jueves, 1 de diciembre de 2011

Los concilios de Toledo


El 8 de mayo del año 589, durante la inauguración del tercer concilio de Toledo, se oficializó la conversión al catolicismo del rey Recaredo. Se ponía fin de esta manera a una división religiosa que, junto a otras amenazas, ponía en peligro la pretendida unidad política del siempre inestable y frágil reino visigodo.

El desconocimiento de las fuentes da paso a la manipulación y a la adulteración de los hechos, lo que imposibilita la labor de hacer historia. Seguramente Gibbon exageraba cuando decía que las leyes son "la parte más importante de la historia de una nación", pero no andaba muy desencaminado. Detenerse a estudiar el corpus legislativo de una nación y de un período histórico determinado nos ofrece la posibilidad de conocer mejor otros aspectos sustanciales, como el tipo de gobierno, la composición social del pueblo en cuestión, sus preocupaciones, urgencias, etc. Esto es válido para todas las épocas y en particular para el período visigodo, a menudo mal-tratado por la historiografía patria.

La descomposición del imperio romano dio paso, en España, a diferentes reinos bárbaros de desigual fortuna, lo que desembocó en la afirmación de uno de ellos, el visigodo. Su intención de querer implantar nuevos usos, costumbres e instituciones se vio pronto frustrada. Una vez más, el conquistador fue conquistado... y en este caso romanizado.

Una de las instituciones que más colaboró en el proceso de integración fue la iglesia. Bien es cierto que no fue fácil, ya que a la iglesia existente en España, católica, se enfrentó la invasora, arriana. Como todas las comunidades heréticas, el arrianismo chocaba no sólo contra los pilares fundamentales de la fe ortodoxa, también contra sus instituciones. Al igual que había sucedido en otras partes de Occidente –y no digamos de Oriente–, el arrianismo creó una iglesia paralela en España.

Las diferencias teológicas se reflejaban también en los ámbitos social y político. Pretender la unidad y la consolidación de un reino en tales condiciones no era factible, de ahí los esfuerzos de gobernantes y líderes religiosos para superar tan enormes dificultades. En el caso de España, la unidad religiosa no se produjo hasta el reinado de Recaredo, y el camino no fue fácil. La tranquilidad con que la iglesia se había ido consolidando e institucionalizando se vio interrumpida por la llegada de los invasores bárbaros, y se fueron alternando períodos de persecución y de paz semejantes a los vividos en otras partes de Europa tras la caída del imperio romano.

A pesar de las dificultades, la iglesia católica continuó con la tradición de celebrar periódicamente sínodos y concilios, tanto provinciales como generales o nacionales. Se conservan las actas de la mayor parte de ellos en la llamada Colección Canónica Hispana, texto fundamental para conocer de primera mano la producción legal, doctrinal y literaria de la época. La institución conciliar no era novedad española, obviamente, sino asimilación de la tradición eclesial, iniciada ya en época apostólica, que pretendía solucionar dificultades teológicas y organizativas a través de reuniones entre representantes autorizados de las diferentes sedes episcopales. Existieron desde siempre concilios, bien particulares, bien ecuménicos (Nicea, Éfeso, Constantinopla, Calcedonia, etc.). Tras el contenido teológico, por lo general refutar una herejía, se encontraba también una intencionalidad política: evitar que las diferencias teológicas entre facciones rivales se tradujeran en desórdenes de tipo social y político.

De entre todos los concilios o series de concilios que se celebraron en España durante los primeros siglos del cristianismo, destacan por su importancia los de Toledo. Por su rico contenido teológico, las cuestiones de disciplina eclesiástica debatidas, la importancia de las deliberaciones políticas, etcétera, constituyen una fuente indispensable para conocer no sólo la teología y la vida cristiana en España hasta la invasión árabe, también –a partir del tercero de ellos– la estrecha relación entre la monarquía y la iglesia.

Desde el punto de vista teológico, destaca el nivel doctrinal y cultural que muestran muchas de las intervenciones de los padres conciliares y de los cánones aprobados. En los concilios toledanos participaron algunos de los teólogos más importantes de la época, como Isidoro de Sevilla o el que seguramente fuera el más notable de todo el período visigodo, Julián de Toledo. Los símbolos de fe elaborados en cuatro de los celebrados en el siglo VII (los concilios IV, VI, XI y XVI) resaltan por el avance que supusieron en el arduo camino de lograr una formulación adecuada de la doctrina cristiana.

La importancia teológica de los concilios toledanos traspasó pronto las fronteras nacionales, lo que puso de relieve que el nivel doctrinal y cultural de la iglesia española era muy superior al de otras iglesias nacionales del Occidente cristiano. Hasta qué punto se tenía conciencia de poseer una teología ortodoxa bien elaborada, que no se dudó en defender los postulados españoles cuestionando incluso la integridad doctrinal de la propia sede apostólica romana, en términos que hoy seguramente asustarían a quienes acríticamente dan por buenos todos los documentos que llevan algún tipo de firma vaticana.

Si los dos primeros concilios de Toledo fueron convocados por voluntad divina, el resto de ellos, a partir –lógicamente– de la conversión al catolicismo del reino visigodo, fue convocado por deseo explícito o implícito del rey de turno. La alianza entre el trono y el altar fue realmente consistente y permitió la consolidación de la mayor entidad política europea del siglo VII. No se equivocaría demasiado quien afirmara que, en el período de mayor esplendor del reino visigodo, al monarca le correspondía el ejercicio del poder ejecutivo y a la iglesia el del legislativo, en gran parte formulado por los concilios de Toledo, cuyos cometidos, formas y finalidades –también la periodicidad, no siempre respetada– se institucionalizaron a partir del IV, celebrado en el año 633 y presidido por Isidoro de Sevilla. 
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