sábado, 5 de noviembre de 2011

Memoria histórica alemana



Sólo caben dos posiciones ante una tiranía: o apoyarla o intentar derrocarla. Mostrarse neutral, en el fondo, equivale a sostenerla; eso sí, con un agravante: la cobardía.



A partir de 1963, con la aparición de la obra de teatro El vicario, se fue creando una leyenda negra sobre Pío XII y su supuesta neutralidad o inacción ante la Shoah. Calumniar a la Iglesia es siempre rentable, se consiguen titulares periodísticos y se alcanza una cierta fama entre quienes intentan, en vano, encontrar argumentos que, deslegitimándola, puedan acabar con ella

Los grandes, ya sean individuos o instituciones, no necesitan defensa, hablan por ellos sus obras. Aun así, es necesario explicar los hechos tal y como ocurrieron a una opinión pública frecuentemente aturdida por el ruido de la malicia y la falta de rigor. Pío XII se salva a sí mismo por todo lo que hizo, dijo y escribió contra el nazismo. Pero por si no bastara se puede acudir al testimonio de muchas personas, incluidos historiadores y políticos coetáneos, católicos y judíos, que reconocieron sus esfuerzos para frenar la epidemia nazista. La desclasificación completa de los documentos de su pontificado que se custodian en el Archivo Secreto Vaticano se encargará del resto; por el momento sólo es posible la consulta hasta Pío XI, su predecesor, aunque Juan Pablo II, en modo excepcional, permitió el acceso al fondo de la "Oficina de Información Vaticana. Prisioneros de Guerra (1939-1947)", del que ya empiezan a salir datos que desmienten las insidias que dieron origen a esa leyenda negra.

A diferencia de la del resto de potencias aliadas, la oposición al nazismo por parte de la Iglesia surgió antes del inicio de la guerra. No fue, además, una oposición hecha sólo desde el exterior de Alemania, sino que contó con la colaboración, el esfuerzo y la sangre de muchos cristianos alemanes contrarios a la ideología criminal de Hitler. Este aspecto, ignorado durante mucho tiempo, es precisamente uno de los objetivos del libro que nos ocupa.

En el imaginario colectivo existe aún la idea de que todos los alemanes eran nazis, o que al menos mostraban una culpable resignación ante el régimen. Numerosos historiadores han ido purificando esa auténtica memoria histórica y siguen saliendo a la luz estudios sobre la oposición interna al nazismo. No surgió como movimiento meramente político –los partidos habían dejado de existir como tales hacía tiempo–, tampoco a modo de rebelión militar –los intentos de asesinato del Führer fueron escasos y por lo general abocados al fracaso desde su misma planificación–. La oposición al nazismo nació, precisamente, en el ámbito cristiano.


Fueron las iglesias, principalmente la católica y en menor medida la protestante, quienes sostuvieron la lucha contra la ideología y los desenfrenos nazistas. Conviene anotar, para seguir purificando la memoria, que fue en el ámbito católico donde Hitler encontró siempre menos apoyo para su causa. Basta contrastar los mapas que muestran por un lado la distribución confesional cristiana y por otro los resultados electorales obtenidos en julio de 1932 por el partido nacionalsocialista en cada una de las circunscripciones. Casualmente, el mayor número de votantes nazis se concentró en las áreas protestantes. El dato no es simplemente curioso, señala con claridad el rechazo que suscitó Hitler entre los católicos; rechazo que, como puede suponerse, surgió en buena medida de la enseñanza transmitida por la propia jerarquía católica.

A través de una narración que recuerda el estilo de las actas de los mártires de los primeros siglos, el autor presenta la semblanza de seis personajes: cinco hombres y una mujer; cinco católicos y un protestante; cuatro alemanes y dos extranjeros; tres murieron asesinados por los nazis, uno falleció en prisión después de la guerra tras caer en manos del otro régimen gemelo al nazismo; los otros dos sobrevivieron al terror. Todos ellos eran cristianos, y tres ya han sido beatificados.

El cardenal Clemens August von Galen se nos presenta como ejemplo de pastor que vela y se deja poco a poco la vida por su rebaño. Su férrea oposición al nazismo se basa en motivos no solamente ideológicos, que también, sino principalmente de índole ética y moral. Sus homilías y cartas pastorales, distribuidas dentro y fuera de Alemania, influyeron decisivamente en la vida y el pensamiento de tantos católicos que o bien no cayeron en las trampas del nazismo o bien supieron escapar de ellas tras escuchar las denuncias del llamadoLeón de Münster. Wilm Hosenfeld, el capitán a quien la película de Polanski El pianista hizo famoso muchos años después de su muerte, es el prototipo de alemán arrepentido que reacciona contra el régimen cuando comprende el alcance de la aberración que supone su ideología criminal. Franz Jägerstätter fue un campesino austriaco que, tras negarse a cumplir el servicio militar por motivos religiosos, aceptó la muerte física por evitar la espiritual. El joven diácono Karl Leisner vio en un campo de concentración cumplida su vocación de ser sacerdote. En cuanto a Helmuth James von Moltke, único protestante del elenco, miembro de la nobleza prusiana y gran intelectual, perteneciente al Círculo de Kreisau, fue condenado no por motivos políticos sino por el gran delito de atentar contra la sacrosanta religión neopagana nazista que pretendía suplantar al cristianismo. Por último pero no en último lugar tenemos a Irena Sendler, polaca, que salvó la vida de numerosos niños del gueto de Varsovia y padeció torturas y ostracismo.

A estos seis testigos ejemplares de la fe podría sumarse un séptimo, colectivo, la suma de todos aquellos que, desde sus convicciones religiosas, revivieron bajo el nazismo la pasión de los primeros mártires, cuyo testimonio permitió no sólo la difusión del cristianismo en los primeros siglos, sino la demostración de que vale la pena vivir y morir por unos ideales que sitúan al hombre como digna imagen de Dios.




JOSÉ M. GARCÍA PELEGRÍN: CRISTIANOS CONTRA HITLER. LibrosLibres (Madrid), 2010, 174 páginas.

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