viernes, 4 de febrero de 2011

De mendacio

Estamos tan acostumbrados a vivir rodeados de mentiras que ya casi nada nos sorprende. No nos sorprende, aunque no por ello nos deja de doler.

Sobre ella existe una amplia literatura, desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, en los que si la prensa entrara en la categoría de literatura, sería toda una antología de la mentira cotidiana. Se ha insertado de tal manera en la conciencia del hombre que ya no escandaliza, pues se ve venir la mayor parte de las veces. Gran peligro este que favorece una especie de tolerancia en la que todo vale y es mejor no denunciar o hablar para no complicar más las cosas, para llevar una vida tranquila (anodina y acrítica) y para mantener las relaciones sociales en una falsedad que acaba por relativizar cualquier intento de cambio y de mejora.

Dice el refrán que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Quintiliano afirmaba, más elegantemente en su Instituto Oratoria, que para mentir es necesario tener una buena memoria. Ahora más que nunca, añado, porque todo queda registrado: hemerotecas, videotecas, correos electrónicos, intervenciones en las redes sociales.

La honestidad es valor a la baja. Parece que al hombre actual nada le escandaliza verdaderamente. Levanta la voz contra aquello que no le gusta, que no le convence, que le molesta o que atenta contra sus principios, pero no va más allá de una indignación pasajera. Denuncia las mentiras de los demás, pero exige tolerancia y comprensión para las suyas. Denuncia también alegremente y en muchas ocasiones justamente el comportamiento falaz de los gobiernos y de las instituciones, pero se irrita cuando se le insinúan o muestran las propias mentiras. En el ámbito público parece valer todo, la mentira y la denuncia; en el privado, por el contrario, se apela enseguida a la libertad, la autonomía, la privacidad y no sé cuántas excusas más.

Todo se ve afectado por esta situación. La gente desconfía de todo y de todos y se acostumbra a una vida artificial en la que no existe posibilidad de aclarar nada porque todo está demasiado embrollado y cuantas menos complicaciones se produzcan, estiman que será mejor para todos.

Personalmente, lo peor de la mentira es que supone un ataque y en consecuencia, a la larga, una tumba para la amistad.

Cierra este post el gran Cicerón, que afirma en su obra De divinatione II, 71, 146: "En realidad a un mentiroso no le creemos ni siquiera cuando dice la verdad". Trágico destino para el mentiroso y para su víctima.