jueves, 16 de febrero de 2012

La teología de un agonista coherente


Miguel de Unamuno, a quien los siempre injustos tópicos han acusado de agnóstico, cuando no de ateo, siendo, como fue, una de las personalidades más religiosas de la cultura española del siglo XX, provoca en quien se acerca a sus obras una reacción que a veces no logran los llamados autores espirituales.

Leer a Unamuno, sea uno creyente o no, es arriesgarse a realizar un replanteamiento serio, profundo y arriesgado de la fe, de las creencias y, en definitiva, del puesto de Dios en la propia vida. El hecho de encontrarse ante un pensador en constante búsqueda/lucha racional y vital para dotar de sentido a la existencia no deja impasible a quien como él tenga la suficiente honradez, valentía y tensión para, si no satisfacer, al menos intentar responder coherentemente a las cuestiones que inquietan al hombre hasta el punto de no poder prescindir de ellas, a riesgo de vaciar la propia existencia.

Alfonso García Nuño, colaborador habitual de Libertad Digital, acaba de publicar este libro, su tesis doctoral, fruto de muchos años de estudio y, seguramente, meditación profunda. Unamuno es el actor principal del mismo –la trama se desarrolla alrededor de él–, pero el objeto de la tesis es otro, eminentemente teológico, aunque con innegables implicaciones filosóficas y antropológicas: el sobrenatural, es decir, la reflexión acerca del hombre no como ser creado por Dios sino como ser llamado a estar en comunión con Dios por medio de la gracia. En palabras del autor, cómo resolver "la tensión entre lo que le pertenece al hombre como criatura y aquello que anhela y necesita, pero que no puede alcanzar por sí mismo y no le es debido". Se trata de intentar descifrar el misterio del destino humano, su unión con Dios, en definitiva, su divinización. Puesto en modo de interrogante, ¿cómo se explica que alguien, en este caso Unamuno, pueda desear tan profundamente algo que es tan distinto a él? Y no hablamos de una posibilidad que deriva de un deseo que se quiere satisfacer, sino del planteamiento de un hecho que, si no es atendido, mina las bases de una existencia vivida con racionalidad.

A pesar de haber sido un hombre profundamente religioso, no podemos considerar a Unamuno un teólogo en sentido estricto, aunque esta afirmación habría que hacerla con cautela y en voz baja, porque si bien es cierto que no todo es teología, también es verdad que ésta se ocupa del discurso racional sobre Dios, ¿y qué hizo Unamuno sino eso mismo? Además, no para negar su existencia, sino para lograr de Él una comprensión racional, hasta donde sea posible, y vital, hasta el final. No obstante, sin entrar a fondo en este particular –recordemos que los filósofos también se niegan a considerarlo de los suyos porque carecía, alegan, de una exposición sistemática, como si de ello dependiera el serlo o no–, lo cierto es que en ambos campos, la teología y la filosofía, Unamuno se adelantó a muchos profesionales de ambas disciplinas. En el campo del sobrenatural, por ejemplo, anticipó en décadas el resurgir de la cuestión en el mundo católico de la mano del gran Henri de Lubac, recuperando la paradoja cristiana del hombre y de su existencia, ese eterno dilema entre gracia y libre albedrío, entre lo inmanente y lo trascendente.

El itinerario seguido por Unamuno en este proceso es curioso, y seguramente ilumine a muchos. Racionalizó la fe hasta el punto de perderla. Como consecuencia, se encontró con la nada, que lógicamente aportó sólo vacío. Lo único que podía reparar esa ausencia de certezas fue lo que le quedaba: su existencia vital, él mismo en situación más que precaria aunque no exenta de ansias por colmar las inquietudes que le asaltaban. Se sintió desamparado pero no sin esperanzas. Su vasta cultura, su amplio conocimiento de la tradición filosófica y teológica, pero sobre todo su inagotable tensión entre "la lógica y la cardíaca", la cabeza y el corazón, hicieron que no arrojara la toalla y se conformara con una existencia a medias.

García Nuño, en la magnífica introducción, que merecería una monografía aparte –con las modificaciones estilísticas que correspondieran–, analiza entre muchos otros aspectos uno que es clave a la hora de estudiar a un autor: sus fuentes. La biblioteca de Unamuno albergó temas y autores muy variados. No es fácil señalar autores concretos, que ciertamente los hubo, pero sí movimientos o tendencias que condujeron al rector de Salamanca, por la vía positiva del asentimiento o por la negativa de la contraposición, a una serie de categorías fundamentales que vertebraron el problema religioso al que se enfrentaba. Una de ellas, quizás la principal para el caso que nos ocupa, fue la de divinización, mencionada anteriormente.

Este término, a pesar de su exquisita ortodoxia, aún produce escalofríos en las mentes religiosas que basan su vida de fe en la dimensión puramente inmanente, así como a las que cualquier referencia a la gracia y a la trascendencia, en definitiva, a la gratuidad de lo divino, les suena, como poco, a excesiva familiaridad con Dios. Para Unamuno, sin embargo, fue el gran descubrimiento que le permitió liberarse de ciertas ataduras que le impedían avanzar en el camino hacia su ansiada meta. Frenos que provenían del catolicismo, no el popular, tan admirado y querido por él, sino el oficial, y también del protestantismo liberal, que conocía muy bien pero que no le satisfacía por reducirse, al fin y al cabo, a un dogmatismo doctrinal y sobre todo moral. No obstante, fue el estudio de algunos autores protestantes, en especial Harnack, lo que le llevó al amplio y rico campo de la patrística. No sin fatiga, puesto que su valoración fue modificándose a lo largo de los años, encontró en los Padres de la Iglesia, especialmente en los orientales, ese concepto clave que encerraba en sí todo lo que necesitaba: lo inmanente y lo trascendente, lo humano y lo divino, el sujeto y el objeto, el hombre y Dios.

García Nuño trata, pues, de estudiar la cuestión del sobrenatural a partir de una perspectiva original; a las bases teológicas necesarias añade la peculiaridad de un autor en cierta manera maldito, no perteneciente, en sentido estricto, al coro teológico tradicional. Lo hace en cinco generosos capítulos que corresponden a cinco períodos o momentos críticos –en el caso del Diario íntimo– de la vida de Unamuno, titulados con gran acierto: "Una construcción sobre arena. 1884-1896" da cuenta de la inestabilidad del Unamuno preocupado por encontrar una armonía entre su perpleja religiosidad y su racionalismo; "El Diario íntimo. 1897" aborda la crisis religiosa que determinará el resto de la vida del bilbaíno; "La inercia del materialismo. 1898-1913" relata cómo vivió Unamuno la tensión entre su pasado y el horizonte espiritual que se le había abierto; "Cristo, naturaleza e historia" aborda un período jalonado por los exilios y el afianzamiento, aun sin expresión definitiva, de los postulados unamunianos; "Decir y nombrar. 1927-1936" tiene por objeto la última etapa de su vida, en la que definitivamente reconoce que, sin la esperanza de la divinización, de unión con quien plenifica la existencia, todo en este mundo sería nada.

Todos los capítulos siguen una misma estructura –curiosa pero válida manera de estudiar a alguien que se caracterizó por su asistematismo–: realidad y realidades; el hombre y su mundo (anticipándose a la circunstancia orteguiana); el conocimiento del hombre; personalidad y vida; el deseo de Dios. Conceptos clave todos ellos para articular el pensamiento de Unamuno, disperso y asistemático, ciertamente, pero no carente de coherencia; y proyecto que para él es trayecto, camino por descubrir y por andar.

El resultado es un estudio imprescindible para todos aquellos que deseen profundizar en el sobrenatural o en la obra de Unamuno. No es necesario, en este punto, reiterar los elogios a un libro excelente que desde su publicación ha encontrado el reconocimiento de alguno de los mayores conocedores de Don Miguel.
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ALFONSO GARCÍA NUÑO: EL PROBLEMA DEL SOBRENATURAL EN MIGUEL DE UNAMUNO. Ediciones Encuentro (Madrid), 2011, 1.007 páginas.
El sábado día 11 de febrero MARIO NOYA entrevistó a GARCÍA NUÑO en LD Libros .