sábado, 5 de noviembre de 2011

¿Tolerancia o indiferencia?

"An appeaser is one who feeds a crocodile—hoping it will eat him last."

W. Churchill



Churchill, afortunadamente, no fue un hombre de paz y se opuso a la política de apaciguamiento, tolerancia llamaríamos hoy, que permitió que Hitler campara por sus anchas durante demasiado tiempo. Seguramente hoy le llamarían fascista o le desearían la muerte, como a tantas otras personas que se resisten a lo "políticamente correcto".

Sobre el tema de la tolerancia ya escribí hace unos meses, ahora vuelvo sobre él tras haber leído la reciente reseña escrita por un conocido periodista español sobre una publicación de obligada lectura Islamophobia. La tolerancia es el mayor vicio y el cáncer más peligroso que afecta a las sociedades occidentales actuales, más peligrosa que la crisis económica pues ésta tarde o temprano pasará. La tolerancia, sin embargo, amenaza con quedarse entre nosotros como valor máximo de la pestífera corrección política.

Las raíces de Occidente, otro tema que desata todo tipo de juicios tolerantes, se encuentran en la tradición judeocristiana. Los apaciguadores actuales de los que hablaba Churchill se niegan a ello, seguramente por ignorancia y no pocas dosis de resentimiento, para dar espacio a otra tradición que con Occidente no ha hecho más que colisionar desde su nacimiento, el islam.

Mostrando, por tanto, el rechazo al concepto de tolerancia pero usándolo para rebajarme al nivel de quienes lo defienden, cabría preguntarse entonces dónde están sus límites. ¿Hemos de permitir, como sugiere el tolerante arzobispo de Canterbury, que en ciertos barrios de Londres se acabe implantando la sharia? Conmigo que no cuenten ni él, ni otras autoridades religiosas, incluidas las católicas -refugiadas en un falso y adulterado diálogo interreligioso-, ni políticos mediocres de cualquier tendencia.

En italiano existe un término que podría aplicarse perfectamente a la actitud occidental actual: menefreghismo, que podríamos traducir como pasotismo, indiferencia absoluta ante un determinado problema o situación. Sólo reaccionamos cuando nuestra pequeña parcela (material o ideológica) se ve amenazada, mientras tanto, todo vale.

Solamente una regeneración intelectual podrá frenar los excesos de la ignorancia tolerante y volver a ser lo que éramos, con nuestros vicios y nuestras virtudes, pero conscientes de nuestra tradición y nuestros principios, aquellos por los que tantas personas lucharon e incluso entregaron sus vidas, dejando a éstas en un segundo plano porque valoraron más la entrega y el sacrificio a tantas causas nobles en favor de su sociedad.