagiaban sus detractores no minaron el ánimo del papa, que, como afirmó en la constitución apostólica Humanae Salutis por la que se convocaba el Concilio Vaticano II, siempre creyó “vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad”.

Siguiendo la máxima teológica Ecclesia semper reformanda est, no siempre fácil de interpretar y actuar, Juan XXIII se opuso tanto a un modelo de concilio de lucha, como había sido el de Trento, como a uno de resistencia y de oposición al mundo moderno, como había sido el Vaticano I. Su intención fue renovar la Iglesia, purificarla, interpretar adecuadamente los signos de los tiempos, establecer un diálogo sincero con la sociedad contemporánea sin traicionar el Evangelio ni renunciar a la riqueza de la Tradición y allanar el camino de la unidad con el resto de las comunidades cristianas no católicas.

La convocatoria del concilio había sorprendido a muchos dentro y fuera de la Iglesia, si bien es cierto que desde hacía tiempo, durante el pontificado de Pío XII, se habían producidos los primeros pasos de reforma, importantes aunque tímidos. Más sorprendente aún fue el desarrollo de la asamblea conciliar. La libertad con la que se desarrollaron los debates constituye un modelo de cómo una institución tan jerarquizada como la Iglesia católica es capaz de lograr el objetivo de reformarse sin traicionarse a sí misma ni desmoronarse. Se votaron todos y cada uno de los pasos que se daban, tanto los meramente formales o metodológicos como los doctrinales. Cada uno de los documentos que aprobó el concilio fue sometido a votaciones parciales y totales, no sólo en su redacción definitiva sino también en sus esquemas previos. Ni Juan XXIII ni su sucesor, Pablo VI, obstaculizaron el libre debate en las asambleas plenarias y en las reuniones de las diferentes comisiones que estudiaban y preparaban los textos.

Se logró así un corpus de documentos que configuraron, a partir de entonces, la Iglesia contemporánea: cuatro constituciones que representan, en cierta manera, el armazón de las enseñanzas conciliares sobre la revelación divina, la Iglesia, la liturgia y la presencia de la propia Iglesia en el mundo contemporáneo; nueve decretos que tratan temas más delimitados: los medios de comunicación social, el episcopado, el ministerio y la vida sacerdotal, la formación sacerdotal, el apostolado laical, la renovación de la vida consagrada, el ecumenismo, las Iglesias orientales y la actividad misionera de la Iglesia; y tres declaraciones, un tipo de documento inédito hasta entonces en la tradición conciliar que está destinado a toda la humanidad y no solamente a los fieles católicos: sobre la educación cristiana, sobre la libertad religiosa y sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas.

La clausura oficial del concilio en 1965 no supuso el final del mismo. Un evento de estas características no tiene su objeto en sí mismo sino en la propia vida de la Iglesia. Fue a partir de entonces, en el período de recepción de sus conclusiones, cuando las enseñanzas del concilio se hicieron efectivas. La historia enseña que la aceptación de un concilio no es automática, que se requiere un período de explicación y de asimilación. No es nunca fácil y tampoco lo fue en aquella ocasión; a las circunstancias sociales, tan traumáticas a finales de los años 60, se unieron las divergencias en el seno de la Iglesia entre aquellos a quienes el concilio les supo a poco, aquellos que sintieron cómo la Iglesia se había traicionado a sí misma y aquellos que permanecieron indiferentes. Si se pregunta acerca de las novedades que introdujo el Vaticano II, a menudo se limita a señalar la reforma litúrgica –que por otra parte había ya comenzado en tiempos de Pío XII– y se marginan los dos aspectos realmente importantes: uno ad extra, el nuevo modelo de relación entre la Iglesia y el mundo contemporáneo y otro ad intra, la reforma de la propia vida eclesial. El período de crisis que siguió al concilio indica la magnitud de las reformas adoptadas. Cincuenta años más tarde se constata que aún no se ha agotado su riqueza y que queda mucho por aprender de él, conociéndolo y poniéndolo en práctica.

domingo, 23 de septiembre de 2012

"No está aquí"

"No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo" Mc 16, 6b-7.

Hace pocos días celebré el décimo aniversario de mi ordenación sacerdotal y tuve el honor de presidir una eucaristía en el lugar que la tradición venera como el sepulcro de Cristo -con bastantes pruebas arqueológicas e históricas que lo atestiguan (sí, los reformados buscaron y encontraron otro lugar, pero es que llegaban con siglos de retraso y el auténtico ya estaba repartido, no sin escándalo, entre latinos, griegos, coptos, armenios y sirios).




Había visitado el lugar en múltiples ocasiones desde el año 1995, pero esta vez tenía un significado especial. El ritual que ofrecen los franciscanos que custodian la parte latina de la basílica del Santo Sepulcro propone varias alternativas para la lectura del Evangelio. Recordé, al entrar, el texto de Marcos que encabeza esta entrada, quizás el más adecuado para entender lo que realmente significa y representa el lugar.

No pretendo entrar en exégesis complicadas, es domingo por la tarde y además para eso están los expertos, simplemente os cuento aquello que me vino a la cabeza en aquella media hora en la que permanecí en el interior de la minúscula capilla en compañía de mis padres y otras cuatro personas.




"No os asustéis". Bien dicho, autor de Marcos, porque hay quienes pudieran esperar algo que no lograrán encontrar; por ejemplo una prueba histórica de la resurrección de Jesús. No hay que asustarse porque el sepulcro esté vacío, en todo caso sí por el mal gusto con el que lo han adornado entre unos y otros anticipando en siglos el dichoso "café para todos".

"Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado". Efectivamente, un discípulo de Jesús, un verdadero cristiano, no hará otra cosa en su vida más que buscar a Jesús. Lo tendrá siempre a su lado, pero o no se dará cuenta o no logrará satisfacer del todo la verdadera necesidad que de él tiene. El Crucificado, aquel que entregó no sólo su muerte, sino toda su vida, predicando con el ejemplo.

"Ha resucitado; no está aquí". Si no fuera por esta frase yo no estaría escribiendo esta entrada ni habría celebrado aquella eucaristía. Es justamente la resurrección el evento que sin ser histórico más ha cambiado el curso de la Historia y de las historias de muchas personas, al menos de la mía (y no creo ser el único). "Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe", dice san Pablo (1Cor 15, 14). Efectivamente, Cristo habría dejado un buen mensaje, un óptimo ejemplo... como tantos otros que han dejado otras tantas personas a lo largo de los siglos, pero no habría dotado de pleno sentido la vida, la verdadera vida.

"Ved el lugar donde le pusieron". A eso se va a Jerusalén, a ver el lugar donde estuvo y ya no está. A intentar actualizar algunos episodios de su vida que transcurrieron en esta ciudad; echándole, eso sí, un poco de imaginación y quitando hasta veinte metros de estratos que se han ido acumulado en algunos lugares desde el s. I.

"Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro". Todo en el cristianismo es comunitario, o no es verdaderamente cristiano. No es una creencia individual, es compartida. No anula, sin embargo, al individuo (¡ay estos comunistas que proponen a Jesucristo como el primero de ellos!), sino que lo sitúa en su contexto más humano: vivir por y para los otros que son como él. De ahí la importancia del "id y decir"; si alguien se guarda para sí algo bueno y no lo comparte, o ese algo no es tan bueno o esa persona no es de fiar.

"Que irá delante de vosotros a Galilea". Allí donde todo empezó (cf. Hch 10, 37); aquel distrito de los gentiles (gelîl ha-goyim) del que hablaba Isaías al final de su capítulo octavo; aquel símbolo de universalidad, no de exclusividad; aquel lugar siempre actual, ya que no dejaremos de estar siempre en camino; aquel lugar, especialmente a la orilla del lago, en el que es más fácil, incluso hoy en día, imaginar cómo se desarrolló la vida de Jesús.



"Allí le veréis, como os dijo". Allí donde también empezó todo para cada uno de nosotros: nuestra familia o nuestro círculo más íntimo o donde descubrimos que la vida es mucho más de que lo que se nos presenta a simple vista. El lugar, nuestra vida, que, aun siendo gentil, se va santificando diariamente, porque "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

sábado, 8 de septiembre de 2012

El conflicto árabe-israelí

Ultimando el viaje a Israel, os dejo tres vídeos que explican con bastante claridad el origen, desarrollo y posibles soluciones de un conflicto que dura ya demasiado tiempo.


Habrá quien diga que mi posición es claramente pro-israelí, no lo oculto, estoy dispuesto a actualizar la entrada si alguien me ofrece una versión similar (pausada y documentada) proveniente del "otro lado".







Shalom!

sábado, 1 de septiembre de 2012

Muere una gran persona - Tránsito

No habría querido actualizar esta entrada tan pronto, Horacio ha cumplido ya su tránsito esta mañana, 6 de septiembre de 2012. Nos deja una obra magnífica y un recuerdo personal imborrable. Ahora podrá encontrar respuesta a todas las preguntas. Descansa en paz, amigo.

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Un gran vídeo de un gran hombre.